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Dostoiesvski 2021

Una reivindicación del escritor ‘Los hermanos Karamázov’ la novela filosófica y psicológica ambientada en la Rusia del siglo XIX, que entra profundamente en los debates éticos y la moralidad.

Dostoiesvski 2021

San Petersburgo, 1870

Una niña hambrienta y descalza vaga por la ciudad nevada; un alto funcionario abofetea a un trabajador que no le cedió el paso; un nihilista se suicida tras concluir que la vida no tiene sentido; un siervo muere a latigazos por desobedecer a su señor...

Barcelona, 2021

Un padre ahoga a sus dos hijos en venganza contra la madre; un joven se suicida tras sufrir acoso escolar varios años; descubren un taller ilegal con veinte mujeres inmigrantes esclavizadas; en un domicilio hallan el cadáver de una anciana fallecida días atrás...

Dostoievski era un ávido lector de la prensa rusa; necesitaba estar en contacto con la actualidad de su país y de los profundos cambios que se avecinaban. No le interesaban los ambientes de la nobleza y la aristocracia, ese mundo que estaba cercano a desaparecer. Le acusaron de poner el foco en seres alienados y torturados, la escoria de la sociedad. Sus obras y sus crónicas sociales (Diario de un escritor) querían ser realistas, pero no buscaba un realismo de hechos brutos o morbosos; su realismo era ‘fantástico’, como él lo definió: pretendía analizar qué estaba pasando en su sociedad, qué nervios morales se debilitaban, qué actitudes vitales aparecían, qué cambios profundos se estaban produciendo, qué pérdidas estaban teniendo lugar...

Desde el espiritismo al suicidio de jóvenes, desde los juicios populares hasta las palizas a los niños, desde la guerra ruso-turca hasta las familias ‘casuales’ (desestructuradas moralmente), desde el pensamiento eslavófilo hasta relatos que encerraban su visión del mundo... Dostoievski comentador y periodista, ofreciendo análisis y proponiendo soluciones, pero siempre guiado por una línea invisible -y, en ocasiones, demasiado visible- que orientaba y daba salida al caos de la época. Ese caos tenía un nombre: nihilismo, y no era un fenómeno simple ni fácil de superar. Socavó tradiciones, formas de educación, creaciones culturales, regímenes políticos centenarios... Sus seguidores, muchos de ellos seminaristas o hijos de clérigos, querían destruir un mundo caduco y rígido para construir otro nuevo: se ahogaban en un cerco estrechísimo de censuras y represión. Por lógica acabaron en el extremo: ‘el evangelio de la bomba’, como alguien lo llamó. Años más tarde, la revolución, la guerra civil, la dictadura, el terror...

Hoy los medios también ofrecen su dosis diaria de acontecimientos truculentos; cientos de comentaristas y opinantes dan sus versiones, sus propuestas. Enfermedades raras, novedades sexuales, modas inéditas, mucha cocina, cataclismos, consejos de salud, abusos de las grandes compañías, fútbol (¡por fin!), asesinatos, chanchullos reales, juegos y robótica, un poco de campo con tomates… el covirus. Todo es igual de valioso; nada vale y todo vale. El bien y el mal, lo verdadero y lo falso, lo alto y lo bajo, lo bello y lo detestable se diluyen, se solapan, se confunden, se intercambian: el sentido se pierde. Una minoría observa atónita cómo desciende el nivel, cómo aumenta la dosis, cómo un ruido sordo se expande: cómo se acepta lo inaceptable. Mientras, el personal trabaja, descansa, disfruta, consume (si puede) y aguanta lo que le echen.

La indignación acumulada desde el 15 de mayo de 2011 ya está agotada. No es que la ética haya desaparecido por la estética y el utilitarismo campe a sus anchas; es que el maquiavelismo más retorcido y sofisticado dirige el tablero del mundo: el pueblo -perdón, la gente- no cuenta para nada. ¿No ha sido siempre así? ¿Quién dijo que la entropía no rige también para los humanos y sus sociedades?

Se ha dicho que los personajes de Dostoievski están atravesados por un profundo tedio y alterados por cavilaciones y preocupaciones vitales. Pero con esos mimbres compuso una obra de alta tensión artística y de fecundas reflexiones sobre nuestra época banal y nerviosa. Nunca eludió las «preguntas malditas» que todo ser humano debe plantearse. Hoy también buscamos un hilo conductor de nuestro caos, que ya hemos aceptado; no sabemos lo que nos pasa, y eso es lo que nos pasa (Ortega y Gasset). Ese hilo es aquel ‘huésped inquietante’ (el nihilismo, Nietzsche dixit) que nos cubre con su sombra. Si aún nos queda algún hálito de resistencia, nuestra relectura debería ser Los hermanos Karamázov.

Mañana será otro día...

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