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Ética para después de la pandemia

La filósofa pone en escena de nuevo el debate de los últimos dos siglos, el que reclama una conducta cosmopolita políticamente comprometida.

Ética para después de la pandemia

«Saber lo que queremos decir, en ello consiste la sabiduría. Y la mejor manera de saber lo que queremos decir, es decir lo mismo todos los días, y familiarizarse así con la fórmula empleada, en medio de arenas movedizas». Con esta cita, es evidente que Samuel Beckett quería exponer que el arte solo podía expresar (dar forma) la falta de sentido del mundo. Pero también se puede realizar otra interpretación de lo dicho, y que se adapta a la trayectoria filosófica de Adela Cortina. Porque dicha trayectoria parte de unos cimientos bien consistentes, de un presente continuo que se han ido desarrollando a lo largo del tiempo con diferentes variaciones, ramificaciones y novedades. La clave: mantener unas constantes y a la vez sorprender en cada trabajo, en cada conferencia.

La cuestión es que a partir de la ética dialógica (Apel y Habermas) y con la filosofía práctica de Kant, Cortina ha ido surgiendo una propuesta original que tiene que ver con la transformación y reinvención hermenéutica de la ética discursiva, ampliando esta ética de la responsabilidad a una ética de la «co-responsabilidad». Hoy podemos decir que Cortina ha logrado tener una voz en el panorama filosófico actual a través de lo que denomina «ética de la razón cordial».

Es el caso de este último libro –en el que la madurez de su forma y contenido es un grado- que tiene como eje el reto de edificar una ‘Ética cosmopolita’. Un concepto ya anticipado en otros trabajos, y que, siguiendo la metáfora utilizada al principio, con este ensayo alcanza la categoría de ser un título. Sin olvidar el subtítulo: ‘Una apuesta por la cordura en tiempos de pandemia’. Por ello, esta ética cosmopolita resuena de otra manera, con un aumento si cabe de decibelios al partir de un leitmotiv: la vivencia de la pandemia causada por la covid-19.

Una pandemia que no fue anticipada, a pesar de ese país de las maravillas que es ya el desarrollo de las tecnologías en nuestro tiempo. Se trata, pues, de un reto mundial -advierte ya Cortina en sus primera líneas- que tiene consecuencias sanitarias, sociales, económicas y medioambientales, y al que los países deben hacer frente con medidas institucionales, tanto en el ámbito local como global. Lo lógico es analizar las carencias que ya estaban presentes en nuestro mundo, pero que han salido a la luz con más claridad y se han agudizado con la crisis sanitaria. En efecto, esta nueva crisis ocasionada por la pandemia nos hará (ya lo es) enfrentarnos a unas consecuencias señaladas, a las que hay que añadir el redescubrimiento de la fragilidad y vulnerabilidad de las personas. Sin olvidar otra lección, la que señala que los países no son independientes debido a que cada uno por sí solo es insuficiente para resolver problemas de este tipo.

La sociedad del riesgo

Si autores como Ulrich Beck, con La sociedad del riesgo, o Anthony Giddens, con Un mundo desbocado, y últimamente, Martha Nussbaum, con La monarquía del miedo, han explicado que las sociedades de la modernidad tardía se caracterizaban porque el riesgo era una categoría clave, la pandemia de la covid-19 ha reforzado esta visión.

Por lo que, para ese «después», necesitaremos mucho más que una ciudadanía temerosa, mucho más que unos políticos preocupados solo por sus juegos de poder o en ese estado electoral latente durante 365 días al año, es decir, que la democracia funcione.

Al contrario de lo que está ocurriendo en un tiempo en que se habla ya de la desconsolidación de la democracia. Ante ello, Cortina analiza algunos de los principales «factores amenazantes». Entre ellos destaca el peligro que suponen las denominadas democracias «iliberales», la polarización política y el surgimiento de los populismos, la repercusión de Inteligencia Artificial que tienen en la vida política democrática de nuestras sociedades, y la preocupante globalización asimétrica cuya alternativa en un horizonte cosmopolita. O la «normalización» de la posverdad y los bulos, pues el hecho de aceptarlos como un rasgo más de nuestra vida política, tendrá, entre otras, una nefasta consecuencia: que ni siquiera nos quede la palabra, como tan bien expresó el poeta Blas de Otero, y que tan acertadamente recoge Cortina.

Temas, todos ellos, tratados con un impagable estilo donde lo breve es doble bueno.

Con este libro, pues, Cortina ha puesto en escena de nuevo el apasionante debate de la filosofía política de los últimos dos siglos, el que reclama una ética cosmopolita políticamente comprometida. Y, en última instancia, la construcción del proyecto político de una democracia cosmopolita que globalice la democracia y, al mismo tiempo, democratice la globalización.

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