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Dime que me lees

Una novela ligera

Un novelista de éxito que atraviesa una crisis creativa decide escribir sobre la primera persona que se encuentre al bajar a la calle. Ese es el punto de partida de La familia Martin, la última novela de David Foenkinos, que acaba de publicar Alfaguara. A la gente le gusta hablar de sí misma, constata el narrador. Un ser humano, añade con maldad, «es un condesado de autoficción».

Los escritores tienen una relación muy particular con los nombres de sus personajes. Roland Barthes explicó que no es posible ser escritor sin creer en la relación natural entre los nombres propios y las esencias: «el escritor sería el recitador de ese gran mito secular que pretende que el lenguaje imite a las ideas y que, contrariamente a las precisiones de la ciencia lingüística, los signos estén motivados». Foenkinos no es una excepción y el narrador de La familia Martin confiesa que tiene la impresión de que lo más importante para un personaje es el nombre y que de él nace todo lo demás. Y a continuación utiliza toda su picardía de novelista para intentar colarle al lector esta inverosímil trola: «Al no estar escogiendo el de mis personajes, me sentía como si fuera a convertirme en el padre de un niño al que ya le había puesto nombre». La patraña es directamente proporcional al número de familias Martin que hay en Francia, país en el que es el apellido más común.

Foenkinos vendió más de un millón de ejemplares de su novela La delicadeza, en España publicada por Seix Barral. Su versión cinematográfica, protagonizada Audrey Tautou en el papel de la joven viuda Nathalie y por François Damiens en el de Markus, también tuvo un gran éxito de público. En La familia Martin, el narrador duda de que haya una vida después de las páginas y asegura que a veces se ha preguntado si Marcos seguiría con Nathalie y si eran felices lejos de su novela, una forma indirecta de decirle al lector que también los Martin son personajes de ficción.

Ambas novelas tienen un tono de comedia ligera en la que el sentido del humor, la astucia narrativa y la autoironía del escritor atenúan la sensación de déjà-vu de algunos personajes y situaciones. En Levedad, la primera de las seis propuestas de Italo Calvino para este milenio, decía el autor de El barón rampante que, así como la melancolía es la tristeza que se aligera, el humor es lo cómico que ha perdido la pesadez corpórea. David Foenkinos dice que nunca ha escrito con la holgura de la certidumbre. Eso el lector lo agradece. Una novela ligera no pesa en la maleta… tampoco, en la memoria.

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