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Bloy, homilias irritadas

Poeta místico encerrado en la contemplación de las armonías invisibles y despiadado polemista.

Bloy,

Léon Bloy (1846-1917) es un escritor francés que suscita posiciones extremas: fascinación o aversión.

Su padre era librepensador volteriano; su madre, de orígenes españoles, la piadosa hija católica de un soldado de Napoleón.

En su juventud fue agnóstico y ejerció un militante desprecio a la iglesia de Roma y sus doctrinas. A los 22 años conoció a un anciano, vecino suyo, Barbey d’Aurevilly, insigne escritor católico que devino su maestro, y que le indujo a una abrupta conversión. Tuvo pocas pero muy intensas amistades: el escritor Joris-Karl Huysmans, el pintor George Rouault, el filósofo Jacques Maritain.

Con su primera novela, El desesperado, de una extraña dureza moral y emocional, y que constituye un ataque poco piadoso a la comunidad literaria de su tiempo y a sus acreditados lugares comunes. Esto le generó, como seguramente buscaba, el aislamiento de por vida en tales medios.

Con un talento descollante para la polémica y el ataque personal -forma oblicua de piedad, según él-, tuvo como enemigos ideologico-literarios a lo más distinguido de la literatura francesa de finales del siglo XIX: Emile Zola,Ernest Renan,Paul Bourget, Anatole France...

León Bloy ha tenido entre sus lectores admirativos a Graham Green, Jorge Borges, Alejo Carpentier, Michel Houellebecq, John Irving, entre otros. El actual papa Francisco citó -para desconcierto de muchos- a Léon Bloy en su primera homilia como papa.

Exégesis de los lugares comunes retoma, en cierto modo, el proyecto inconcluso –en realidad, inacabable-, de Gustave Flaubert: Diccionario de ideas recibidas.

Estas exégesis se constituyen como un ataque irritado y metódico a la figura arquetipica del Burgués, que para Bloy viene a ser una versión laica y banalizada del Gran Maligno.

Con un estilo bien reconocible, inicia su obra del siguiente modo: «Doy comienzo hoy, 30 de septiembre, bajo la advocación de San Jerónimo, autor de la Vulgata, bedel de todos los Profetas, y recopilador glorioso de los lugares comunes eternos».

A continuación compara el quehacer interpretativo de este santo con el suyo propio: «¿De qué se trata, de hecho, sino de arrancar la lengua a los imbéciles, a los temibles y definitivos idiotas de este siglo, como san Jerónimo redujo a silencio a los pelagianos y los luciferinos de su tiempo. Conseguir por fin el mutismo del Burgués».

La idea central en la que basa su tarea como una suerte de ángel exterminador de la necedad, es que el modélico Burgués está limitado en su lenguaje moral a un repertorio de locuciones llamativamente exiguo.

Y se pregunta: «¿qué sucedería si se les demostrase que uno cualquiera de esos clichés centenarios corresponde a alguna realidad divina y tiene el poder de hacer zozobrar los mundos y desencadenar catástrofes sin piedad?» (...) «¿Cual no sería el pánico del dueño de una cervecería o una ferretería, de qué angustias no serían presa el farmacéutico y el ingeniero de puentes y caminos si de repente descubrieran que con sus tópicos están invocando, sin querer, cosas absolutamente excesivas?».

«Cuando la comadrona dice que ‘el dinero no hace la felicidad’ y el carnicero le responde astutamente, ‘pero ayuda a conseguirla’, estos dos agoreros tienen el infalible presentimiento de intercambiar de ese modo preciosos secretos, de descubrirse el uno al otro el arcano de vida eterna».

Mecionemos -de su meticuloso inventario- algunos de los tópicos y frases hechas que reinterpreta:

- los niños no piden venir al mundo

- los negocios son los negocios («es el ombligo de los lugares comunes, es la frase que resume el siglo»(...) «El perfecto hombre de negocios es un estilita que no desciende nunca de su columna»)

- hay que morir rico

- ser como Dios manda («El Burgués profiere sin darse cuenta afirmaciones terribles, cuyo alcance se le escapa y que le haría morirse de miedo si pudiera entenderse a si mismo»)

- buscarle tres pies al gato

- todos los caminos llevan a Roma

- morirse sin darse cuenta

- con el cielo se puede llegar a un acuerdo

- hacerle una agujero a la luna

- encender la vela por los dos extremos

- buscarle pelos al huevo

- con el corazón en la mano

- hay que hacerse un nombre

- lo que la mujer quiere, Dios lo quiere

- cuando el diablo envejece, se hace ermitaño.

- hay que leer con sosiego («solo hay un libro que debe leerse con sosiego. Es el libro de la Vida, y sólo tiene una línea: Electus vel Damnatus (elegido o condenado)»

- trabajar ya es rezar

- quien da a los pobres presta a Dios

- ¿adónde vamos a ir a parar?

- salvo error u omisión

- termino y me quedo corto

El gusto por las paradojas salvíficas le lleva a afirmaciones como ésta:

«una criatura extraordinaria me dijo un día: ‘Lo que Dios quiere esconder, lo esconde en la casa del ladrón’. Hace más de treinta años que estas palabras me iluminan. Buscar el Paraiso terrenal es buscar al buen Ladrón».

Los lugares comunes son para el escritor lo que las enfermedades para el médico: su material de trabajo.

Bloy trata de mostrarnos lo misterico e inquietante que hay bajo los banales, aparentemente inocentes, tópicos de la conversación cotidiana; aunque, en realidad, son discretas bombas simbolico-emocionales que manipulamos con peligrosa inconsciencia.

Manuel Arranz es el responsable de la excelente traducción al castellano de este libro.

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