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Bona, la reina de Polonia, encuentra a su ex en Milán

A través de ciento tres cartas inéditas de la reina Bona de Polonia y de los diplomáticos más importantes de la corte de Carlos V entre 1541 y 1559, se reconstruyen los preparativos secretos de la reina para abandonar Polonia y retirarse en Bari.

Bona, la reina de Polonia, encuentra a su ex en Milán

Venimos descubriendo investigaciones que nos muestran que más allá del mundo del poder y las ambiciones de los hombres que dirigían reinos, ducados o condados, descrito por Maquiavelo, hubo mujeres que ejercieron maquinaciones para imponerse en un mundo principalmente masculino desde el Renacimiento, o antes, hasta la actualidad. Aparecen cada vez en mayor número y con el rigor de los que bucean en los documentos del archivo de Simancas. De las horas pasadas en el Archivo de Salamanca, y otros, da cuenta el trabajo realizado con pulcritud para recoger y transcribir todas las cartas publicadas. Este es el caso de la filóloga, catedrática de italiano, Júlia Benavent, que cuenta con una obra consistente sobre la figura del cardenal Granvela y la dirección de un proyecto de investigación sobre «Las mujeres de la Casa de Austria (1526-1600)» otorgado por concurso publico. Ahora ha publicado dos trabajos más: ‘Carlos V y el regreso a Italia de la Reina Bona de Polonia’ (PUV, 2021) y ‘Carlos V en Cerdeña’, (PUV. 2021) en colaboración con Nicoletta Bazzano, profesora de la Universidad de Cagliari, que debió estudiar la obra del reconocido profesor e investigador Bruno Anatra, como se refleja en las notas del libro. Las cartas publicadas sobre ambos personajes nos descubren un mundo inédito.

Bona, la reina de Polonia, encuentra a su ex en Milán

Algo se sabía sobre la que fuera reina de Polonia, la italiana hija de la duquesa de Milán, Bona, de la familia de los Sforza (1494-1557) que dominaron el territorio en el siglo XVI. Una Italia llena de conspiraciones para lograr el poder y eliminar a los competidores. Ya sabemos de las luchas internas de los Medicis o de los Borgias a través de varios trabajos de investigación, de ficción literaria o series televisivas, para apreciar cómo se las gastaban las elites gobernantes para alcanzar el poder y mantenerlo, pero, al menos en España, no teníamos muchos datos sobre una figura como la de quien fuera reina de Polonia después de las peripecias por las que atravesó su familia.

El regente del ducado de Milán era Ludovico Sforza, apodado «el moro», tío del duque legítimo que había sido asesinado. Su hijo, el que debería ser su sucesor, contaba solo con siete años, y su tío abuelo hizo lo posible para aparatarlo del ducado y enviarlo a Francia, con la convicción de que por su carácter afeminado no tendría descendencia. Pero ocurrió lo inesperado: contrajo matrimonio con Isabel de Nápoles, que se convertiría en duquesa de Bari, y tuvo cuatro hijos, entre ellos Bona. Ludovico conspiró para que la familia fuera retenida en el castillo de Visconti para impedir que le arrebataran el poder. A sus nueves meses de vida falleció su padre, y se ha especulado que Ludovico podría haberlo envenenado para quedarse como dirigente del ducado, sin contar con Francisco, el hermano mayor, y toda la familia fue trasladada al castillo Sforza de Milán. Los intentos del rey francés Francisco I de conquistar Milán condujeron a la guerra contra el emperador Carlos V, que consiguió derrotarle en la batalla de Pavía, y Bona, sus hermanos y su madre -descendiente de los Trastámaras españoles-, se trasladaron al Reino de Nápoles. Era una mujer culta del Renacimiento, con conocimientos de música, teología o matemáticas, y consiguió casarse a los 24 años con el rey Segismundo de Polonia tras fallecer su primera mujer. En la corte polaca creó su propio grupo de nobles que seguían sus consignas y conspiró contra sus nueras. Uno de sus hijos era rey de Hungría, que se casó con su amante en contra de la voluntad de su madre. Los conflictos entre los grupos de nobles le crearon enemigos y decidió regresar a Italia, primero a Milán, donde dice la leyenda que se encontró con un examante, (cosa que no le habría ocurrido en el Madrid actual), aunque prefirió retornar al Ducado de Bari y para ello contacta con Carlos V, a pesar de haber sido una enemiga acérrima de la casa de Habsburgo.

Para reconstruir las relaciones de Carlos V con sus posesiones en Cerdeña, que había pertenecido a la Corona de Aragón y había sido conquistada por las tropas catalanas cuando el Papa Bonifacio VIII dispuso que el territorio pasara a Aragón, las profesoras Bazzano y Benavent incluyen la edición de las cartas dirigidas a Carlos V a través de su principal colaborador, Granvela. En su estudio preliminar resaltan las cartas, que hasta hace poco no se habían tenido muy en cuenta. Como afirman las autoras estas eran el medio de relacionarse los nobles y caballeros para lograr sus prebendas en la Corte y «en los últimos treinta años, dentro de una visión historiográfica que ha preferido un enfoque empirista al estudio de la política del Antiguo Régimen, lo epistolar, considerado durante mucho tiempo como una fuente poco relevante o superflua por los historiadores, ha sido revalorizado» (p.10). A través de ellas podemos entrever los intereses, las disputas de los intereses cortesanos y las relaciones políticas que se establecían en la época. El estudio preliminar está escrito, además, con un buen estilo, alejado de oraciones cargadas de complementos: «Eran casi las primeras luces del amanecer del 12 de junio de 1535 cuando la galera imperial hizo su entrada en el pequeño espejo de mar frente a la ciudad de Cagliari» (p.16).

Es de gran interés el análisis del caso de María de Requesens, absuelta por el Tribunal de la Inquisición, pero obligada a abandonar Cerdeña junto a su marido. Las luchas entre la nobleza local quedan bien reflejadas como epítome de los conflictos de la nobleza sarda local para defender sus privilegios. En fin, no solo las novelas históricas pueden hacernos comprender esos mundos del pasado, también los documentos aportados por Benavet y Bazzano son una buena lectura que supera la ficción, porque aquello era la realidad.

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