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María Zambrano: la reivindicación de una filósofa poeta

Este libro reclama el pensamiento de la discípula de Ortega y Gasset a través de seis palabras clave: método, naufragio, delirio, memoria, luz y poesía.

María Zambrano: la reivindicación de una filósofa poeta

Si alguien todavía tiene dudas sobre la importancia que tiene María Zambrano en la historia de la filosofía del siglo XX, el presente libro las resuelve. Esta aseveración va unida a la consideración de que Zambrano es algo más, mucho más que una discípula aventajada de Ortega y Gasset. En efecto, este libro, escrito a cuatro manos y dos estilos, o dos sensibilidades en una, quiere reivindicar su personalidad filosófica.

Una personalidad, eso sí, que se aparta de los caminos habituales. Así es, Zambrano fusiona la original actitud filosófica, la que brota a partir de la pregunta, con la actitud poética que, una vez descifrada, otorga el sentido a todo. La propuesta filosófica propia de Zambrano es, pues, inseparable de un peculiar lenguaje y creativo modo de pensar y escribir, lo que constituye la base de lo que llamó su «método».

Precisamente, este concepto es uno de otros tantos (naufragio, delirio, memoria, luz y poesía) con los que las autoras han estructurado de manera muy original y seductora este bello ensayo. Desde dichos términos, se desglosa la significancia de Zambrano a partir de dos latidos: la memoria vivencial que reafirma Rosa Mascarell, la última persona que estuvo al lado de Zambrano como secretaria y documentalista, y el filosófico, dando lugar a un gran conocimiento de causa por parte de la profesora Amparo Zacarés. Ambas partes dan lugar a un sentido y sensibilidad con el que extrae la luz filosófica muy diferente a la platónica. Una luz que, como los trágicos, admite que las sombras son parte del auténtico pensamiento filosófico.

Si el maestro Ortega da cuenta de la importancia de la metáfora como fuente de conocimiento, Zambrano es una maestra en el simbolismo y dicha metáfora. Por ello, para a la filósofa-poeta de la generación del 27, los temas de la filosofía son misterios y no problemas. Así es, hay ciertas cuestiones que no pueden ser llamadas simplemente problemas. Son más bien metaproblemas, es decir, misterios: «hay algo en la vida humana insobornable ante cualquier ensueño de la razón: ese fondo último del humano vivir que se llaman entrañas y que son la sede del padecer» (’El hombre y lo divino’).

La concepción de la historia humana que subyace en la filosofía de Zambrano es incompatible con la concepción ilustrada de un devenir histórico ajustado a la categoría de progreso. No obstante, para Zambrano, el hombre no tiene ser, unidad, identidad. El hombre es falta de ser. Sin embargo, la búsqueda de esa identidad ha sido la tendencia de todo el pensamiento filosófico occidental.

El gran error la persona no es equivocarse acerca de las cosas que le rodean, sino equivocarse acerca de sí misma. Zambrano se refiere más que a un error, a una relación entre dolor y conocimiento. El conocimiento de obtiene padeciendo. Sentimiento estético que también provoca este hermoso libro -pero no por ello menos riguroso y pensado- que tiene como base una de sus obras fundamentales: ‘Filosofía y poesía’. Libro publicado en el fatídico 1939 (en México), en un otoño, sin embargo, «de indecible belleza».

Porque la poesía no es solo un arte del verso, sino un arte que posibilita el conocimiento. Esta idea rompe con el camino racionalista convertido en un único de la filosofía, o el que perdura a partir de los límites que Platón y Descartes impusieron al conocimiento, pero no lo hace con el concepto de razón al que se añade el calificativo de “poética”. Esto acontece en consonancia, como bien explica Zacarés, con Vico, Nietzsche y Ortega, pero siempre supurando un estilo propio. Un estilo que defiende que el conocimiento meramente intelectual es incapaz de captar la vida que fluye, por lo que en su obra trató siempre de llenar de experiencia estética al lógos.

Si este interesante libro, lleno de sugerencias (incluida la mirada pictórica), y siempre seductor, quería dejar sentado el magisterio de Zambrano: misión sobradamente cumplida. Y si al mismo tiempo quería arrojar luz sobre el ser humano: misión también cumplida.

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