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Ioana Gruia

La poeta recuerda que no hay nada más rotundo que un cuerpo en contraposición a esa realidad virtual que sustituye en los ojos de los consumidores la experiencia de carne.

Ioana Gruia

Ioana Gruia (Bucarest, 1978), autora de dos novelas y de varios libros de poemas ha encontrado un modo de escritura «capaz de iluminar/nuestras múltiples sombras» y que sea también «casa de nuestra piel». Tarea nada fácil por los riegos de todo tipo que una empresa así supone, pero en la que ella logra de modo sencillo, profundo y brillante triunfar. ‘La luz que enciende el cuerpo’ es un libro escrito con un pulso magnífico; construido con una técnica específica creada para ello; resuelto con pericia; y ensamblado de forma que - hasta la parte V, que es la que en principio podría parecer menos interesante- no lo deja der ser. «Todo se alcanza al fin, pero a destiempo» se nos dice allí. Y este carácter sentencioso y, en ocasiones, aforístico de sus versos condensa o articula una concreta y personal visión de la realidad que muchas mujeres y hombres pueden sentir y sienten como propias. Este saber expresar poéticamente y sin caídas de tensión su universo propio hace de esta autora un nombre con futuro, a tener muy presente y a considerar. Poemas como «Interior de verano», «Ventanas en la noche», «Automat», «Ventana de hotel», «Salvavidas», «Mujer en la ventana», «Mañana en la cocina», «El violín gitano», «Vendimia», «Todas las cosas de las que no hablamos», «Conversación con mi mejor amiga», «El futuro está aquí», «Columpio», «La música secreta», «Genealogía», «Ficciones de la infancia», «Niños en el parque», «Casa», «Invocación al poema» o el dedicado a Joan Margarit son pruebas de un lirismo de lo cotidiano tratado y visto de un modo singular: con un extremo cuidado del ritmo y del lenguaje, con una objetiva capacidad de análisis que trasmina a su vez comunicación. Poesía, pues, muy bien concebida y ejecutada, en la que tan significativo es el fondo como la forma, y en la que ésta se acopla de manera perfecta a aquel, ofreciéndonos instantes y percepciones de una vida que, no por suya, deja de ser también la nuestra: la de cuantos nos asomamos a su mundo y lo asumimos desde nuestra perspectiva de lector. La voz que habla es la de una mujer, pero la instancia desde la que lo hace nos remite, y de modo directo, a las figuras femeninas de los cuadros de Hopper. De hecho, muchos de los poemas podrían verse como cuadros hablados, pues su hilo conductor no es otro que la más consciente lucidez puesta al servicio de la confidencia: «Quisiera ser un animal que aúlla/de pura intensidad, de puro gozo» leemos aquí. Su persona poemática es una mujer a la que no conoce, pero que la recuerda y a la que se va aproximando desde la memoria o la profecía que es cada poema. La cotidianidad y la infancia son las coordenadas de su mundo, como lo es también la experiencia del amor: de un amor que no se oculta sino que se explicita («la delicada fuerza del deseo /y la triste dulzura desbocada») y cuya sensualidad - como en «Vendimia»- se describe sin omitir aspectos de su fisicidad. Luces y sombras de la propia experiencia transitan aunadas por el libro configurando una partitura «que fluye debajo de la vida,/la envuelve con sus notas y ordena el corazón». El lector sabe que está ante una autora que conoce su oficio, se lo plantea con rigor y delimita un claro territorio: una autora con tanta vivencia como pensamiento, de la que mucho -y muy bueno- se puede esperar.

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