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Els joglars o la guerra de los 60 años

Teatro, provocación y mandamientos 60 años (y un dia) de El Joglars

Esto es una prueba adaslkadladksad asdasdasd. | LKASDALKDJ

Hace ya casi 20 años que publiqué el libro ‘Los 10 mandamientos de la ley de Els Joglars’ (Algar). Fue a raíz de su cuarenta aniversario. Pero el tiempo ha pasado, y no lo ha hecho en vano para esta compañía porque ya han pasado 60 años desde que los componentes iniciales de esta cuadrilla se pintaron la cara de blanco. Una compañía que, como diría su admirado Salvador Dalí, ha vivido seis décadas en una erección intelectual y vital permanente. No en balde, uno de sus mandamientos que más definen a este grupo es el de la provocación.

La provocación no es nada nuevo en el teatro. Desde que Alfred Jarry alucinara, como diría Valle Inclán, con su Ubú, una porción del teatro contemporáneo ha asumido la provocación como parte ineludible de la propia actividad. También hay toda una tradición que viene de los orígenes de la misteriosa y aparentemente necesidad de re-presentar. Nietzsche ya trató, con muy buena letra, sobre el nacimiento de la tragedia, pero hay otros orígenes del teatro, los que recoge la compañía Els Joglars, que se acerca más al ritual y a la farsa, a la comedia y el festival medieval.

De un tiempo a esta parte, predomina un ambiente que dispersa el valor de la obra de arte, rompiendo todas las reglas del juego. Arthur Danto (2005) ha llegado a decir que el arte ha muerto abatido por las prioridades del mercado que legitima el «todo vale». En cambio, Els Joglars sigue representando un arte vivo y valioso, rebelde y alborotador, sobre todo a raíz del concepto de teatro y de arte auspiciado por Albert Boadella, alma máter, pater y espíritu santo (y diablo a la vez) del grupo.

Bufón, como él mismo se define en su libro ‘Diario de un bufón’ (Espasa), pero sin dejar de ser intelectual (que no es otra cosa que el ojo y la oreja de la sociedad), la labor de Boadella ha consistido en erigir un oficio teatral a prueba de resfriados de rutina y de inanición artística. Un oficio que ha ido dando lugar a la funcionalidad del teatro como revulsivo o, simplemente, como espejo deformado para reírse y provocar a la sociedad que le rodea, y que el director (hoy ex) de Els Joglars ha seguido manteniendo en unos tiempos cambiantes y repletos de evasiones posmodernas y de parques temáticos.

Ciertamente, hablar de Els Joglars es hacerlo de un fenómeno teatral excepcional. La polémica, los escándalos, por una parte; y el rigor, el perfeccionismo, la creatividad y la investigación, por otra, han formado parte de la trayectoria de este hombre de teatro y de este grupo.

Els Joglars han conformado un itinerario que sigue navegando sobre nuestra contemporaneidad, con un renacimiento continuo, el de un estilo que se fue formando en una primera época determinada por el lenguaje mímico (la cara blanca fusionada con esperpento). La palabra no llegaría hasta 1975, con el estreno de ‘Àlias Serrallonga’, un salto de altura en la biografía del grupo. Una palabra que, poco después, querría ser borrada con ‘La torna’, montaje que tuvo serios problemas en la Transición, con la detención de la compañía y de su director con el fin de ser juzgados por lo militar. A partir de este hecho surgió en toda España un amplio movimiento a favor de la libertad de expresión. Pero, el siempre incordiante y cabeza pensante del grupo se centró más en la libertad auténtica, y se escapó del hospital donde estaba internado (por enfermedad fingida como buen actor) la noche antes del juicio.

Recorriendo la vida de este grupo encontramos toda una serie de cuestiones, pero también nos topamos continuamente con anécdotas. Como la vivida con las querellas contra el espectáculo ‘Teledeum’ por realizar un rito religioso en un teatro. Por no hablar del ametrallamiento que sufrió la puerta del inolvidable teatro Valencia-Cinema, o ese cheque que Boadella envió a un obispo como pago al aumento de éxito de la obra gracias a la airada homilía en su contra. O las misas de desagravio por el «insulto» a San Vicent Mártir en ‘Visantenta de Favara’.

Profilaxis de la neurosis sociales

El camino trazado por Els Joglars no ha estado nunca exento de baches, ni de polémicas, aunque estas fueran circunstanciales. Polémicas que se mantuvieron en carne viva en una trilogía bien significativa surgida a partir de tres personajes con nombre, apellidos y mucha carne de parodia: ‘Ubú president’, ‘La increïble història del Dr. Floit & Mr. Pla’ y ‘Daaalí’. Después llegaron los espectáculos de una madurez más reposada, como ‘El retablo de las Maravillas’, ‘La cena’ o ‘2036-Omega-G’. Desde hace algunos años, la compañía se ha adentrado en una nueva etapa, con ‘El coloquio de los perros’ (2013), al coger la batuta Ramón Fontseré, un actor sin el cual no se entiende esta trayectoria de un grupo que un día decidió abandonar Barcelona, la jungla de asfalto, para construir su ya famosa carpa de ensayo situada a mil metros de altitud. Para crear con viento fresco.

No hace falta estar de acuerdo con todas las ideas que ha lanzado y sigue lanzando Boadella a la palestra pública para admirar su labor teatral. No hace falta que gusten de la misma manera todas las obras de Els Joglars para reconocer su trayectoria. El acto de disentir con algunas ideas de las tantas, o incluso que determinados montajes hayan inducido al disgusto (o al cabreo), forman parte del juego que se produce al intentar comprender este fenómeno teatral y social. De hecho, ahí está el significado real de la palabra «provocación», es decir, dar que pensar. Provocar es, para el grupo, como respirar. Els Joglars llevan la contraria por naturaleza. Esto es, según ellos, un mecanismo higiénico.

Pienso, y siento, que la compañía ha perdido decibelios en los últimos años, pero eso es parte también de su historia. Pero ahí sigue la compañía celebrando sus seis décadas con el estreno de su nueva producción: ‘¡Que salga Aristófanes!’ Es decir, buscando sus ancestros porque es precisamente el autor griego el motor de su letra: la sátira como arma de agitación social.

Lo importante, el mensaje, es la consideración del teatro tomado no como terapia personal, sino como profilaxis de las neurosis públicas.

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