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Dime que me lees

Caminar la vida

Cuando a ese gran europeo que era George Steiner le preguntaban por las identidades y las raíces, no dudaba en la respuesta: «Los árboles tienen raíces, yo tengo piernas y es un gran avance, créame». Por su parte, Georges Bataille consideraba al dedo gordo del pie como «el órgano más humano del hombre». Y es que, a diferencia de los pulgares de las manos, no es oponible, deja de servir para trepar por las ramas y le permite permanecer y caminar erecto. A esa forma tranquila de felicidad que es el caminar dedica un nuevo libro el antropólogo francés David Le Breton, Caminar la vida (Siruela) que en castellano lleva como subtítulo «La interminable geografía del caminante».

En los años cincuenta del pasado siglo, en Francia se caminaba una media de siete kilómetros diarios. Hoy, constata Le Breton, la media es de apenas trescientos metros. Pero su elogio de la marcha va más allá de una cuestión de salud, que convertiría el paseo en un tedioso deber. Para él se trata sobre todo de un juego que devuelve al individuo el contacto consigo mismo y con la sensación de existir. Un juego que, además, es una burla de nuestras sociedades posmodernas.

Y en efecto, la geografía del caminante es interminable, pues no sólo es la tierra entera, sino que también forma parte de ella el recorrido mental y sensitivo que el andar provoca. Como casi interminables son además los ríos de tinta que el tema ha hecho correr y que Le Breton sintetiza con un sustancioso aparato bibliográfico que maneja con agilidad y en el que, entre otras voces, escuchamos a Virginia Woolf, Albert Camus, Simone de Beauvoir, Walter Benjamin, Martin Buber, Jack Kerouac, Primo Levi, Gaston Bachelard, Pascal Quignard, Jean-Jacques Rousseau, Robert Louis Stevenson, o al poeta japonés Matsuo Bashō, para quien el tiempo es un viajero sin reposo. Junto a ellos aparece, casi omnipresente, la estela de Henry David Thoreau con su seminal Walden. Y, sobre todo, ese magnífico libro sobre la pasión por descubrir el mundo que es Wanderlust de Rebecca Solnit (Capitán Swing).

El hecho de que tantos escritores se hayan ocupado del tema, a uno le hace pensar que, tal vez, escribir tiene que ver con caminar. Cuesta decidirse a tomar el camino y dar los primeros pasos como cuesta pergeñar las primeras frases. El escritor no sabe, a veces, a dónde le va a llevar el pensamiento, tan solo tiene la voluntad de recorrer un camino, aunque en ocasiones no sea más que dar la vuelta a la manzana de su cotidianeidad, de pasear por el jardín vecino o por la playa más próxima. Pero en ese devenir de letras y pasos por pequeños y grandes recorridos, los que escriben y quienes andan se reconocen.

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