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Del dolor y sus huellas

Carmen Castellote, una «niña de la guerra» tiene noventa años, sigue viviendo en México, y lo que vivió está en su escritura, como en «Kilómetros de tiempo».

Del dolor y sus huellas

Para Carlos Olalla, dentro y fuera de los escenarios.

«He visto allí la guerra agazapada / en todos los rincones: / En los pechos / frustrados de las madres que cambiaron / labios pequeños por pájaros oscuros / que picotean dentro / abriendo sombras, sombras y más sombras». La guerra. No es la de Ucrania. Hay más guerras ahora mismo, claro que sí. Aquí también hubo una guerra. Y desde hace años se hace lo imposible para acallarla. Después de la guerra vino una dictadura que duró cuarenta años. Y también se hace lo imposible para silenciarla. Somos el paraíso del silencio y la desmemoria. Los versos que inician esto que escribo son de un libro: Poema del soldado. La autora: Angelina Gatell. Quién la conoce. Con ese libro ganó en 1954 el Premio Valencia de Poesía. Se produjo un cierto revuelo. Al final se publicó con división de opiniones a la hora de publicarlo o hasta incluso de retirarle el galardón. Cosas burras de entonces.

Las mujeres escriben. Mucho y bien. Pero no hay manera. Sus nombres hay que sacarlos a la luz a base de esfuerzos que a veces rayan lo sobrehumano. Muchas veces esos nombres salen a la luz porque corren de boca en boca entre quienes se niegan a asumir sin más esa injusta y casi siempre devastadora invisibilidad. Hace muy poco -apenas unas semanas- me llegó a través de Fátima Rodríguez, amiga y profesora en la Universidad de Brest, un nombre y un título: Carmen Castellote y Kilómetros de tiempo. Me preguntaba si conocía a esa escritora. Ni idea, le contesté. Ella había leído algunos poemas sueltos, encontrados aquí y allá. Me hice con el libro. Y de él escribo. Sobrecogido desde el primer poema. Extrañado de que un libro tan inmenso hubiera sido un libro clandestino hasta hace unos meses. Todo ha sido gracias a un actor metido hasta las cachas en eso que llamamos compromiso con las causas justas: Carlos Olalla. Él mismo lo explica en el prólogo. Estaba recogiendo textos sobre mujeres del exilio. Y en internet encontró algunos de Carmen Castellote. No la conocía. Ni sus textos. Publicó una breve semblanza en su blog. Y un nieto de la escritora le contestó. Ahí empezó a gestarse este libro que hemos de leer necesariamente y sin excusas. Incluso quienes no tengan costumbre de leer poesía tienen que leer Kilómetros de tiempo. Tienen que leerlo, ¿vale? Tienen que leerlo.

Fue Carmen Castellote una niña de la guerra. Había nacido en Bilbao en 1932. Y en 1937, con otros miles de niños y niñas, fue llevada a Leningrado. Después, cuando en el 41 Alemania invade Rusia, es trasladada a una pequeña aldea siberiana. Regresa a España, con otros miles de niños y niñas, cuando han pasado veinte años y apenas puede expresarse en castellano. Se casa con Tadeusz Wolny y se va a vivir a Polonia. Finalmente decide irse a México, donde su padre era un alto cargo en el Partido Comunista. Trabaja en una editorial. Y cuando tenía cuarenta y cuatro años escribió su primer libro: Con suavidad de frío. Luego seguirían otros. Hace muy poco, la misma editorial Torremozas publicó Cartas a mí misma. Todavía no lo he leído. Pero caerá pronto. Ahora ando aún con los poemas de su Obra Completa. Lectura incansable. Versos subrayados hasta que el lápiz atraviesa el papel: «… tememos el duro asalto del silencio». Escribe para rememorar su paso por la humilde escuela de Tundrija, la aldea siberiana. Siempre presente la guerra, como en el pequeño libro de Angelina Gatell. Ya en aquel libro primerizo, cuando decide escribir desde ese exilio que no se acaba nunca porque los exilios siguen como una marca indeleble en la piel de quien lo sufre: «Es tarde y quiero dormir, / pero la noche está llena de muertos». El libro siguiente (Vuelo de nieve a sol) se adentra en los entresijos del amor. Y ahí no mengua la fuerza de lo introspectivo lanzado afuera para que nada se pudra en el erial de lo que no se dice: «Todavía no acierto a decirme sin ti, / te buscan los brazos que amanecen solos, / los lugares que nunca supieron de tu nombre, / las sombras que no tocó tu mano». Más o menos, lugares parecidos en Diálogo con la esfinge, palabras cruzadas entre quien habla y la historia (escrita aquí con H mayúscula): «Hundo mis dedos en tu espalda / y soy dolor y huella. / Dime quién eres para saber quién soy».

Tiene ahora Carmen Castellote noventa años y sigue viviendo en México. Lo que vivió está en su escritura. Y no vivió poco, esa mujer desconocida que es sin ninguna duda una de las grandes escritoras que merece ser leída, lo mismo que sucede con tantas otras mujeres que permanecen en la clandestinidad porque lo patriarcal sigue haciendo furor también en la literatura. Alucino cuando veo esa poesía, más blanda que un higo, que llena auditorios a través de la publicidad en las redes, mientras poetas inmensas como Carmen Castellote y tantas otras permanecen en el más absoluto desconocimiento público. El exilio ayuda bastante a ese desconocimiento. Una guerra partió en dos la vida de este país y dejó en sus afueras más recónditas la de la derrota republicana. Encontramos ese lugar apartado de todo, tantos años después de la diáspora, en Acta de renacimiento, su libro de 1985. La distancia entre el pasado y el presente. Lo que quedó atrás y eso que revive persistentemente en la memoria. El extrañamiento, siempre: «Pero hay algo que me mantiene extranjera: / la inmensidad del mundo y ese miedo». Nunca se regresa de esa ausencia infinita que es lo transterrado. Al menos los poemas de Carmen Castellote, su «azarosa biografía», como ella escribe al final del libro, nos acercan el tiempo desaparecido, los itinerarios de la soledad infantil en medio de las guerras, lo que fue el olvido para que este país dejara de contar y de contarse una parte importante de su propia historia. Ya lo dije antes: lean ustedes a Carmen Castellote, ¿vale? No se arrepentirán. Seguro que no. Seguro.

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