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Complicidades

España como astracanada

Los preceptistas literarios de la antigüedad –Aristóteles, Horacio, Boileau, El Brocense- consideraban que el arte llevaba a cabo una imitación de la realidad mediante el uso de su lenguaje propio: la famosa mímesis. Tuvieron que pasar más o menos dos mil años para que un ingenioso escritor irlandés, Oscar Wilde, le diera la vuelta al calcetín de la preceptiva y afirmase todo lo contrario: es la vida la que imita al arte. Por eso Wilde se convirtió en un esteta, y trató de depositar su genio en los hechos cotidianos.

Lo cierto es que ninguna declaración de un escritor, ninguna teoría de un crítico resuelven el misterio del arte. En el caso de la literatura, a veces parece imitar la realidad, y a menudo es la realidad la que parece imitar la literatura.

Ahora bien, como sabemos, no toda creación literaria es alta literatura. Existen los bodrios, las fantochadas, los mejunjes, los revoltijos. España es un país con propensión a la hipérbole, y la hipérbole es una actitud sentimental que suele conducir al ridículo, al énfasis, al patetismo, por lo que España es un país proclive al patetismo, al énfasis y al ridículo. (No somos los únicos, por supuesto. En todas partes cuecen habas estrambóticas, pero a veces se diría que aquí sólo cocemos habas de ese estilo.)

El asunto del espionaje a los independentistas catalanes, y de rebote al presidente Sánchez y a la ministra Robles tiene muchos ingredientes de comedia bufa de enredo. Se descubre lo que ya sabemos y damos por supuesto: que los gobiernos espían a quienes representan un peligro para la estabilidad del país. Los espiados, que habían estado actuando como espías durante mucho tiempo (ocultando urnas, papeletas y propaganda por toda Cataluña) reaccionan ofendidos. A continuación, con el propósito de intentar apaciguar a los independentistas espiados, se les facilita el acceso a la Comisión de Secretos Oficiales (para que así, cuando actúen en secreto contra los intereses del país, lo puedan hacer con conocimiento de causa). Todo dentro de la lógica: de la lógica del vodevil.

Cuando Valle- Inclán inventó el esperpento, con su estética de espejo cóncavo deformante, algunos pensaban que se había creado un instrumento de análisis permanente de la realidad española. Pero el esperpento, a pesar de su pátina grotesca, aspira a la alta literatura. Más a menudo de lo que querríamos, el instrumento de análisis de la realidad española es el astracán, ese esperpento menor que practicaba, entre otros, Pedro Muñoz Seca, y que no sólo deforma la realidad, sino que deforma el sistema teatral y literario con que dicha realidad se analiza.

Y así nos va: de ripio en ripio, de astracanada en astracanada.

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