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Juegos de cartas, juegos de colores, jugadas del poder

Chema López construye un proyecto sincrónico a partir de la ficha policial, que surge en el siglo XIX en Francia, para la exploración de las múltiples caras de un conflicto.

Juegos de cartas, juegos de colores, jugadas del poder

La galería Rosa Santos presenta estos días en València una extraordinaria exposición de Chema López. Extraordinaria en varios sentidos, en primer lugar, por la calidad de cada una de las piezas, ejecutadas con el virtuosismo al que su autor nos tiene acostumbrados. Extraordinaria también por ser simultánea con la que se exhibe en la sede madrileña de esta misma Galería y que lleva por título «Retícula quebrada». Entre un título y otro, se nos propone un primer juego conceptual ya que, si la carta de quebrados alude a las cartas cromáticas, esas tablas donde se despliega un abanico de colores; la segunda se refiere a la trama que organiza los cuadros, de manera más o menos explícita, en celdillas. Considerando estas exposiciones en conjunto, el autor nos propone una reflexión sobre dos elementos clave de la pintura, la estructura y el color (la forma y la materia). En común a ambas tenemos la idea de lo quebrado pues, de un lado, las celdillas en que puede dividirse la superficie pictórica fragmentan la imagen, de otro, se recurre a colores rotos o quebrados, esos que se forman a partir de la mezcla de dos complementarios más el blanco, colores apagados que permiten delicadas gradaciones y veladuras.

Juegos de cartas, juegos de colores, jugadas del poder

Extraordinaria muestra también porque supone un doble giro en la producción de Chema López que no dejará indiferente a quienes conocen su trayectoria. Por una parte, porque quien normalmente pinta con todos los matices del gris, lo hace ahora en color. Por otra, porque su inconfundible apuesta fotorrealista convive en esta ocasión con la abstracción.

Juegos de cartas, juegos de colores, jugadas del poder

Efectivamente, el espectador se enfrenta con la abstracción en la primera sala, donde se presenta una carta de colores quebrados, compuesta por nueve piezas. Se trata de cuadros monocromos en los que no parece figura alguna, pero en los que se reconocen distintas capas de un mismo color en diferentes tonos. Al contemplar cada uno de ellos el espectador gozará de un delicado juego de matices, pero si considera el conjunto descubrirá todo un juego de relaciones, de arriba abajo y de izquierda a derecha. Si contemplamos cualquiera de ellos junto con el de lado se genera un juego entre complementarios en el que los colores contrastan y se refuerzan entre sí. Si los agrupamos de arriba abajo resulta que los verdes, los azules o los tierras se desdoblan en delicadas variaciones.

Pero este juego entre los colores, que recuerda las tablas de Johannes Itten para la Bauhaus, adquiere un sorprendente sentido cuando el espectador pasa a la segunda sala y descubre que cada cuadro abstracto se corresponde con otro figurativo, y que lo que parecía un puro juego (juego de cartas, juego de color) remite a una realidad dramática y a una jugada del poder. Una frase pintada en la pared que comunica una sala y otra anuncia irónicamente el sentido de esta contraposición entre los cuadros fotorrealistas y sus abstracciones. Comprendemos entonces que mientras que los colores quebrados de la primera sala resultan de la mezcla de complementarios, los de la segunda son consecuencia de la trágica separación entre personas marcadas con un color u otro, individuos catalogados como amigo y enemigo. Vemos que las parejas enfrentan sucesivamente la carta de identidad de una anarquista con la de un requeté, de una mujer judía con una musulmana, una muchacha hutu con un joven tutsi o un torturador con su víctima. Al final de este recorrido del color a la identidad, el espectador reconocerá las preocupaciones políticas que han estado siempre en la pintura de Chema López: la arbitrariedad del poder que recurre al color para encasillar a los ciudadanos, que utiliza las imágenes para la vigilancia y control, y que define la identidad de unos enfrentándolos a un supuesto enemigo. El género pictórico del retrato encuentra en Chema López un riguroso ejercicio de autocrítica al mostrar sus afinidades y hasta complicidades con las formas de control social: la retícula que organiza el cuadro comparada con las celdillas de los documentos burocráticos e incluso con las celdas reales de los prisioneros; la carta de colores dispuesta para el pintor comparada con la clasificación racial o política ejercida por el poder. Mucho más que un sumatorio de magníficas piezas, la exposición plantea un hermoso juego de colores que se transforma en aguda crítica de la dominación política y defensa de la libertad.

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