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Dime que me lees

Un infame mamotreto

A veces, el pasado es un país próximo. La otra tarde visité la exposición «¿25 años de paz?», que hasta el próximo mes de octubre puede contemplarse en el MuVIM (Museo Valenciano de la Ilustración y de la Modernidad). La exposición, como deja explícito su subtítulo, muestra «el lavado de imagen del franquismo en 1964», año en que se cumplía un cuarto de siglo del final de la Guerra Civil. En aquellos días, uno aún no había cumplido aún los ocho años. Pero la campaña publicitaria impulsada por el Propaganda Staffel, el entonces ministro de Información y Turismo Manuel Fraga Iribarne, se hizo tan omnipresente que fue capaz de impregnar para siempre la memoria de muchos niños. Tal vez por eso, lejos de sorprenderme, toda la muestra me resultó extrañamente familiar.

La exposición, comisariada por el director del museo, Rafael Company, contextualiza bien aquella súper campaña de propaganda política, en unos años en los que el plan de estabilización de 1959 empieza a dar sus frutos, la emigración y el turismo posibilitan la entrada de divisas y las clases medias se suben al Seat 600. Menos conseguido me parece el final de la muestra, que de manera un tanto precipitada gráfica y conceptualmente, prolonga el relato hasta la larga agonía y muerte del dictador.

Pero más allá del propio contenido de la exposición, lo que más me llamó la atención fue el enorme interés con el que un grupo de estudiantes de bachillerato miraba los paneles y atendía las explicaciones de la guía que les comentaba la visita. Porque, en efecto, la exposición es especialmente interesante para todos aquellos que han tenido la suerte de no vivir esos años de penitencia, esos tiempos de infamia.

Para la inmensa mayoría, hoy la palabra top remite a una prenda de vestir femenina. Lo cual está muy bien. Pero tampoco estaría de más que la gente supiera que el TOP era el Tribunal de Orden Público, que en la segunda mitad del franquismo juzgaba los delitos políticos. Aunque solo fuera por eso, valdría la pena que este país tuviera un museo de la lucha por la democracia, con una colección permanente, fruto del asesoramiento de historiadores de prestigio, que explicara aquella época de ignominia.

Mientras tanto, no sé a qué esperan las autoridades municipales para eliminar ese abominable mamotreto que, en lo que hoy se llama plaza de la Porta de la Mar, se levantó en 1946 para mayor gloria de Francisco Franco Bahamonde, como reza la inscripción que aún debe figurar debajo de la losa de mármol con la que se disimuló en 1980. Y es que, aunque el franquismo parezca un país lejano, hay algunos pasados que no acaban de pasar.

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