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Crónicas de la incultura

Imaginarios estatales

Hace unos días el presidente Puig consiguió tener un impacto mediático notable gracias a una propuesta de la que, tal vez, ya se esté arrepintiendo. La razón es que los políticos son los únicos ciudadanos de los que no se puede afirmar con seguridad que cuando uno de sus textos se hace viral, representa un éxito: para ellos, depende de la acogida que le dispensen los futuros votantes. ¿Que qué dijo? ¡Casi nada!: que había que descentralizar el estado y que no estaría de más redistribuir las sedes de sus organismos por toda España. Lo curioso es que los voceros de la oposición se indignaron –y hasta movilizaron a la prima de zumosol con la interesada adhesión de ciertos empresarios–, pero algunos de su propio gobierno también están que trinan.

Deberían pararse a pensar un poco, porque, contra lo que pueda parecer, este no es un tema político, sino fundamentalmente cultural, se trata de saber cómo está articulado el imaginario convivencial de los españoles. Y el problema es que más que articulado, está cada vez más desarticulado. Sostienen los politólogos que nuestro estado autonómico es una especie de estado federal, solo que, en realidad, sus partes tienen más competencias que los Länder alemanes o que los states de EE. UU. Se equivocan, porque el estado federal se concibe centrípetamente, pero el estado autonómico, centrífugamente. Es como la sensación que tenemos en la cabina de una noria: al subir resulta euforizante, al bajar da miedo y se nos pone un nudo en la boca del estómago. Los estados federados de Alemania vienen de una tradición atomista en la que el gallinero de los feudos nobiliarios y episcopales, que se destrozaron mutuamente en la guerra de los treinta años y fueron fulminados por Napoleón, acabó invirtiendo su tendencia a la desunión y, pese a peligrosos intermedios autoritarios, hoy es un estado federal que funciona. Algo parecido puede decirse de los EE. UU. tras su mortífera guerra civil, pese al grotesco episodio del Capitolio. España no. El modelo autonómico inició una peligrosa desbandada que no se parará con la –de momento, fracasada– independencia de alguna de sus partes, sino que carcomerá igualmente a estas y a lo que vaya quedando de ellas.

A mí la propuesta del presidente de la CV no me parece ninguna tontería. No se hundiría el mundo si un Senado con sede en Barcelona sirviese por fin para algo. Ni si una institución estatal dedicada a fomentar el plurilingüismo se ubicase en alguna comunidad bilingüe en la que este asunto todavía une y no separa, por ejemplo, en Galicia o en la nuestra. Por desgracia, todo esto es para hablarlo tranquilamente, no para vociferearlo en una campaña electoral que, según parece, ya ha comenzado.

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