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Navegando en la ‘Stultifera Navis’

La exposición de La Nau es un viaje por los espacios de la locura en València de seis siglos, a través de la ciencia.

Tres imágenes de la exposición. F.calabuig

La exposición «La Nave de los locos, una odisea de la sinrazón» (Centro Cultural La Nau), de Cándido Polo y Ana Hernández toma como referente simbólico la Stultifera Navis de Sebastian Brant (1494) para una reflexión histórica en torno a la locura y su asistencia en la sociedad valenciana. Navega por cuatro etapas de la asistencia psiquiátrica y sus espacios institucionales: el Spital dels Ignoscents, el Hospital General, el Manicomio de Jesús y el Hospital Psiquiátrico de Bétera.

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La fundación del Spital dels Ignoscents en 1409 aparece como punto de inflexión en la demonización de los alienados que transitaban por la Europa medieval junto a vagabundos y marginados, sujeto de temor, burla y rechazo. Burlarse de la locura fundamenta el imaginario sobre las naves de locos, tan populares en la cultura humanista. Lunáticos y enajenados eran maltratados, perseguidos y desterrados, o sacrificados en el marco de la exclusión social. Creencias religiosas y supersticiones abonaban el maltrato a lunáticos y enajenados, justificaban exorcismos que los hacían origen del mal. Aquellos pasajeros peregrinos de naves imposibles, rumbo a ninguna parte, habitaban las páginas de L’Espill de Jaume Roig, médico y poeta encargado de la asistencia y la administración del Spital dels Ignoscents.

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Inocentes y furiosos fueron los primeros acogidos, populares por las calles y parroquias, ataviados con vestimenta característica; sin embargo, furiosos y melancólicos, lunáticos y posesos compartían estigma y rechazo con otros proscritos: judíos, moriscos, brujas y herejes. Tras su fundación, el Hospital General (1512) integró el Spital dels Ignoscents y la población de internados creció hasta el medio millar a finales del siglo XIX. Los enfermos mentales nunca tuvieron acceso al hospital general, sometidos a un trato asilar bajo la tutela del pare dels bojos. Los locos peligrosos quedaban recluidos, mientras que la cara amable de los inocentes formaba parte de la transgresión festiva de procesiones, carnavales y piezas teatrales, representando a bufones y cómicos, como muestra Los locos de Valencia, de Lope de Vega. 

A mediados del siglo XIX, la situación alcanzaba su máxima degradación y abandono, debido al empobrecimiento del país, las guerras y la inestabilidad política. Tras la Ley de Beneficencia (1849), las diputaciones asumieron nuevos centros piloto en seis ciudades: Madrid, Barcelona, València, Zaragoza, Valladolid y Coruña, pero sólo el manicomio de Leganés se puso en funcionamiento. En València fueron descartadas diversas alternativas propuestas por el Departamento de Dementes del Hospital General, donde malvivían hacinados medio millar de internos. En 1878 tuvo lugar un traslado «provisional» al convento de Santa María de Jesús, que perduró un siglo, cuando el número de enfermos se había triplicado. Otros proyectos nunca se realizaron.

Por otra parte, la difusión del psicoanálisis puso de moda la locura y el inconsciente en el arte. Artistas de diversas disciplinas, fotógrafos y cineastas, motivados por el surrealismo, el dadaísmo y las vanguardias, bucearon en el inconsciente, la locura y la creatividad. En España, la reforma más profunda se proyectó en 1931 por el Gobierno de la República. Protegía los derechos de los enfermos, sustituyendo a los viejos manicomios por una red de servicios preventivos, asistenciales y rehabilitadores. Lamentablemente, la Guerra Civil truncó el proyecto y el franquismo paralizó cualquier alternativa.

La exposición navega en su parte final por el Psiquiátrico de Bétera, proyecto faraónico con gran presupuesto, en plena euforia de los Planes de Desarrollo. Sin embargo, se gestó cuando las grandes instituciones psiquiátricas eran desaconsejadas por la OMS. El modelo de hospital psiquiátrico había caído en desuso por su ineficacia terapéutica y social, y se recomendaba la intervención comunitaria, prevención y rehabilitación. Desde su apertura en 1973, el Psiquiátrico de Bétera, jaleado por los medios franquistas, se topó con la dura realidad. Movimientos contraculturales y colectivos underground crearon un frente social contrario a la reclusión manicomial y los abusos de la psiquiatría autoritaria. Prensa, revistas, libros y películas dan cuenta de ello, lo que tocó de lleno en la experiencia de Bétera, reflejo de las tensiones sociales de la época. La apariencia de ciudad jardín y régimen abierto se topó con la reacción de las poblaciones vecinas que reclamaban el aislamiento mediante un muro rematado por alambre espinoso. En la Transición, con la nueva ley de Sanidad resultó inevitable el cierre definitivo del Manicomio de Jesús, y el progresivo desmantelamiento de Bétera.

Los materiales de la exposición

La exposición contiene una excelente mezcla de materiales, desde documentos, publicaciones, reliquias, objetos, planos arquitectónicos, fotografías y vídeos, además de un variado muestrario de producciones artísticas, pintura, cine, arquitectura y cómic. Materiales que ilustran los rostros de la locura y el universo maldito del manicomio. Hay objetos empleados en los hospitales, vestidos de enfermos, pinturas y producciones artísticas antiguas y actuales -cuadros de Ribera, Goya, Sorolla, expresionistas alemanes, imágenes del surrealismo…- seleccionadas con gran acierto por Ana Hernández. Además, la exposición contiene los diseños de vestuario del Ballet Narrenschiff (La Nave de los Locos), puesta en escena por el Staatstheater de Nürnberg, (2021) bajo la dirección de Goyo Montero, cuya proyección pudo verse en al Aula Magna de la Nau. Patricia Gómez y Mª Jesús González complementan este recorrido por los espacios de la locura con dos exposiciones bajo el título de «Espejo del Mundo. Stultifera Navis. Restos del Naufragio», compuestas a partir de restos de espejos y bañeras del antiguo manicomio.

La piedra de la locura

La sala de exposiciones del Palau de Cerveró alberga un apéndice de la exposición que han comisariado Enric Novella y Xavier Balaguer: «La piedra de la locura. Una historia de la terapéutica psiquiátrica». Muestra los recursos empleados por la medicina en el tratamiento de la locura desde la Antigüedad. La concepción galénica como desequilibrio humoral que compromete a las facultades rectoras del cerebro promovió la intervención sobre las llamadas seis cosas no naturales: la alimentación, descanso, pasiones. Se muestra la práctica de maniobras como trepanaciones y sangrías, y la administración de recursos de origen vegetal: purgantes (agarico blanco, ruibarbo y eléboro para los melancólicos), sedantes como el alcanfor, adormidera y el jarabe de absenta. Muchos de estos remedios fueron utilizados hasta después de la aparición de la psiquiatría como especialidad médica. Puede decirse que la moderna terapéutica psiquiátrica no se inició hasta 1917 con la introducción de la llamada malarioterapia de la parálisis general progresiva por el psiquiatra austriaco Julius Wagner-Jauregg. A partir de ese momento se desarrollaron una serie de tratamientos «heroicos» para paliar los síntomas más dramáticos de la «enfermedad mental»: la insulinoterapia, el choque cardiazólico, el electrochoque y la psicocirugía, el más polémico. Desde la década de 1950 surgió la psicofarmacología, con medicamentos neurolépticos y otros para tratar la manía, la esquizofrenia, la depresión o la ansiedad. Estos fármacos se encuentran actualmente entre los consumidos por la población, generando adicciones, un negocio millonario y una lacra para el gasto farmacéutico.

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