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De la guerra civil a la "memoria histórica"

De la guerra civil a la «memoria histórica»

La Historia Comparada es un ejercicio difícil y arriesgado. Más si la hacemos desde los dominios de esa España colectiva y soñada que se va gestando desde el Medioevo y se robustece en torno a 1808, en aquella guerra «del Francés» o de «la Independencia» que, más allá de los argumentos para considerarla una guerra civil entre españoles enfrentó a Inglaterra y Francia por el dominio de Europa.

Comparar y aquilatar avatares procedentes del solar hispano en la Guerra Civil entre 1936 a 1939 y la España del primer franquismo con la Alemania nazi, el Chile de Pinochet, la Colombia de los guerrilleros y paramilitares o la Sudáfrica del apartheid, constituyen un espléndido flirteo de la sabiduría histórica con los acontecimientos, sin por ello dejar de obligarnos a pensar sobre como «el gran relato heredado» y la «autoimagen», influyen en los «desastres» de un pasado que no pudo ni supo remediar la gran causa republicana y que se agravaron con «el trauma» que fue la «pavorosa guerra civil» y su previo «ruido de sables». Leyendo estas cosas la tensión sube y nos obliga a suspender la lectura para poner en cuestión y reordenar nuestros conocimientos.

En Qué hacer con un pasado sucio, José Álvarez Junco, catedrático emérito de la Historia del Pensamiento Político y Ciencias Sociales, maestro del acercamientos a los procesos de inmersión nacionalista y estatalización, v. gr., Mater Dolorosa. La idea de España en el siglo XIX (2001) y El relato nacional. Historia de las historia de España (2017 ya reseñados) parece cambiar de tercio. No se recrea en pormenorizar el o los acontecimientos per se, sino a disponer de una visión global, de una síntesis inteligente. Nos conduce desde los míticos orígenes de la españolidad y sus más perogrullescas versiones recogidas, en mitos, tradiciones y textos escolares.

Álvarez Junco necesita preguntarse sobre el significado de la historia y como hacerla desde paradigmas escolares. La necesidad del ser humano, «en su etapa formativa de una identidad cultural y de una fuerte dosis de autoestima», requiere el fortalecimiento del nosotros que establezca puentes con los antecesores, que separe a los buenos de los malos y de la repetición de practicas conmemorativas que, sin embargo, son, como el propio Junco reconoce, perfectamente ajenas a la historia y a la memoria. De ahí la recurrencia histórica a los mitos. En nuestro solar cobra fuerza mayor el mito de la antigüedad de España: «España es eterna» se recogía en varios manuales escolares del franquismo. Mito tan recurrente como falso o de escasa vigencia para opiniones expertas actuales. De ahí la disparatada invención de Túbal, como primer español, hijo de Jafet y nieto de Noé. Los descendientes de Túbal se asentaron en la península ibérica y sobretodo eran fieros guerreros celosos guardianes de su independencia, fieles y con alto sentido del honor. Así podemos leer episodios como el de la heroica resistencia de Sagunto ante Cartago o más adelante el de Numancia y el de Viriato, invencible «pastor lusitano» para los romanos que necesitaron de la traición para derrotarle.

Algo se resquebrajó en el paradigma del español como símbolo de fiereza y fanática resistencia con el periodo de dominación romana prolijo en avances materiales y tecnológicos, en el que alumbraron políticos e intelectuales como Marcial, Quintiliano, Adriano, Trajano o Teodosio. Pese al paréntesis, predominó el viejo esquema de la «belicosa virilidad» revitalizado con la aparición de los godos y sus perennes luchas por la pureza del credo religioso cristiano frente a arrianos y musulmanes. Se vinculó a la imagen guerrera, la de la unidad política en torno a la monarquía y la adhesión inquebrantable al catolicismo romano, síntomas según Morente o Maeztu más que suficientes pata hablar de la existencia de España. En fin.

Pero de nuevo esa realidad no encajaba con los limites físicos de la futura España. Si parecía haberse alcanzado cierta fusión de lo hispanorromano y visigótico. Unidad devastada por las invasiones musulmanas sin quitar pulsión bélica y tensión militar. Todo ello, supuso la «Pérdida de España» y, de ahí, la necesidad de una «Reconquista». La construcción de una imagen colectiva de unidad alcanzaría (textos escolares) un potente clímax en el relato histórico con Fernando V de Aragón e Isabel I de Castilla que al unir sus reinos (siglo XV) incrementaron, fuese a no su voluntad, la idea de una unidad que estaba lejos de alcanzarse.

Los afanes imperiales de Carlos V y la desmesurada expansión territorial (incluidos virreinatos americanos de ultramar) alcanzada durante el reinado de Felipe II suponían una presencia universalista/localista que, no se traduciría -pese al fecundo «Siglo de oro» posterior con escritores y artistas como Cervantes, Calderón o Velázquez- en imágenes favorables. Si se afianzó, gracias a la imprenta y los libelos, la «leyenda negra» antiespañola (Juderías dixit) aunque todo o casi todo lo relativo a la misma se iniciara ya en el XVI. Permaneció el constructo de una patria belicosa en permanente ebullición como adalid de poner «la espada al servicio de la cruz».

Todo lo que pueda decirse es poco para animar a la lectura de este libro. Merece atención y consideración la pretensión del autor de hacernos partícipes en el debate de ideas en torno a la llamémosle recuperación del trauma/s sufrido/s, de las «medidas reparadoras» como remedios/s a y de todo ello [incluidas consideraciones y precisiones en torno a la «Memoria Histórica»], acerca de la oportunidad y eficiencia de todo ello o de lo contrario. Y hay más: de las dudas sistémicas y personales y, de lo «Qué queda por hacer». Casi nada. Todo a favor de un texto con una dedicatoria ejemplar: «A mis nietos (los cita por su nombre uno a uno). Que no viváis nada como aquello. Que seáis razonables, si lo vivís. Y justos; pero no justicieros». Me gusta. No niega la posibilidad de que se repita el trauma, pero rechaza, de plano, el fanatismo.

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