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Crónicas de la incultura

Ketman

Ketman

Encaramos julio, un julio presuntamente normal tras dos años de pandemia, y el personal está sobreexcitado. Las pasadas Fallas ya fueron el acabóse; la noche de San Juan, más que una noche, fueron una docena; casi al mismo tiempo, los críos y las crías celebraban sus galas de graduación (desde la guardería hasta la universidad) con fiestas interminables; mientras tanto, los desfiles multitudinarios llenan las calles. Los profetas de la cultura aplauden enfervorecidos en los medios: ¡Se acabó la pandemia! es la consigna, carpe diem, «aprovecha el momento», como aconseja Horacio. Desgraciadamente, el horizonte –económico, ecológico, político– es muy poco halagüeño y me temo que pronto, puestos a recitar latines, tendremos que cantar el Miserere: «Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia». ¿Cómo es posible que nuestros referentes culturales hayan acabado por confabularse para tejer un muro de inconsciencia colectiva? La cultura no puede seguir suministrando decorados y autoindulgencias a una sociedad aletargada que va hacia el abismo. ¿Por qué callan los pensadores y no se percibe más que el ruido ensordecedor de las redes?

Lo que está sucediendo ahora mismo me recuerda al ketman, una actitud de doblez complaciente típica de Persia, que fue descrita por Gobineau a finales del siglo XIX y que el escritor polaco Czeslaw Milosz aduce en su obra La mente cautiva como justificación de la intelligentsia en los regímenes del bloque oriental durante la guerra fría. Consiste fundamentalmente en que el intelectual, consciente de su superioridad como depositario de unas ideas que no se pueden perder, transige con todo lo que le impone el poder para preservar su posición. Como dice Gobineau: «El Ketman llena de orgullo a quien lo practica. El creyente, gracias a él, alcanza un estado de superioridad permanente sobre aquel a quien ha engañado, por mucho que este último pueda ser ministro o un rey poderoso». Tanto es así, que Hadji-Jeque-Ahmed, el fundador de la más importante secta del ketman, dejó muchas obras teológicas, pero nunca descubrió nada que nos pudiera poner sobre la pista de sus verdaderas ideas.

Milosz señala varias dimensiones del ketman entre 1945 y 1989 en el este de Europa (ética, estética, metafísica, nacional, social, etc.) que coinciden en que una cosa es lo que el intelectual piensa en privado, porque su propia autoestima lo reclama, y otra, lo que se defiende en público. No tengo espacio para señalar las concomitancias con los argumentos de los culturetas enrollados, pero los lectores, que seguramente dispondrán de tiempo en vacaciones, podrían intentarlo. Les aseguro que es una experiencia impactante, una αλήθεια reveladora de que o cambiamos las cobardes convenciones vigentes o vamos hacia un nuevo derrumbe del muro, esta vez el de la cultura que nos humanizaba.

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