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No hay bisontes en los valles de amapolas

No hay bisontes en los valles de las amapolas

No elegí por casualidad el nuevo libro de esta escritora valenciana, ya había leído su anterior novela Mar de azahar, un libro que recuerdo con mucho agrado. Lo elegí por eso y por su título: No hay bisontes en los valles de amapolas, un título largo y desconcertante que me cautivó por su lirismo y que intuía como preludio de una lectura apasionante.

María Jesús Puchalt, autora del libro, propone al lector con gran oficio literario, descubrir las luces y sombras de los Estevill, familia a la que pertenece Blanca, la joven protagonista de la novela, siendo ella misma la encargada, a partir de la segunda parte, de narrar en primera persona sus vivencias; y lo hace con ese lenguaje espontáneo y fresco propio de la juventud. A través de ella, casi a modo de diario, iremos conociendo poco a poco sus ilusiones, sus miedos y preocupaciones, sus melancolías y anhelos. Pero la vida de Blanca está marcada por la pérdida de su madre y es su querido abuelo materno, Fernando Estevill, el que le presenta a su esposa, la abuela Pepa, mujer llena de amargura que guarda secretos inconfesables; para la adolescente, su abuela, es un gran enigma que pretende descifrar. Con estos mimbres, la autora logra envolver al lector en una interesante trama, que transcurre entre los años 80 y 90, valiéndose de acertados recursos de escritura a lo lardo del relato: la comunicación epistolar, elipsis, relatos históricos y diálogos inteligentes. La atmósfera, el espacio tiempo y las localizaciones son reconocibles al tratarse de una novela de nuestro tiempo, aportando valor al relato. La ciudad de València pasa a ser una protagonista más en la que sus edificios señoriales, el puente del río Turia, la Basílica de nuestra Señora de los Desamparados y el Hospital General se retratan con nitidez.

Los personajes están construidos al detalle y se visualizan al instante, son, además, personajes de gran calado tanto en su historia pasada como presente. Destacan por su relevancia: La abuela Pepa; el abuelo Fernando; Blanca, nuestra protagonista; Engracia, la asistenta; la abuela Carmen; Manuel, padre de Blanca; y Alberto e Ignacio entre otros. Protagonistas a los que cuesta olvidar por la empatía que desprenden. ¡Grandísimo personaje el de Pepa!.

Cabe señalar, que es muy significativo el personaje de Engracia, puesto que aporta al relato el humor y la ternura que alivian la carga emocional de algunos episodios. Recuerda este libro, salvando las distancias, a las novelas victorianas de Jane Austen o Clarlotte Brontë, donde las mujeres son las protagonistas indiscutibles y sus tramas encierran grandes secretos de familia que definen su personalidad, dado que se desenvuelven en ambientes sociales donde encuentran refugio el egoísmo, el cálculo y el disimulo. Y sobre todo por la necesidad que tiene la heroína de hallar su camino a fuerza de experiencias, que la lleve al fin hacia su propio destino...

No hay bisontes en los valles de amapolas es una novela intimista que emociona a la vez que entretiene, que se lee con sentimiento reposado y sin pausa, que muestra una familia, una sociedad, un pasado que habla de culpas, amargura, ausencias y dolor. Pero que también deja abierto el camino hacía un futuro esperanzador. En conclusión, he aquí una novela notable en la que se relatan hechos históricos apenas conocidos y, en el que la autora, va dando pequeñas pinceladas -es así como se crea la intriga- para que el lector paso a paso, comprenda el porqué de ese titulo tan extenso y esa ilustración de portada. Amapolas y bisontes, soldados y marineros... ahí están esperando pacientes a que se les encuentre.

Solo queda abrir el libro y sumergirnos en la lectura: descubriremos descrita con buen pulso en sus páginas, una hermosa historia.

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