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Javier Marías: "Cuando acabo un libro no sé si luego va a haber otro"

Esta entrevista inédita con Javier Marías, muerto el último domingo a los setenta años, se realizó por teléfono el 12 de febrero de este 2022, que quedará en la historia, de la vida y de la literatura, como el de la desaparición de quien, entre otros por su amigo Enrique Vila-Matas, es considerado como "el mejor escritor de mi generación"

Javier Marías

La entrevista formará parte de un libro de conversaciones con autores de una época determinada de Alfaguara, editorial a cuyo equipo pertenecía Juan Cruz en 1998, cuando Marías publicó Negra espalda del tiempo. Ese libro es, según él, el que más «alegrías y sinsabores» le produjo en su vida. Trata de un episodio familiar, la muerte de su hermano Julián y las consecuencias, humanas y naturalmente literarias, que ese momento y sus recuerdos tuvieron en su vida.

’Negra espalda del tiempo’ fue el segundo libro que publicó en Alfaguara. ¿Qué supuso en su vida y en su producción literaria?

Es uno de mis libros por los que tengo debilidad (aunque nunca releo nada). Me trajo alegrías y sinsabores exteriores al propio libro. Lo llamé falsa novela cuando todavía no se hablaba de autoficción, ni casi de nada. Lo llamé así porque casi todo lo que contaba había acontecido de verdad, gran parte no tenía que ver conmigo, algunas cosas sí, pero no era autobiográfico y lo que vi es que no se entendió muy bien. Las críticas fueron extrañas, tibias, algunas muy buenas. Se produjo algo un poco curioso, que da sinsabor. Esa idea sirvió para inspirar muchos otros libros muy celebrados, aunque ninguno de sus autores dijo que tuviera algo que ver, ni reconoció el precedente que establecí en Negra espalda del tiempo, para todo aquel movimiento que luego se ha llamado autoficción y que tantísimas obras ha dado. En 1998 todavía no había mucho de eso, evidentemente lo que se llama autoficción la ha habido desde hace siglos, pero no de la forma actual. En el conjunto de la producción novelística es un libro que ha quedado un poco tapado por otros títulos que han sido menos difíciles, se sigue editando y vendiendo, pero a otro ritmo.

¿A qué atribuye aquel desdén, aquella fría o neutra acogida?

Mis libros ya se traducían regularmente a bastantes lenguas, pero algunos editores extranjeros recibieron presiones para no publicarlo, y no solo los míos habituales. En inglés tardó bastante tiempo en publicarse, fue antes en EEUU y en Inglaterra se recuperó más adelante. No lo sé, creo que influyó que fuera mi primera novela tras mi salida de Anagrama, esta fue un poco belicosa por así decirlo, y pasé a ser una persona non grata. No me fui, como se ha dicho, porque hubiera mejores ofertas, en absoluto. Precisamente, no tenía novela. Me fui en 1995 y esta se publicó en el 98. Pero, me temo que hubo gente, incluidos críticos y periodistas culturales, que intuyeron que debían ser tacaños con ese libro quizá como forma de complacer a Anagrama. Hubo una serie de cosas un poco raras. Aunque no dije nombres, hice alguna alusión a lo que había pasado y creo que tuvo que ver tanto con la dificultad de que se publicara en el extranjero, como con su recepción. Ciertos editores tienen mucho poder. Insisto, yo no puedo asegurar nada, no tengo manera de demostrarlo, pero sinceramente tengo la impresión de que algo tuvo que ver con todo aquello, con motivos extraliterarios.

¿Cómo llegó a ese libro?

No lo sé, han pasado muchos años, había una serie de historias verdaderas que tenía ganas de contar, pero no en un ensayo, ni una biografía. Es un libro que se va haciendo a medida que avanzo, que no termina cuando acaba el texto, sino que en cierto sentido seguirá mientras dure mi vida. También recuerdo que decidí no dar entrevistas porque se hablaba de cosas muy cercanas como la muerte de mi madre, de mi hermano mayor, al que no llegué a conocer, de la muerte de otro gran amigo. Una cosa es que lo escribiera y otra que preguntaran por ello. Solo di una rueda de prensa explicando por qué no las iba a hacer y me temo que eso también sentó muy mal. Probablemente yo mismo le busqué cierta dificultad a la recepción del libro.

En 1978 publicó en Alfaguara ‘El monarca del tiempo’. En aquel momento era amigo de muchos que ya no están: Juan Benet, Jaime Salinas, Juan García Hortelano… ¿Cómo fue esa relación precoz con todos ellos?

Unas relaciones estupendas, muy buenas, distintas entre sí. La más decisiva fue la de Benet, mi maestro en muchos aspectos. Los 24 años que nos separaban, yo muy joven y él un hombre plenamente adulto y con la vida hecha, no impidió que tuviéramos una buena, muy buena amistad, aparte de la admiración que le tenía. Para mí ha sido siempre muy importante. Coincidíamos en gustos e intereses. Con Hortelano tuve solo un poco menos de relación, y aparte de mi admiración literaria, como persona era extraordinario y muy afectuoso, nunca nadie hablaba mal de él. Hay muy pocos casos como este en la historia de la literatura española, se me ocurre Eduardo Mendoza... Hortelano era muy listo, con mucha sorna, tenía un talento extraordinario para contar historias oralmente. Además, teníamos una afinidad futbolera, él era del Atlético de Madrid, yo del Real Madrid y nos hacíamos bromas. Jaime Salinas era del mismo medio del que yo procedía, la Institución Libre de Enseñanza, la gente del exilio durante la dictadura. Había vivido en EEUU principalmente, volvió y tenía algo de español y mucho de no español, algo que siempre me decían a mí también: «No pareces español» (a veces como un elogio, lamento confesarlo). Con los tres [Benet, Hortelano, Salinas] me llevaba muy bien, tuve una relación extraordinaria, de gran afecto, de grandes diversiones y fue una de las razones por las que supongo que se me incluyó siendo yo muy joven en el comité mensual de Alfaguara de aquella primera época.

Fue la época del nacimiento de una generación de promesas que luego se han consolidado. ¿Cómo era aquel momento literario al que usted llega?

Por muchos de los colegas de generación, empezando por Eduardo Mendoza, Félix de Azúa, o Pere Gimferrer, en poesía había un gran deseo de renovación, de dejar un poco atrás el real socialismo que había imperado en España, lo considerábamos bien intencionado, pero no había dado unos frutos brillantes. Posiblemente los jóvenes de entonces también cometimos injusticias y les negamos el pan y la sal a algunos autores que lo merecían. Cada generación suele estar un poco en contra de la que le precede y eso ocurrió entonces. Teníamos el deseo de escribir con normalidad. Otra de las cosas que nos caracterizó mucho, a diferencia de la generación anterior, a la que pertenecían Hortelano, Juan Marsé, José Manuel Caballero Bonald, etcétera, era que teníamos la clara idea de que políticamente se podía actuar de una manera como ciudadano y que sin embargo eso no te obligaba a meter la política en la literatura, que si uno la supeditaba a motivos extraliterarios, estaba escribiendo libros destinados a caducar rápido. Intentamos dar a conocer la literatura en inglés porque, aunque parezca mentira, entonces no era muy conocida. Yo traduje dos obras del siglo XVI y XVII para la magnífica colección de clásicos Alfaguara que se fundó entonces. Intentamos remediar todo eso y convertir España en un país cuya literatura fuera equiparable a la de Francia, Italia, etcétera. Creo que a la larga se consiguió, ahora la gente tiene una extraordinaria libertad para situar sus novelas en cualquier, sitio o país, con personajes de cualquier lugar. Cuando yo lo hice en 1971 con mi primera novela en EEUU decían: «Pero este chico, ¿por qué no habla de lo que conoce?». Si no conozco, la imaginación también está para algo. Creo que nosotros sí logramos dar ese paso, a ninguna de las generaciones posteriores se le ocurre que situar una novela en tal o cual sitio sea un problema, o que se hable de cosas fantásticas o aventuras. Sin embargo, en aquella época había una especie de obligación no escrita de ocuparse de la desgracia que tenía el país: la dictadura.

¿Cómo vio la Alfaguara de Jaime Salinas?, ¿qué le llamó la atención?

Veía que era una especie de soplo de modernidad que insuflaba Jaime que, aunque sabía que no era exactamente un intelectual, estaba totalmente formado en la edición española (tras su experiencia con Carlos en Seix Barral y con Javier Pradera en Alianza de Bolsillo) y, al mismo tiempo, era un hombre renovador, con ideas de fuera, en absoluto provinciano y con ese talento para saber de quién se debía rodear allí donde él mismo no alcanzaba. Era consciente de que no tenía la estatura intelectual de Benet y en aquel consejo se rodeaba de Benet, Hortelano, de Luis Goytisolo…y, para autores extranjeros, de Miguel Sáenz, Esther Benítez, gente muy capacitada. Yo debía de tener 25 o 26 años, había publicado dos libros y supongo que él querría a alguien representativo de generaciones más jóvenes. Yo no tenía ni el talento ni la capacidad de mis mayores, pero aportaba algo de modernidad en un país recién salido del franquismo, donde aún no se sabía muy bien lo que iba a pasar. En esas reuniones nos divertíamos mucho, hacíamos rabiar a Salinas hasta que nos llamaba al orden y nos recordaba a lo que habíamos ido cuando nos metíamos con el tito Jaime y con la paella que nos servían durante la comida. Había un tono festivo, de diversión, pero se trabajaba mucho, leíamos los libros que nos llegaban y los que pedíamos. Recuerdo haber pedido bastantes libros extranjeros que me parecía que valían la pena que se conocieran en España. Luego eran examinados por ese comité y en el caso de los libros extranjeros, también por el de lenguas extranjeras.

Volvió a Alfaguara muchos años después, era ya otro tiempo. ¿Qué significó para usted cambiar de editorial?

Antes del descontento que me llevó a marcharme, estuve ocho años en Anagrama, en los que publiqué algunas novelas que han quedado: Todas las almas, Corazón tan blanco y la última, Mañana en la batalla piensa en mí. Me fui cuando no tenía ninguna novela nueva, para que quedara claro que no se trataba de ofertas mejores de otras editoriales. De hecho, yo había sido muy fiel a la editorial Anagrama, había rechazado los cortejos de José Manuel Lara padre para pasar a Planeta o incluso tal vez ganar el premio Planeta, que nunca me interesó. Mi fidelidad estaba a prueba de bombas. Pero hubo una serie de cosas que me gustaron poco o nada y en ese momento dije que no, que me iba. Usted entonces estaba al frente de Alfaguara, y se acercó a mí de una manera amistosa, convincente para un autor y Alfaguara mostró interés por ese libro de cuentos que Anagrama había rechazado. Se publicó y vendió muy bien para ser un libro de cuentos. Quizá yo «estaba de moda» tras las novelas que había publicado en Anagrama. Me encontré con un ambiente grato, con atención y comprensión. Después vino Amaya Elezcano, con la que también tuve buena relación y con la que publiqué lo que hasta hoy yo considero mi mejor libro, Tu rostro mañana, muy largo, en tres volúmenes. Y luego Pilar Reyes, con la que me llevo excelentemente, me parece una editora fantástica, encantadora y fuera del trabajo es una persona risueña, agradable y divertida. Desde que empecé esta segunda etapa, he creído tener verdadera amistad con mis editores y así lo creo todavía.

¿Con qué espíritu se ha enfrentado a cada uno de sus libros en Alfaguara?

Llevo 26 años con Alfaguara y con todos los editores he tenido un absoluto respeto y comprensión para mis ritmos de escritura. Cuando acabo un libro, no sé si luego va a haber otro. Es probable que sí, dado que viene sucediendo desde hace mil años en mi vida. Pero no tengo nada planificado, ni un proyecto concreto en obra. A mi vez yo he respondido sin querer contratar nunca ningún libro de antemano. Por muy buena fama o reputación que yo tenga, siempre se hará con la obra terminada, cuando el editor pueda ver y valorar lo que va a adquirir. Esa ha sido mi manera de corresponder. No tengo la menor queja, sino todo lo contrario, a lo largo de todos estos largos años con Alfaguara en mi segunda etapa.

¿Con cuál de sus libros se siente todavía más entrañado, más cercano?

No sé, con todos ellos, no es fácil, cada uno tiene su historia. Hay algunos por los que siento especial debilidad. Uno de ellos, ya publicado en Siruela, lo recuperó Alfaguara: Vidas escritas. No es novela, no es narrativa y, sin embargo, es uno de los que prefiero y uno de los que más diversión me proporcionó cuando lo escribí. Pero no forma parte del corpus narrativo de mis obras. Quizá sea Tu rostro mañana, tal vez por el esfuerzo que me llevó, estuve ocho años y pico con ese libro hasta completar los tres volúmenes de los que constaba originalmente. Luego Alfaguara fue tan amable de hacer una edición en un solo volumen en tapa dura, muy bonita. Siempre me ha gustado y, en todos ellos, procuro elegir yo las portadas, me importa mucho la imagen que dé el libro, es muy importante y en la mayoría de las ocasiones han sido decisiones mías que han sido aceptadas. La imagen del último, ¿Será buena persona el cocinero?, el nuevo libro de artículos, la encontró Pilar Reyes. Le di la idea y encontró una imagen muy graciosa, creo que ha quedado bien. Incluso en los de artículos, los libros más humildes y modestos de la producción de un autor, cuido las portadas.

¿Cómo se siente en la relación con la editorial?

Soy de los que da poca lata. Tengo la sensación de que, si necesito algo, la editorial va a estar muy predispuesta a atenderme y a cuidarme, pero soy de los que pide poco (risa), es sabido, por lo que sé de otros autores que requieren más atención, que piden al editor que vaya leyendo a medida que escriben. Yo prefiero no dar a conocer el contenido de los libros hasta que no están completados. Pero sí, claro que me siento arropado y cuidado. En los últimos diez años, me parece que los que lleva al frente Pilar Reyes, a ella sí la he considerado una verdadera amiga con la que puedo contar incluso si tengo un contratiempo de otra índole, no ya literario, si un día estoy enfermo y tengo una fiebre muy alta, aparte de mis amigos o familia sé que podría contar con ella. Eso es muy grato, evidentemente.

Entre sus características personales está el constante recuerdo de los suyos, su padre, su madre. ¿Cuál era su relación con su propia literatura?

Mi pobre madre no pudo leer mucho, solo pudo ver mis dos primeras novelas juveniles antes de morir, en 1977, y le gustaron, le hicieron gracia. Era una mujer muy cultivada, había escrito un libro en los años 40, no era una madre al uso para la gente de mi edad. Mi padre al principio se mostraba un poco reticente, la primera novela pareció no gustarle mucho, pero llegó a leer muchas más, incluidos los dos primeros volúmenes de Tu rostro mañana y pudo ver reflejado en el primero una parte de su historia que yo le pedí permiso para utilizar. Me lo dio y me satisfizo que cuando pudo leer el primer volumen me dijera escuetamente: «Está muy bien esa parte». Quedó satisfecho, noté que tenía curiosidad por verse transferido a un mundo de ficción. No era muy de elogiar a los hijos, como tampoco los hijos somos mucho de elogiar al padre porque ha parecido que no estaba bien aceptado, que no es elegante. Hoy suena ridículo, todo el mundo habla de su familia, es fantástico, pero yo me crie con esa especie de pudor y no era muy correcto elogiar a quien tenías muy cercano.

¿De quién espera ahora la lectura de un nuevo libro suyo?

De mi mujer [Carme López Mercader], es la persona que más me importa, también muy cultivada, ella misma es editora, lo ha sido durante muchos años y no tiene empacho en señalarme lo que le parece que quizá está alargado en una escena o lo que crea. No es la primera correctora, porque el primero soy yo, pero sí la primera lectora y no es nada complaciente. Sé que lo que me diga es verdad. Por eso es la primera persona cuya lectura me importa. Hay dos o tres más en segundo lugar, todas mujeres, pero hoy en día, Carme es la primera lectora y la persona que más ilusión me hace que lea un libro nuevo cuando lo hay.

Muy hermoso final, Javier Marías. Gracias.

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