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¿Para qué la literatura?

Todas las formas de narración nos hablan de la vida humana, pero la novela, por ejemplo, lo hace con más precisión que la imagen móvil.

¿Para qué la literatura?

Antoine Compagnon (1950) es uno de los más eminente expertos en teoría literaria. Catedrático de literatura francesa en la Sorbona de Paris y en la Columbia University de Nueva York. Autor de textos de referencia como El demonio de la teoría o Los antimodernos. El breve y sustancioso libro que aquí comentamos es la lección inaugural de su cátedra en el Collège de France -una de las instituciones más prestigiosas de ese país-, leída el 30 de noviembre de 2006.

Las cuestiones de raíz que plantea son éstas: ¿qué utilidad tiene la literatura hoy?, ¿qué papel debe jugar en un mundo de cambios tan extremos?, ¿está próxima la desaparición de la literatura y, en general, de eso que suele denominarse «saberes humanísticos» en los futuros planes de estudios de universidades, escuelas y colegios?

Refiriéndose al caso francés, pero extrapolable a otros países europeos, advierte que el lugar de la literatura en los ámbitos académicos ha disminuido mucho en los últimos años: en la escuela, los textos instrumentales desplazan a la literatura, o incluso eliminan su contacto directo; en la prensa escrita, que atraviesa una crisis quizá mortal, las páginas literarias disminuyen en espacio e incrementan su grado de banalidad.

La universidad atraviesa un momento de incertidumbre sobre las virtudes de la educación general, acusada de factoría de parados y en competencia con los ciclos forrmativos, que, se considera, prepara mejor para una vida laboral.

Consigna una anécdota que adquiere valor de categoría: «Cuando a los estudiantes se les pregunta por el libro que menos les ha gustado, suelen responder Madame Bovary, el único que les han obligado a leer».

El modelo clásico se ha tambaleado desde finales del siglo XX. Otras representaciones culturales, como las imágenes fijas y móviles, han ganado prestigio frente a la literatura. Por otro lado, el vínculo entre literatura y concepto de nación ya no es percibida en términos tan irrecusables.

Hay también un cierto resentimiento democrático a la gran literatura considerada como forma de irritante intimidación por su sedicente elitismo que genera fractura social.

La literatura del siglo XX ha puesto en escena su propio final mediante un prolongado y elegante suicidio; ya que, si deseaba abolirse, era por un exceso de existencia. Se ambicionaba la impotencia porque la omnipotencia de la literatura seguía siendo evidente.

Nunca se ha publicado una cantidad tan delirante de literatura como ahora; y, en cambio, cada vez tiene menor consideración en los planes de estudio y en el ranking de los objetos culturales. Ni los Premios Nobel son ya lo que eran.

Pero ¿en qué consiste, con todo, el poder de la literatura?

Esta pregunta se hizo más urgente después de la época de las vanguardias, cuando la fe en el progreso se debilitó. Ya se estuviese a favor o en contra, aquella fe determinó el movimiento de la modernidad; la literatura fue arrastrada por el proyecto de avanzar cada vez más lejos, siguiendo un impulso que con las vanguardias adoptó la forma de ‘cada vez menos’; purificación de la novela y de la poesía, concentración de cada género sobre sí mismo, reducción de cada arte a su esencia.

La idea de «el poder de la literatura» se consideraba obscena, pues se entendía que la literatura no debía servir para nada y que sólo contaba consigo misma.

¿Debo concluir que, después de varios siglos, la literatura ha dejado de desempeñar su papel y que ya no tenemos necesidad de ella?

Tiene competidores por todas partes, y no detenta el monopolio sobre nada, pero la humildad la favorece, y sus poderes siguen siendo desmesurados.

Compagnon trata de responder con argumentos propios y también con argumentos de autoridad.

«Mi fe en el futuro de la literatura -decía Italo Calvino en sus Seis propuestas para el próximo milenio, escritas poco antes de su muerte, en 1985- consiste en saber que hay cosas que solo la literatura con sus medios específicos, puede dar».

Otra opinión egregia y pasional: En Tiempo recobrado escribe Proust: «La vida verdadera, la vida al fin descubierta y dilucidada, la única vida, por lo tanto, realmente vivida, es la literatura» . La literatura nos libera de una forma convencional de considerar la vida -la nuestra y la de otros- pues destruye la buena conciencia y la mala fe. Y resiste a la estupidez, no con la violencia, sino de una manera sutil y obstinada.

La literatura debe ser leída y estudiada porque ofrece un medio -algunos dirán que único- de preservar y transmitir la experiencia de los otros en el espacio y el tiempo.

Todas las formas de narración, y por tanto también los filmes y la historia, nos hablan de la vida humana, pero la novela, por ejemplo, lo hace con más precisión que la imagen móvil, y con aún más eficacia que los inestables acontecimientos, ya que su instrumento afilado es la lengua, y deja libertad absoluta a la experiencia imaginaria, y a las consideraciones morales, en la connatural soledad de lector ensimismado.

J.R.Jimenez escribe en cierta ocasión: «lo más delicado es lo más poderoso». Compagnon concluye su texto de modo similar: «su fragilidad aparente es lo que hace a la literatura tan deseable».

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