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Padura contra el olvido

Padura contra el olvido

Misterios de la mercadotecnia editorial. La venden como una novela policíaca, pero yo la he leído como una novela histórica. Una novela sobre los últimos cien años de la historia de Cuba y también, una novela sobre la idea de la Historia. Hablo, claro está, sobre Personas decentes (Tusquets), la última obra de un Leonardo Padura que se rebela ante el hecho de que «la Historia no escrita no se puede leer».

Estamos ante un gran artefacto narrativo que se despliega en dos relatos paralelos. Uno nos habla de La Habana de la Belle Époque, marcada por el temor a la llegada del cometa Halley. El otro de la Cuba que, cien años y una revolución fracasada después, espera con ilusión la llegada de Barack Obama y de los Rolling Stones, espejos de otro cometa, el de las libertades, que también pasará de largo. Dos historias que convergen al final y que vuelven a situar a Padura en la cumbre de la literatura latinoamericana de nuestros días. Una es la crónica de una muerte intuida, la del joven Alberto Yarini, brillante diputado conservador y dueño de gran parte de los prostíbulos de la ciudad, cuando a principios del siglo XX La Habana pretendía convertirse en la Niza de América. La otra es la investigación con la que el expolicía Mario Conde pretende resolver los asesinatos de un miembro del aparato cultural del régimen castrista y de su exyerno. Unos crímenes cuyo origen se remonta cincuenta años atrás y se revitalizan en el presente.

Con el relato de la leyenda de Yarini, un personaje real que es «la hipérbole de un estado social enfermo y de una condición moral en crisis profunda», Padura busca la representación precisa de un tiempo histórico equívoco, pero muy concreto, para que un país, «que tanto se alimenta de la desmemoria», tenga algún registro de memoria. Padura lo dice también a través de un personaje de la investigación de Conde, cuando asegura que el pasado nunca termina, ni siquiera con la muerte. El olvido sería así «una forma de ocultar una parte de la carga de ese pasado para poder lidiar con el presente” en un país en el que muchas historias se reescriben y “donde tantas cosas se funden bajo capas de olvido programado». De manera que la lección de Padura va más allá de la historia de Cuba, consciente de que la Historia no se acaba nunca y que, mientras trascurre, va dejando lecciones que merecen ser leídas. Por eso, al margen de las tramas policiales, esta novela es una nueva lección de Historia, que viene a sumarse a la que nos dejó Padura en la inolvidable El hombre que amaba a los perros.

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