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El caminante

Sontag, Godard, París

Sontag, Godard, París

«Godard es el primer director que enfrenta decididamente el hecho de que, para poder trabajar seriamente con ideas, uno debe crear un nuevo lenguaje cinematográfico para expresarlas». Estas palabras figuran en el libro Contra la interpretación y otros ensayos, de Susan Sontag; en concreto en el que dedica a Vivre sa vie (1962), protagonizada por Anna Karina. El libro apareció en Estados Unidos en 1966 y leí la traducción que publicó Seix Barral en 1969. Jean-Luc Godard había hecho diez películas y para la autora era «el director más importante aparecido en los diez últimos años».

A Sontag me condujo un gran profesor de Lengua que tuve en la universidad, Antonio García Berrio, quien también me abrió otros caminos de fecundas lecturas, como las obras de Noam Chomsky o los formalistas rusos y su controversia con el realismo socialista. De la mano literaria de Sontag devoré una parte importante de la obra de Godard durante los veranos de los primeros setenta en París. En España se vivían los años finales de la dictadura y en la Cinémathèque, instalada entonces en los bajos del Palais de Chaillot, era fácil ver obras que aquí estaban prohibidas o simplemente no se proyectaban. No solo vi entonces mucho Godard, empezando por À bout de souffle (1960), que mantiene hoy su dimensión de indiscutible obra maestra. También pude ver Viridiana de Buñuel, L’Espoir de Malraux o Tierra de España de Joris Ivens.

He conocido la muerte voluntaria de Godard inmerso en la lectura de una magna biografía de Benjamin Moser sobre Susan Sontag. Ambos autores tienen puntos en común: entre ellos la torpeza para las relaciones humanas, el atrevimiento para innovar y la falta de espíritu crítico que, junto con obras geniales, condujo a ambos en algunos casos a creaciones de muy difícil aceptación pública. Y una virtud que se tiende a infravalorar en un mundo dominado por lo superfluo y efímero: la erudición. Godard hace gala de ella continuamente en sus películas y Sontag exhibe un nivel de conocimientos que otorga una sólida base a su pensamiento original. La primera vez que la leí me sorprendió que citara a alguien tan poco previsible en una intelectual norteamericana como Ortega y Gasset. Pero Sontag, que está enterrada en Monparnasse, siempre tuvo una clara vocación intelectual europea

Estos días de reseñas y abundante material gráfico sobre Godard he visto una foto en la que el cámara está sentado en una silla de ruedas empujada por Godard para rodar a Jean Seberg y Jean-Paul Belmondo en À bout de souffle, con un sistema precursor de la steady cam. Godard siempre tuvo una formidable intuición para convertir sus ideas en imágenes con economía de medios.

En Sauve qui peut (la vie), de 1980, el personaje principal, que se llama Paul Godard con inconfundible intención, habla de la creación cinematográfica: «Si tuviera fuerzas para no hacer nada, no haría nada. Hago películas porque no tengo tiempo para no hacer nada». Puede que sea una manera algo presuntuosa de decir la verdad.

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