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Laura Restrepo: "La poesía nace al mirarse la vida y la muerte"

Escritora

La poesía nace al mirarse la vida y la muerte

Tiene una cara dulce y radical, pues viene de una tierra en la que la violencia ha marcado la vida durante años. Es Laura Restrepo, colombiana de 72 años, comprometida con el presente de su país, que tiene el pasado lleno de sangre. Su cabeza a veces reposa en sus manos, y según sean las preguntas reacciona despejándose la frente o volviendo a fruncir el ceño, porque nada de lo que se habla, de política, de literatura, de la vida, le es indiferente. Esa tensión, que es humana, honda, de alguien que se toma en serio tanto la ternura como el desafío que contiene la maldad, siempre está presente en sus respuestas, pero jamás abandona la exigencia de rigor, de bravura, que aplica también a su literatura. Es autora, entre otras novelas, de Leopardo al sol, Hot Sur y Delirio, con la que ganó el Alfaguara; su ficción es imbatible, desafía a los escritores que ama y ella ya es de ese equipo de grandes de la literatura. A sus asuntos incorpora ahora una ficción que es realidad también: Canción de antiguos amantes, recreación de la mitología de la reina de Saba. Hecha su alma al viaje solidario, escribió la novela tras un viaje a Yemen con Médicos sin Fronteras. El resultado junta el estupor con la pasión por contar qué sucede con ese mundo en el que todavía quedan mujeres que se sienten descendientes de aquella reina tras cuya huella fue Laura Restrepo.

La poesía nace al mirarse la vida y la muerte

¿Por qué hay tantas canciones?

Dicen que cuando uno empieza a perder la memoria lo último que se olvida son las canciones que nos llamaron la atención. Por eso quise que este libro tuviera un sonsonete detrás de las palabras. Este es un recorrido por el fin del mundo. Con la pandemia pensé: ¿Cómo se escribe en estos tiempos? Pues no haciendo resonar el Apocalipsis sino el Cantar de los cantares y su amor cósmico.

La canción está desde el título.

Sí. Y también la necesidad de entroncar realidades duras. Soy de un país de grandes tragedias, pero basta de contarlas de manera exótica. Mejor hay que fijarse en los mitos, en la música, en otras cosas. Aquí cuento una tragedia humanitaria, pero también la fuerza de la gente que tiene el valor de emprender el camino para tener una vida mejor.

Ayuda mucho que estén presentes los Médicos sin Fronteras.

Yo no quería una historia de pura desgracia. Por eso está la gente que cura, que ayuda. Y si ellos no me hubieran permitido acompañarlos, ¿qué hubiera sido de este libro?

Hay escenas en las que una chica está esperando una niña, un símbolo total de Médicos sin Fronteras, porque no están salvando a una niña, sino a una metáfora de la Humanidad, ¿no?

Sí, por eso me gustaba que la protagonista fuera una partera, que lucha por la vida en las peores condiciones. Porque Yemen va a desaparecer por la hambruna. Mire ahora con la guerra en Ucrania, que es el granero del mundo. Pues Yemen se va acabar por una hambruna.

Usted lo sabe porque estuvo ahí.

Sí. También me ayuda que es una realidad que no es ajena a los colombianos. No es una historia extraña. Las migrantes que atraviesan el Mediterráneo son como las colombianas que se van o las venezolanas que han llegado a Colombia en los últimos años. Tampoco quería romper la ficción que hay. Pero hay mucha verdad. Ahí está la escena del parto, que yo presencié y fue brutal.

Y en esos sitios con escenas tan duras, ¿cuándo se da la felicidad?

Cuando ves la fortaleza de la gente. Ellos viven una gesta, una aventura y ves a la gente que reta al destino y… eso te conmueve mucho. Ahí la humanidad se expresa con toda su intensidad.

El libro combina el mito y la realidad. ¿En qué momento se juntan?

En el momento en que las migrantes recorren el desierto y van con la seguridad de que son descendientes de una gran civilización. Una me dijo, muy orgullosa: «Yo soy descendiente de la Reina de Saba». ¡Ahí se junta el mito con la realidad! Y por ahí me fui al escribir.

También hay mucha poesía.

Sí, porque es producto no sólo de viajes, sino de muchas lecturas.

El dolor de los países tiene su poesía. Y la literatura puede contar el dolor.

Yo creo que la poesía nace en ese punto en el que la vida y la muerte se miran a la cara. En las civilizaciones donde se intenta borrar la muerte, como la norteamericana, la vida se vuelve plana. En cambio, en los sitios donde se entreveran la vida y la muerte surge una literatura muy fuerte. Es esa tensión entre la vida y la muerte la que la produce.

Para contar esta historia se sirve de poetas y cantautores, como santa Teresa o Patti Smith. ¿Cómo los integra en la narración?

Pues como son clásicos que nos revelan las verdades de la vida, fue algo fácil de hacer. Investigué quiénes hablaron de ello y salió incluso Tomás de Aquino. Y Patti Smith salió porque en la revista Rolling Stone le decían la reina del pop y destacaban su aspecto andrógino y había una foto en la que se baja la bragueta y amaga con orinar en un baño de hombres y a mí me gustó mucho.

Luego están Camarón de la Isla o Celia Cruz.

¡Cómo no! Se fue metiendo todo el mundo. También por la necesidad de romper las referencias cultas de la historia, y para eso había que meter lo popular.

Es un coro celestial y terrenal.

Sí, porque la literatura siempre parece un artificio en el que puedes mezclar todo.

En el viaje, ¿tuvo miedo?

No. Los colombianos estamos curados de espanto. Y también estaba acompañada de los muchachos de Médicos sin Fronteras. Pero sí hubo momentos críticos. Pero el humor está para sortear esas cosas

Este es un libro sobre el dolor de nuestro tiempo.

De dolor, sí. Pero también de resistencia, de dignidad. De un paisaje de noches negras y cuajadas de estrellas. Y ahí, ante eso, dices: qué alegría estar vivo, pese a todo.

Usted ganó el premio Alfaguara, que le entrega Jesús Polanco, ante Saramago, presidente del jurado…

Yo nunca había mandado un libro a un concurso y tampoco era la política de mi agente. Porque la literatura no se trata de competir, ¿no? Sin embargo, cuando estaba terminando Delirio, vi la información del premio y que el presidente del jurado era Saramago, a quien yo había leído con absoluta devoción, y dije: «¡Ay, si este hombre me diera un premio!». Yo me hubiera conformado con que me diera un abrazito, eh. Pero, bueno… Entonces le pregunté a mi agente qué le parecía el libro y me dijo que uno de los personajes estaba muy flojo. Me puse a trabajar día y noche y luego lo mandamos al concurso. En ese momento yo estaba a cargo del área de Cultura en la alcaldía de Bogotá y por eso se me olvidó el día en que darían a conocer el ganador. Un día, a las cinco de la mañana, me despierta el portuñol de Saramago. ¡Ay, qué felicidad! En ese momento, Álvaro Uribe era el presidente de Colombia y había resuelto cerrar el proceso de negociación con los grupos armados y se lanzó con una guerra de aniquilamiento y hubo muchas masacres. Cuando llegué a Madrid me dijeron que en la Embajada de Colombia habían organizado un cóctel en mi honor. Uy, dije yo, ¿cómo voy a ir a una embajada de alguien que representa a los que están masacrando a la gente en mi país? Pues no fui y eso fue un escándalo. Era una grosería de mi parte, pero justificada, ¿no? Luego vino la rueda de prensa con Saramago y después el almuerzo para el ganador. Y presidiendo la mesa estaba don Jesús Polanco. Yo estaba a la derecha de don Jesús, y a la izquierda estaba Noemí Sanín, la embajadora de Colombia. Y se armó una discusión, pero tremenda, entre las dos. Ella defendiendo y justificando a Uribe. Llegó el momento en que las dos ya parecíamos verduleras y al final le dije: «Con esta embajada, Noemí, tu entierras tu carrera política». Y, de alguna manera, así fue. Hoy en día, el uribismo por fin está acabado.

¿En esa discusión usted vislumbraba ese final?

Era difícil. Yo había estado varios años exiliada en México, después de ser negociadora de la paz. La guerrilla tenía cierto estatus político y por eso negociábamos con ellos. Cuando gané el premio venía de ese exilio México y había escrito un libro sobre eso y casi todos los que ahí mencionaba habían sido asesinados.

Todo eso, ¿qué consecuencias tuvo en la sociedad colombiana y en la literatura colombiana?

Fue muy fuerte. Porque antes de Uribe estuvo el proceso constituyente, para reunificar a un país dividido por las guerrillas. Fue el M-19 el que tuvo mayoría de votos en la constituyente y se produjo una Constitución que se considera de las más avanzadas en el mundo. Bueno, pues el uribismo quiso perjudicar todo eso. Con asesinatos, muchos asesinatos. Pero recientemente como que se ha recompuesto. Porque la Constitución, pese a todo, ha sido la brújula. Y por una red de resistencia, que ha aguantado.

¿Y por qué tardó tanto en acabarse el uribismo?

Por el contubernio de los asesinos con el Gobierno, con el ejército, con la policía. Por el silencio internacional, porque en el mundo no se hablaba de lo que pasaba en Colombia. Y por la guerra contra la droga, que fue una de las grandes trampas históricas lideradas por Estados Unidos. Ahí tenías a los norteamericanos persiguiendo a los campesinos de la coca y a los que ellos llamaban narcoterroristas, que eran casi todos los que tenían un arma. Bueno, pues ese proceso nos quebró como nación e hizo que los carteles de la droga se hicieran muy poderosos. Y los paramilitares también. Eso desencadenó una lucha terrible de unos contra otros.

¿Y cuál fue la reacción de los escritores ante ese episodio?

Casi toda la intelectualidad colombiana está en oposición al uribismo. Se notaba en el debate diario y en las obras literarias, que se esforzaban por entender las razones de la violencia y por qué la vida y la muerte en Colombia se entreveran de una manera imposible de dividir.

¿Cómo influyó todo eso en la vida intelectual de Colombia?

Hay periodistas e intelectuales, como Antonio Caballero, que se dedican a hacer un periodismo muy valiente de denuncia. En el terreno de la literatura tienes a los poetas, como Juan Manuel Roca, por ejemplo, que hacen una defensa sistemática de la vida en un país donde eso es muy difícil. Pero la vida es mejor que la muerte, así de simple. Pero, claro, tienes una juventud que se mete en la guerrilla, en los carteles de la droga… como buscando la muerte, quién sabe. También tienes a un Alfredo Molano, que se dedica a desentrañar todas las capas ocultas de la sociedad colombiana. Porque el aliado de todas las matanzas es el silencio. Molano recorre el país y habla con los campesinos cocaleros, con las prostitutas, con los presos en las cárceles, con los guerrilleros, con las tribus que viven en la selva…

¿Cómo le marcó a usted concretamente todo eso?

En varios niveles. En Delirio, que es un libro sobre la locura, la protagonista es Agustina, una muchacha de clase alta que pierde la cabeza y hay que averiguar por qué. Bueno, tal vez por vivir en una realidad tan desquiciada. También está la cantidad de secretos que había en ese momento en la sociedad: incesto, adulterio… cosas que no se hablaban y cosas que eran paralelas a la vida política, militar… Creo que Delirio muestra a esa sociedad invivible, entre violencia, secretos y frivolidad. Porque encendías la tele y, en medio de toda esa violencia, veías concursos de belleza, anuncios de coches último modelo…

Un día un colega suyo me dijo que el malestar de Colombia lo arreglaría el paso de 50 años o un poeta.

Es que no hay mal que dure 100 años ni cuerpo que lo resista. El triunfo de Petro representa a toda la gente que ha luchado en el pasado. Yo siempre he sido muy militante. Yo estuve diez años con el M-19. Fui negociadora de paz. Y antes de eso fui militante trotskista, cuatro años clandestinos en Argentina… Yo creo que quienes están con la victoria son amigos míos, compañeros de lucha. Y eso me alegra. Lo vivo con mucha esperanza.

Dígame una canción que surgió en su novela como símbolo de ese viaje a Yemen…

La noche en Yemen te da una sensación de pertenencia a algo más grande, es tan intensa, tan llena de estrellas… Ahí entra una gran canción: Because the night, de Patti Smith. Dice: «Because the night belongs to lovers», porque la noche pertenece a los amantes. Es muy bello: es la apropiación de la noche para uno y para tu amado. ¿No le gusta?

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