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Complicidades

Nostalgia del silencio

Nunca he sido un fervoroso partidario del silencio como tema de la literatura. Me cansan pronto las elucubraciones sobre sus profundidades, sus ecos, sus melodías, sus enseñanzas. Se me agota pronto el asunto, como lector y como individuo más o menos pensante. No dudo de que las experiencias hondas del silencio, a través de la meditación, del voto de lo mismo, del ejercicio de la soledad, pueden ser una fuente de conocimiento, pero como materia literaria nunca ha ejercido sobre mí la fascinación que ejerce sobre los cien mil hijos del silencio.

Me encuentro más bien en el bando de los entusiastas del lenguaje, de los adeptos de la palabra. Antes que las imposibilidades del decir, veo en el decir sus infinitas posibilidades. Aunque muchas de nuestras experiencias no sean de naturaleza verbal, lo verbal es el único método de entender y expresar nuestras experiencias. Soy también el pobrecito hablador.

El silencio al que hago referencia en el título de este artículo no es el silencio metafísico, ni el sideral, ni el de los abismos de la poesía, sino el silencio mondo y lirondo, el silencio pedestre del que hablamos en oposición al ruido de nuestro día a día.

Hace tiempo que tengo nostalgia del silencio de mis viejos veranos silenciosos, que es como recuerdo los veranos de la infancia, con un silencio acrecentado por el canto de las cigarras que se desgañitaban durante los días abrasadores, y por los grillos melodiosos que acompañaban las noches. No sé si existieron tal y como yo los recuerdo, pero estoy seguro de que no eran como son los veranos actuales, invadidos por un ruido grosero, incivil y maleducado, espejo de buena parte de nuestras costumbres actuales.

En mis antiguos veranos, no existían las discomóviles atronadoras, ni la sobreabundancia de motos con escape libre, ni el ritual colectivo del botellón. En aquellos veranos había orquestas de músicos aficionados que tocaban en la plaza del pueblo -con un volumen soportable para el oído humano-, y alguna moto macarra, pero no miles, y cogorzas grupales de pandilla.

Aunque al español que está de fiesta, desde la noche de los tiempos, lo que más le gusta es que no duerma el que no lo está, nunca como hoy se ha extendido la exhibición de la juerga, la manifestación impúdica de la parranda.

Mi hipótesis es que se trata de la encarnación de las «redes fecales» (aunque algunos las llamen sociales) en la realidad: el acto de creer que nada existe del todo, si no se hace alarde obsceno de ello. No basta la música: hace falta el escándalo.

Echo en falta una antigua forma del silencio, aunque tal vez eche en falta a mi yo antiguo.

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