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Cuba en la nevera

La pregunta que a Leonardo Padura le duele çtodos los días es si merece la pena ser decente en el país (régimen) de la delación.

Leonardo Padura, en Barcelona. Ricardo Cugat.

Decía Torrente Ballester que Cuba no es un país, sino un estado de ánimo. La capital de ese estado hoy se llama Leonardo Padura, escritor resistente, «si alguien ha de quedar para contarlo, ese seré yo», declara cuando le preguntan por qué se queda y lo sufre. «Cuba me alimenta, con sus conflictos y contradicciones; si me fuera, no tendría este contexto tan denso para escribir». Y por cierto que va nutrido el novelista, tanto país metido en su nevera.

Cuba en la nevera

Nació en La Habana a medio camino entre el asalto al cuartel Moncada y la huida de Batista, el 9 de octubre de 1955, sin tiempo a conocer aquello que llamaban la perla de las Antillas o el cabaret de las Américas. Vive en la misma casa donde nació, nada extraño allí porque no ha vuelto a construirse. Nueve libros cuenta que había en su casa, ejemplares del Reader’s Digest, además de una Biblia y tratados intocables de la Masonería que su padre profesaba. Un pequeño comercio y una madre con cierta afición a las novelas (que no se imprimían), y un vecino, profesor retirado de Literatura, que le da a conocer la épica de Dumas. A punto de terminar el bachillerato, el bibliotecario del instituto le introduce en los clásicos griegos y el joven Padura decide ganarse la vida narrando. Pero la vía más directa, la escuela de periodismo, había echado el cierre. Un golpe de suerte que le lleva a ser filólogo y, herramientas habidas, apropiarse de la norma lingüística caribeña, cubana, habanera: la base firme que lo sigue siendo de su literatura, donde La Habana es más que un escenario, es un contexto cultural que él recoge de sus ancestros, especialmente de Carpentier: «La cultura es la capacidad de asociación de conocimientos», le cita, y el lenguaje -añade él mismo-, «el reflejo del pensamiento: uno habla según piensa». Eclecticismo, cruce étnico, multiplicidad, España y África y, posteriormente, la inmigración que llega de Asia del norte a través del Pacífico. Todo esto configura su universo, su paisaje y sus personajes, que hablan como el escritor siente.

Sí ejerce como periodista en la década de los 80, y en los 90 publica la tetralogía de su detective Mario Conde, y a continuación obras importantes en su bibliografía como La novela de mi vida, El hombre que amaba a los perros o Como polvo en el viento. Es traducido a 20 idiomas y en 2015 recibe el Princesa de Asturias. Con Personas decentes se sirve de nuevo de Mario Conde para recorrer el presente y pasado de Cuba o su personaje primordial, en añoranza siempre del futuro. Narra la esperanza de «deshielo» que vivió el país en 2015 por obra de Obama y que terminó en cartón mojado por la brutal política de Trump seguida de una pandemia que puso al planeta del revés, dejando de nuevo a Cuba sumida en el apagón perpetuo, la carencia absoluta y el enésimo período especial. A este sueño futurista contrapone el escritor el pasado facineroso de principios del XX y, sobre todo, una pregunta que a él le duele todos los días: ¿merece la pena ser decente en el país (régimen) de la delación? Sin respuesta posible.

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