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Everybody knows

«Libro a libro . Sara Mesa, se ha ido ganando un sitio en nuestro mundo literario»

knows

Es un infierno adorable, pero a fin de cuentas un infierno.

Annie Ernaux

La escritura habla. Dice. Aunque a veces hable y diga a través de lo que no se habla ni se dice. No me hago un lío. Para nada me lo hago. Tampoco quiero hacer un juego de palabras. Tampoco quiero eso cuando empiezo a escribir sobre la última novela de Sara Mesa: La familia. Miren qué maravilla escribe Pierre Michon en su libro Cuerpos del rey: lo más íntimo de un escritor surge cuando «la voz despótica de eso que se ha dado en llamar la literatura, y que es la literatura, empiece a hablar en vez de hablar él». Se refería Michon nada menos que a William Faulkner. La escritura habla en nombre de quien escribe. Negando ese nombre incluso, algunas veces. Ahí su grandeza. Quien escribe desaparece y lo que queda es la literatura misma. Nada que ver con el manoseado estilo. Todo que ver con el misterio que al cabo será toda escritura que no sea un desastre. Lo que no se cuenta. La escritura de Sara Mesa, una vez más. La zona oscura. El fantasma.

La cubierta: una casa que parece de cartón. De ambos lados surgen dos remos. Mover las palas en el vacío. Blanco absoluto. En el primer capítulo, muy breve (casi todos lo son): la descripción de una casa. De la casa. Me voy a un libro suyo anterior, de 2016: Mala letra. Relatos. El primer párrafo de Apenas unos milímetros: «Lo primero que me llevé al entrar, la primera impresión, quiero decir, fue la de estar en un lugar extremadamente ajeno y pesado y oscuro». Eso pasa cuando entras en esta novela que es seguramente la que más me ha gustado de una escritora que libro a libro se ha ido ganando un sitio en nuestro mundo literario, o como se llame eso que a ratos huele mal. El mundo que cuenta Sara Mesa en sus novelas y relatos desprende eso, un olor a náusea, a cuerpo descompuesto. Vuelvo más atrás, a Cicatriz, su novela de 2015: «Mentira sobre mentira, qué más da». La podredumbre. Esa mezcla de ocultamiento siempre y de cinismo. En La familia una niña escribe un diario y le pone un candado. Es sólo suyo. Y el Padre, que grita: «¡En esta familia no hay secretos!». Ahí empieza ese «algo amargo en la boca» que contaba Eloy de la Iglesia en una lejanísima y olvidadísima película protagonizada por mi hermano Juan Diego, siempre presente en ese sitio tan extraño que se llama corazón o algo parecido. Los secretos. Lo que está ahí pero es como si fuera un pez que nada muerto en el acuario doméstico. El Padre, la Madre, las hijas Rosa y Martina, los hijos Damián y Aquilino, a quien insultan en la escuela con lo de «¡Aquilino, tríncame el pepino!» y decide que a partir de entonces se llamará sólo Aqui y será finalmente el que mejor se salve de la quema.

El padre autoritario, la sumisión del resto de la familia. El miedo. La culpa. El fingimiento. La máscara. Cada cual se salva como puede. La presencia del tío Óscar que de vez en cuando se asoma por la casa y añade un punto de ironía al aire enrarecido que en la casa se respira. «Toda persona está irremisiblemente perdida en sí misma, y sólo puede consolarla la observación de los demás y de la ley que impera en ellos y en todo», escribe Kafka en sus Diarios. Escritor querido por Sara Mesa, estoy seguro. Así esta familia que habita la casa colgada en el vacío, con dos remos que intentan sacarla a una superficie imposible. Lo que pasa es que resulta difícil romper el muro que separa a sus habitantes. A ratos lo intentan. Y lo que descubren es un puzle de difícil reconstrucción: sus piezas están dislocadas, cuesta ponerlas en su sitio de antes porque el sitio de antes ya era muchos sitios cegados los unos a los otros. Tal vez si la memoria… ese lugar en que se «tiene claro los planteamientos, a veces el nudo, jamás los desenlaces». Recordar desde la infancia, desde antes de la infancia, desde que la familia aún no era ni familia ni nada. La memoria. Cada cual con la suya. Así se cuenta esta historia.

Y es aquí cuando todo lo salva la escritura, aquella escritura grande que anunciaba Pierre Michon en su libro dedicado a la gran literatura. El tiempo de la narración, sus saltos firmes, nunca en el vacío. Las voces de los personajes en ese (des)orden que enaltece la narración. Cómo contar una historia que no sea esa impostura vivida en el seno de una familia en que los secretos gritan por todos los rincones de la casa. Todos lo saben, como cantaban los Dave Clark Five allá por los años sesenta del pasado siglo y yo era uno de sus fans más entusiastas. Nadie ignora lo que pasa, pero quién lo dice en voz alta, quién desvela el olor a podrido que empapa los muros de la casa, qué ha de suceder para que se rompa la mayúscula de ese Padre que ha hecho de su vida una mentira. De qué somos culpables cuando sólo fuimos peones insignificantes del monstruo. No sé por qué, pero cierro el libro con una imagen: la mirada de Poca Pena, el perro abandonado, uno más, tal vez el principal de los abandonos que aparecen en esta magnífica novela. Me recuerda la mirada de Karenin, el perro casi protagonista de La insoportable levedad del ser, la novela inolvidable de Milan Kundera. Y finalmente, ese armario desde donde otra mirada -otras miradas- descubrirán el secreto -el único secreto- que seguirá viviendo desde la infancia hasta que todo en la familia haya sido consumado.

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