En medio de tanta oscuridad
La escritura y la vida de Annie Ernaux

Annie Ernaux / Levante-EMV
Leí los nombres que destacaban este año para el Premio Nobel de Literatura. Eran tres: Salman Rushdie, Michel Houellebecq y Annie Ernaux. Pensaba que el ganador iba a ser Rushdie. No sólo por la grandeza de su obra literaria, sino también para compensar moralmente el atentado que sufrió hace unas semanas. Al fin y al cabo, hay un millón de razones para dar o negar el Nobel y este año no tenía por qué pasar algo distinto. Eso sí: si el agraciado hubiera sido Houellebecq, habría viajado hasta Estocolmo y me hubiera quemado a lo bonzo delante de la Academia Sueca. No puedo con él. Ni con lo que escribe. Ni con ese histrionismo tan teatralmente exagerado que ha convertido su vida en una insoportable performance. Ya sé que tiene una interminable lista de seguidores que lo admiran y que me merecen, bastantes de ellos, una absoluta confianza. Pero que no cuenten conmigo para ese cometido adulador. Hecha esta introducción, seguramente insolvente, voy a lo que voy: subidón a tope cuando el Nobel de Literatura de 2022 ha sido para la escritora francesa Annie Ernaux. Subidón a tope, sí. Menuda alegría.
Sus novelas primeras las editó Tusquets y desde hace años lo hace Cabaret Voltaire, en magníficas traducciones de Lydia Vázquez Jiménez. Todos los años pensaba lo mismo: ¿cuándo demonios el Nobel sería para ella? Y nada. Nunca era para una de las escrituras más personales, más valientes, más rigurosas, más radicalmente políticas, que ha dado la literatura contemporánea. La escritura de Annie Ernaux. De niña le chiflaba leer. Lo recuerda en el texto que escribió hace tres años, cuando en 2019 le concedieron el Premio Formentor: «Mi infancia se resume para mí en un periodo de lectura ininterrumpida». Que tomen buena nota esa troupe indocumentada que escribe sin haber leído un libro en su vida. Y encima, te dicen que así no tienen ninguna influencia a la hora de escribir. Serán burros… Su familia era pobre y eso la marcaría para siempre. En su vida y en su obra. Nunca dejó en el olvido dos de sus características más importantes: sus orígenes de clase y ser mujer. Ahí anduvo siempre. Estudió para ser profesora, pero lo que le gustaba era escribir. Y eso hizo durante toda su vida. Escribir. Hay veces en que hay mucho de la vida que se guarda dentro, que no se cuenta. Y entonces la contamos con la escritura. Lo decía Marguerite Duras en un librito imprescindible: Escribir. Y Annie Ernaux lo volcó todo, su vida y todo, en la escritura.
Se escribe toda ella, entera
No falta en casa ninguno de sus libros. Ninguno. Tienen una cualidad que me gusta: son breves. No hace falta escribir tochos infumables como si los libros se vendieran al peso. Y la sencillez de la escritura. Sin adornos de ninguna clase. Y eso que ella defendía casi por encima de todo el «cómo», la «manera» de contar una historia. Ahora se estila mucho escribir y no contar nada. La escritura que se agota en la propia escritura. Aunque no se cuente nada. Eso tan pomposamente inútil que se llama estilo. No todo el mundo puede ser Flaubert. Pero Annie Ernaux contaba de una manera extremadamente sencilla historias que te abrían la carne como con una sierra, como decía Kafka que tendría que ser toda buena escritura. Se contaba ella misma para que quienes la leyeran encontraran en ese relato la historia de lo común, de lo que nos pasa, de lo que no se cuenta porque sentimos miedo a contarlo o nos avergüenza. Desde que se hizo una película sobre su novela El acontecimiento se ha hablado mucho de esa novela. El aborto como asunto principal. El suyo propio cuando era joven. No es sin embargo ése el libro que más prefiero. Tal vez sea La ocupación, donde los celos la convierten en una okupa de la vida de la mujer que ahora está con su expareja. No esquivó nada que la pudiera desnudar delante de una sociedad anclada en la doble moral y en el cinismo. No escapó de su propio cuerpo, ni del Alzheimer de su madre, ni de lo que ella misma consideró una traición al padre en una de las novelas primeras: El lugar. Los orígenes de clase. La cercanía de lo burgués al titularse en la universidad. Ser otra. Lo escribe todo, se escribe toda ella, entera, sin dejarse nada, precisamente para seguir siendo la misma.
No sé si hay un libro más escalofriante, más rabiosamente conmovedor que No he salido de mi noche. Su madre que empieza a olvidar pedazos de su vida. Al final, la enfermedad terrible: Alzheimer. Vivir con alguien cuyo final se anticipa cada día más. Pasé por eso durante año y medio. No por el Alzheimer que mi madre no sufrió, sino por su negativa a seguir viviendo porque tenía miedo a caerse. Lo difícil de vivir tu propia vida y al mismo tiempo la de quien está contigo y no quiere vivir ninguna. Asistir diariamente a la degradación, al abandono, a la intransigencia que provoca la fragilidad. Miren en este libro que hay que leer para sentir en todo su peso lo que la vida tiene a veces de emboscada: «Postrada como nunca hoy, se niega a verme… Me doy cuenta de que me he acostumbrado a su degeneración, a su nuevo rostro, inhumano. Me acuerdo de ese momento terrible en que empezó a irse». Paseaban por el jardín y los cobres del otoño en la casa de Annecy, esa ciudad hermosa de la Alta Saboya donde estuve tantas veces y tengo ahí grandes amigos. Y fue cuando su madre escribía: «No he salido de mi noche». Sin embargo, cómo era capaz Annie Ernaux de crear esa luminosidad tan intensa en medio de tanta oscuridad. Cómo podía.
La literatura y la vida
Ser mujer. Ese feminismo que ella vivía sabiendo que muchas veces hay emociones que lo fragilizan, que te caes porque el amor y la crueldad del abandono debilitan algunas de tus convicciones más profundas. Surgir de la pobreza y ser mujer. Toda Annie Ernaux está ahí. No sé si hay escritura más política en un marco donde aparentemente sólo habla de las emociones. Pero ya lo dije alguna vez contra el cinismo que a veces convierte las emociones en una llantina insoportable: toda emoción es política. Y eso lo sabía como nadie Annie Ernaux. Y su escritura lo es. Cuando habla del aborto. Del cáncer. De la sumisión amorosa porque a ver quién es capaz de estar por encima de algunos sentimientos. Del amor y el abandono, de la enfermedad, de los celos, de la madre perdida en la noche y el padre traicionado. Pero todo eso lo traducía en escritura. Uno de sus libros más desconocidos es El uso de la foto, escrito a partir de las imágenes creadas por su amante Marc Marie. Las fotografías que ilustran el libro muestran los detalles más íntimos de la vida cotidiana. También su cáncer. Mira los objetos desparramados por el suelo. Las prendas de ropa más íntimas, los zapatos blancos de tacón. Y escribe. Todo para Annie Ernaux es escritura: «No espero que la vida me aporte temas sino estructuras desconocidas de escritura». Y añade «Sólo quiero hacer los textos que yo únicamente pueda hacer», unos textos «cuya forma misma está condicionada por la realidad de mi vida».
Pocas veces me he sentido tan cerca de esa Academia Sueca que concede el Premio Nobel de Literatura. Creo que nunca como este año. El nombre de Annie Ernaux. Sus libros. Todos sus libros. Su vida. Esos ochenta y dos años de libros y de vida. Una misma cosa para ella: la literatura y la vida. Una misma cosa.
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