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Las apariencias

Celos, secretos, pornografía, sexting y un sinfín de apetitos desbordados componen esta novela gráfica, donde Miguel Vila pone todas las herramientas narrativas del lenguaje del cómic con un relato donde lo visual habla por sí solo, y lo que no se dice vale tanto, o más, que aquello que se enuncia.

Las

Vivimos una época de cuerpos normativos logrados a golpe de filtro de Instagram, de algoritmos que deforman las anatomías en busca de una supuesta perfección ideal marcada por la dictadura de las modas imperantes. La apariencia ya no es ni siquiera lograda con un disfraz para esconder las imperfecciones de michelines y maquillaje para alisar las arrugas, sino con los unos y ceros de una inteligencia artificial que construye máscaras siguiendo los supuestos designios de la mayoría. El metaverso era eso: un lugar donde esconder las imperfecciones mediante avatares esculpidos no con el duro entrenamiento de las pesas, sino con líneas de código a su vez creadas por otros programas. El miedo a que Skynet o Matrix controlaran al mundo ha llegado, pero no imponiendo su soberanía por la fuerza, sino alegremente aceptada por el pavor a presentar nuestro verdadero cuerpo.

En ese mundo de filtros cuquis, las bajas pasiones son ahora obsesiones digitales que nacen en la pantalla de un móvil, en secreto, quien sabe, anhelantes de cuerpos reales. Quizás es lo que le pasa a Marco, el joven protagonista de Dulce de leche (La Cúpula, traducción de Inés Sánchez) un joven de un suburbio urbano italiano con problemas en las relaciones sexuales con su novia Stella. Una clásica historia de trío amoroso que se desata con la entrada en la vida de la pareja de Lulú, madre un pequeño bebé que debe contrata los servicios de niñera de la pareja del protagonista. La historia es universal: chico engaña a chica (que es pretendida de siempre por un amigo) con conocida común. La literatura, el cine, el teatro han dado sobrada cuenta de esa estructura, pero Vila da un paso inesperado introduciendo elementos perturbadores: la parafilia por la lactancia, por los pechos inmensos, transforma la historia en un relato obsesivo, en una puerta abierta a lo morboso donde Marco intenta encontrar la normalidad del ideal romántico en un escenario que se desmorona a su alrededor. Vila apuesta por un trazo de colores pasteles que contrasta con la línea de naturalismo detallado que ahonda en la imperfección de los cuerpos, en el michelín, la arruga, la variz y la estría perfectamente marcadas. En los fluidos orgánicos, en la comida entre los dientes y la suciedad en las uñas, en todo aquello que nunca se dibuja en los filtros de las aplicaciones de redes sociales. Un estilo que tiene un referente claro en el de Andrea Pazienza y su Zanardi, porque Marco, Stella y Lulú son desarraigados como la pandilla que protagoniza las míticas obras del fundador de Cannibale. Dulce de leche podría perfectamente entenderse como una continuación de aquél universo en una sociedad donde ya no son las drogas lo que atenaza a la juventud, sino la omnipresencia de las redes sociales como espacio de evasión de un futuro inexistente. Vila construye un triángulo amoroso de sexo explícito y sudoroso, de bajas pasiones que no encuentran satisfacción en el ideal de los cuerpos sombreados de modelos, sino en una normalidad reconvertida en atractivo parafílico, en una realidad a la que se llama fealdad. El grafismo explota con acierto el contraste de estereotipos sociales para lanzar un mensaje demoledor también sobre los prejuicios que edifican nuestras relaciones y nuestra sociedad sobre espejismos cada vez más alejados de lo cotidiano.

Con una sorprendente estructura narrativa de página basada en la innovadora contribución de Chris Ware, la obra ganadora del premio al mejor tebeo de la Comicón de Nápoles compone así un retrato inmisericorde de una juventud de provincias que ni siquiera tiene oportunidad de encontrar el amor romántico, solo de dejarse llevar sabiéndose perdedores ante cualquier elección que hagan.

Sin duda, uno de los autores a seguir en el futuro.

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