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Algún día los sacaré a todos en un cuento

Los relatos de Dylan Thomas son un fiel precipitado de los intereses de su autor, uno de los meteoros literarios más intensos del XX.

Algún día los sacaré a todos en un cuento

Fervoroso creyente en la Visión, expresada así, con mayúscula inicial, y heredero natural de William Blake, la más hermética y a la vez radiante voz del genio en el fulgor del romanticismo inglés, Dylan Thomas fue un poeta demasiado grande como para que el mérito de sus relatos merezca ser contemplado en pie de igualdad con respecto al de su obra poética. En él se satisface, de hecho, cierta vieja maldición que acosa a tantos y tantos talentos a lo largo de la historia de la literatura, y que ni siquiera Borges, por más que algunos de sus poemas sean perfectos desde el punto de vista de la forma, logró esquivar. Esa maldición reza que no se puede ser una cumbre de la poesía y de la narrativa a un tiempo. Acaso solo Pessoa haya sido capaz de encarnar ambos cánones de excepcionalidad, si bien cabe conceder que su desmesurada talla como prosista no se cifra en sus relatos, sino que se recluye en ese texto indefinido e indefinible, un género en sí mismo, que conocemos bajo el título de Libro del desasosiego.

Pero volvamos al Dylan Thomas narrador, al hechizo de estos cuentos que, sin ser extraordinarios como lo fue su poesía, no por eso merecen ser desatendidos, y que están también infectados por esa Visión que fue la seña de identidad del autor galés, uno de los meteoros más intensos que surcó el cielo de las letras europeas durante el pasado siglo. Leídos en la magnífica traducción que de ellos hizo el siempre añorado Miguel Martínez-Lage, los Cuentos completos de Thomas conforman un fiel precipitado de los intereses de su autor. El primer marco digno de señalar dentro del conjunto es el del territorio, Swansea en el caso que nos ocupa, ese sur del País de Gales al que consagró las más hermosas páginas de su narrativa, y que revive aquí mediante el feliz encuentro de tres convidados propicios: la sacralidad del paisaje, el pathos del paisanaje y la prolija tradición mitopoética que teje una relación entre tierras y hombres hasta decantar un modo de estar en el mundo.

Un segundo instante de privilegio lo facilita el lenguaje, articulado como soberano embajador entre el qué y el cómo, entre el contenido y el continente. Resulta iluminador, desde esa óptica, admirar cómo la escritura del autor puede evolucionar desde el registro sensorial de textos en los que se acentúan los aspectos inquietantes e irracionales de la narración, con resultados tan sobresalientes como los que aparecen en Los enemigos y El visitante, hasta el tono de crónica, retozón y cómico, que por momentos recuerda al de las películas irlandesas de John Ford, y que hallamos en ejemplos tan irresistibles como el de la gira alcohólica de Un cuento, pasando por el escrutinio interior, la exploración autobiográfica y las consideraciones en torno a ciertos ítems inseparables de la peripecia personal (el periodismo, la bebida, la amistad) que consolidan los cimientos de la obra más importante de Thomas, Retrato del artista cachorro.

Es este tercer ámbito, de pura y radiante intimidad, el más decisivo en la narrativa que nos ocupa, pues ocurre dentro del propio autor. Consiste en el proceso de maduración de un alma, en el trazado de una psique, en la germinación, devenir y consolidación de una personalidad compleja. La única colección de relatos que Thomas publicó en vida, la mencionada Retrato del artista cachorro, adopta, en efecto, la clásica y fecunda estructura de bildungsroman, y admite ser leída como una especie de novela de formación donde asistimos a la construcción de cuanto adorna la singularidad de un artista: el nacimiento de su vocación, la forja de su carácter, el cómputo de sus afectos.

Los 10 relatos que tejen la trama de este volumen independiente son los más notables del libro. Thomas combina en ellos con sagacidad y a la vez con ligereza sus dotes de observador, una ironía que nunca llega a ser ácida, y un magnífico oído para lo popular sin resultar folclórico ni sentimental, dos riesgos que el galés sortea con suma elegancia. Son relatos ante los que se experimenta una notable sensación de levedad, casi de gracia, como si hubieran sido redactados bajo el hechizo de una dicción seminal, absolutamente espontánea e incontaminada.

En su transcurso se respira el placer de ser joven y de estar vivo, el júbilo de la risa y de cierta gozosa inconsciencia, aunque también el temblor de saberse tocado desde muy pronto por la condena y por el éxtasis del lenguaje, por sus seguras exigencias, que el tiempo acabará cobrándose de un modo u otro, mediante las oportunas renuncias o a través de la entrega incondicional a sus poderes.

Brillante, lúcido y leal

Son relatos evocativos, cercanos por su tono a la palinodia, de una viveza sorprendente, que ilustran el final de la infancia y la primera juventud de un hombre brillante, lúcido y leal a los suyos, indulgente con sus propias y múltiples flaquezas, y que dejan en el ánimo del lector una intensa sensación de verdad, como si ninguna impostura pudiera mancillarlos, como si ningún tiempo pudiera herirlos, como si el arte del escritor los hubiera cincelado al modo en el que Faulkner, con su proverbial sabiduría, pronosticó en la mítica entrevista que concedió en 1956 a The Paris Review: «El objetivo de todo artista es detener el movimiento, que es vida, por medios artificiales y mantenerlo fijo para que cien años después, cuando un extraño lo mire, se mueva otra vez».

Esta es la forma que tiene el artista de emborronar el olvido que debe atravesar algún día». Un objetivo, una promesa, un empeño que Dylan Thomas resumió en la frase que da título a esta lectura, con la que clausura su relato La vieja Garbo, y que el creyente de la Visión satisfizo a su manera única e innegociable.

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