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Un pasado que no pasa

Un pasado que no pasa

LaLo dice Fernando Pessoa en el Libro del desasosiego. No siente la libertad aquel que no vivió nunca oprimido. Me he acordado del escritor portugués tras visitar el Museo Real de África Central, en Bruselas, que ha reabierto sus puertas tras una profunda remodelación de los contenidos expuestos al público. Su origen no puede ser más siniestro. Se remonta a la exposición universal de Bruselas de 1897, cuando bajo el impulso del rey Leopoldo II se crea en el parque de Tervuren una sección colonial con el objeto de convencer a la población y a los inversores de las bondades de su proyecto colonial. Allí, como si fuera un zoo humano, se exhibieron a 267 personas traídas a la fuerza desde las riberas del río Congo. Siete de ellas murieron por las precarias condiciones en las que fueron recluidas. Un precedente del holocausto olvidado en el que, durante los veinte primeros años de colonización, el llamado Congo Belga perdió a la mitad de su población.

El cierre del museo en 2013 coincidió en el tiempo con el inicio del movimiento Black Lives Matter y los debates sobre el colonialismo que se han abierto en Europa, principalmente en Alemania y en Bélgica. Lo que ha posibilitado una transformación de lo que era un museo del orgullo colonial en un museo crítico con la colonización, resignificando muchas de sus piezas y construyendo nuevos relatos sobre la historia de ese período. A la vez, se han abierto conversaciones para restituir al Congo las máscaras y esculturas de mayor valor artístico, del mismo modo que ha hecho Alemania para devolver a Nigeria sus tesoros expoliados.

A la entrada del museo el visitante queda sobrecogido ante la hermosa piragua de más de veinte metros de longitud, construida a partir del vaciado de un enorme sipo, una de las piezas más espectaculares de las ricas colecciones que alberga. A la salida, el espectador repara en la frase que hay escrita en una de las paredes de esa inmensa sala: «todo pasa, salvo el pasado», que es el título de un libro del sociólogo Luc Huyse en el que se interroga sobre cómo la gente maneja las consecuencias traumáticas de las guerras civiles y los períodos de opresión. El museo está ubicado en un palacio sobre un jardín a la francesa, que, envuelto en la humedad de la fina llovizna tan frecuente en Bruselas, confiere un aire melancólico a todo el entorno. Es entonces cuando las palabras de Pessoa vienen a la memoria y con ellas la imagen de un museo del que aún carece nuestro país. Un museo del franquismo en el que, en aras de la libertad, la gente pudiera sentir, siquiera brevemente, lo que fue la opresión.

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