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Elogio de la desobediencia

La poesía de la conciencia crítica viene de lejos. Sus nombres más reconocidos apenas son tenidos en cuenta páginas

Última poesía crítica

Última poesía crítica / Levante-EMV

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Alfons Cervera

Alfons Cervera

«Cuando una novela nos da menos de lo que muchos de nosotros sabemos -y se contenta con lo que se le ha dado-, nos hallamos ante una escritura conservadora. Una escritura así -por inteligente que sea el autor, por excelente que sea su prosa- está más cerca del sentimentalismo que de la realidad». Esto es un párrafo de lo que escribe Vivian Gornick en El fin de la novela de amor. También podemos aplicar esta pócima a la poesía. Más incluso que a la novela. La era de internet flaco favor le ha hecho a la literatura. La «democratización» de la escritura. De la «crítica». Las opiniones que ensalzan o revientan libros leídos desde la más bochornosa de las ignorancias. Buscar un asidero para que no se te coma la rabia, para que no inutilice esa rabia el criterio a la hora de leer y a la hora de escribir lo que ha quedado de la lectura. Como esto que hago ahora mismo. Escribir de un libro de poemas. Una antología. El título: Última poesía crítica. El subtítulo: Jóvenes poetas en tiempos de colapso. La nómina de treinta y cuatro poetas que nacieron después de 1992. O sea: una insultantemente hermosa juventud si se mira desde donde yo miro ese paisaje. Echo mano de la memoria, de la mía: la dedicatoria que Juan Gil-Albert puso en mi ejemplar de Memorabilia, cuando la visita de un grupo de amigos a su casa de Taquígrafo Martí, en la ciudad de València. Mayo de 1975. Las palabras finales de esa dedicatoria, su letra ya titubeante: «… envidiando, en primer lugar, su juventud». Nada menos. La juventud. El maldito río del tiempo. Y ahora escribo sobre otra juventud. Poetas que para nada se detienen en ese sentimentalismo que banalizaría su propia realidad. Y la de quienes desde otros ángulos también la viven, la mayoría de las veces, con aires de derrota. La insurgencia de la poesía. Ya está bien de dorarle la píldora a un capitalismo depredador que lo convierte todo en mercancía. La plusvalía que también llega a la producción poética. La maldita y tan olvidada plusvalía. ¿También en la poesía? Pues sí, ¿qué pasa?

La selección y la edición ha corrido a cargo de dos voces más que solventes en estos tajos: Alberto García-Teresa y David Trashumante. Saben de lo que hablan. Y tanto que lo saben. Viene de lejos su vocación por adentrarse en la poesía que agrieta los discursos oficiales, que indaga en esa actitud crítica que pone «en evidencia (no solamente la documentan) las injusticias, las opresiones y las desigualdades generadas por el statu quo capitalista (patriarcal, ecocida y excluyente) y sus herramientas de sometimiento». Ahí es nada esa declaración de principios al abordar una antología que al menos a mí me ayuda a mirar a otro sitio que no sea el que nos señalan imperativamente desde las alturas jerárquicas en la literatura y en todo. Se trata de escrituras surgidas, principalmente, de la crisis económica (siempre moral también, claro) de 2008. La precariedad laboral. El sacarte de tu casa sin contemplaciones porque la desigualdad -en un estado de bienestar que se dice modélico- te ha convertido en carne de exclusión. Las migraciones que tanto y con tanta crueldad son perseguidas por la burocracia administrativa y los refuerzos policiales de los nuevos fascismos. La dificultad de encarar un futuro que encalla en un presente dominado por el cinismo neoliberal y una angustia que en algunos sitios, también en alguna literatura, asumen la forma y el fondo de la desobediencia.

La poesía de la conciencia crítica viene de lejos. Sus nombres más reconocidos -lo dice este libro radicalmente recomendable- apenas son tenidos en cuenta por quienes llenan estas páginas. Seguramente anda esta juventud por otros lugares que antes trajinaron quienes la precedieron, también jóvenes poetas allá por los años ochenta del pasado siglo. No es que rechacen aquellas escrituras. Para nada lo hacen. Simplemente se abren un hueco en las nuevas heridas abiertas por un sistema que todo lo deshumaniza. Salir de esas heridas con más heridas si cabe. No hay manera de salir del conflicto sin conflicto. Y si se dice que sí, que es posible la salida aséptica del desasosiego, no se lo crean. Los nombres que aparecen en este libro y lo que escriben bien que lo afirman desde propuestas nada uniformes, distintas en la formulación de la queja: pero con esa necesidad de juntarse para que el colapso «ecosocial» que vivimos no se salga de rositas. No resulta fácil visibilizar esta poesía. Al revés: resulta muy difícil. Los estándares de esa poesía que conserva en alcanfor valores más viejos que la picor siguen siendo hegemónicos. El poder -también el literario, claro- está de su parte. Pero ojo: mueve a quienes ocupan las páginas de esta antología aquella «incurable indignación» que siente Adrienne Rich cuando escribe esa maravilla que es El sueño de una lengua común. Aquella poesía crítica de los años ochenta y la que hoy se reúne en estas páginas no son, a pesar de sus particularidades, territorios estancos. Y como muy acertadamente dicen Alberto García-Teresa y David Trashumante en la parte final: «Se abre, entonces, la necesidad (política, cultural y social) de construir espacios de diálogo y conocimiento mutuo para compartir experiencias, inquietudes, problemáticas y esperanzas». Al fin y al cabo, una y otra, vienen del mismo descontento, de aquello que recuerdan los autores de esta edición y a mí nunca se me olvida: lo que decía el colectivo Alicia Bajo Cero a finales del siglo pasado: «Hablar de un mundo, es proponer un mundo». O sea: pasar a la acción. Que ninguna lectura nos deje a merced de la quietud. Que ningún poema nos dé menos de lo que ya se sabe porque si no, si nos habla de lo que repetimos como insaciables loritos cantores, no estamos hablando de poesía sino de una oferta de mercado en que abunda sin compasión una larga gama de recetas plagadas de conservantes y colorantes. Poesía no sólo joven sino, sobre todo, desobediente. Me gusta que llamen así a la que se recoge en Última poesía crítica. Al llegar a este punto final, me acuerdo de aquella lejanísima tarde con Juan Gil-Albert en su casa de València, de lo que escribió sobre mi juventud de entonces, y me entra la risa. ¿La risa, digo? Pues no me veo yo la gracia…

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