Los vacíos

Tatee dibuja un cómic delicado que nos enfrenta a la dificultad de la pérdida de una persona porque su presencia sigue habitando en los lugares compartidos

Las cosas que ya no están

Las cosas que ya no están / L-EMV

Álvaro Pons

La ausencia se resiste a cumplir las leyes de la física. Crea un vacío que se puede tocar, ver y oír, que lucha por evitar ser sustituido rellenando de recuerdos cada grieta por la que entran nuevas experiencias. Memorias que crean una frontera infranqueable, de duro acero refractario a esa razón que dicta que nunca volverá, sabedoras de que el miedo al dolor de la pérdida está de su lado, susurrando que ese hueco es físico, real, que solo está temporalmente guardando un espacio que retornará a quien lo dejó. Y, mientras, la espera va cimentando la ausencia como un fantasma que creemos real, como un sustituto sin alma de una realidad que no se quiere aceptar. Son muchas los vacíos que siguen ese patrón: la de la muerte, siempre inoportuna, siempre inesperada por mucho que sea anunciada.

En La casa de las magnolias, de Flavia Biondi (La Cúpula, traducción de Gema Moraleda), Amelia debe enfrentarse a la desaparición de su abuela, a una ausencia reconvertida en presencia tangible en cada esquina de una casa, la antigua casa familiar. Y tendrá que diluir ese espacio construyendo lazos, relaciones que dejan atrás los términos para encontrar un camino propio, en el que amistad y amor olvidan los tópicos arrebatados para descubrir la calidez de una mirada de complicidad, la extraña unión de soledades que se reconocen como paralelas y complementarias, creando algo que no está en los poemas románticos, sino en la hermosa placidez de compartir un sentimiento sin más ambición de futuro que el día de mañana. La artista florentina compone con delicadeza una historia que no esconde las aristas, pero sabe encontrar un lugar por donde fluir entre viñetas de luz desbordante de la Toscana, entre equilibrios tan sutiles como acertados.

Pero esas ausencias, también, pueden nacer precisamente de ese amor que tantas veces nos han definido como eterno, como objetivo irrenunciable de la vida, como ese cúmulo de tópicos en el que al final creemos y sobre el que construimos promesas de un porvenir que nunca llegará, que se disuelve entre las manos dejando solo el espacio vacío, perfectamente marcado por las ilusiones y expectativas, por lo que pensábamos que eran compromisos que se harían realidad. Un perfil sin nada dentro delimitado con perfección, relleno de eso que tan bien ha definido Tatee en el título de su novela gráfica: Las cosas que ya no están (Editorial Cicely). Las cosas que ya no están pueden ser tan sencillas como el calor que ya no sentimos al darnos la vuelta en la cama, o la taza que falta en el desayuno. Puede ser la decisión de qué película ver en la tele mientras se comparte una manta en el sofá o ese sentimiento de emoción al mirar a la persona que amas. Pero todas generan un vacío que pesa hasta hacerse extenuante, como una losa que intenta encerrarnos en una tumba de culpas y miedos. Tatee dibuja con silencios, con sombras, delimitando esos espacios que ya no son con juegos de luces y oscuridades en los que se mueve con comodidad, dejando que las imágenes cuenten su historia, permitiendo que el azar de lo cotidiano vaya delineando la memoria de lo perdido, dejando aparecer otros temas que quedan esbozados en segundo plano: la enfermedad mental, la inseguridad, el trabajo, la familia… Contextos que están ahí, pero que no dejan de ser parte de un drama donde el dolor se mueve por dentro, con una angustia que imaginamos, que no se expresa explícitamente, sino que se comparte con el lector a través de momentos de conexión en los que la autora sutilmente descarga en el lector la búsqueda interior de experiencias similares.

Dos obras que obligan a mirar esos vacíos que, con seguridad, también están en nuestras vidas.

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