Una batalla desigual

Xavier Güell eleva un canto a la creación musical en ‘Shostakóvich contra Stalin’, donde narra la lucha del compositor soviético por prevalecer ante el dictador

Una batalla desigual

Una batalla desigual

La relación entre poder y música ha sido, y es, compleja. A lo largo de la historia podemos encontrar numerosos ejemplos de una presión constante hacia los compositores porque sus creaciones acababan siendo relevantes en el oropel de los fastos de gobierno y porque sus autores han sido vistos, en numerosas ocasiones, como legitimadores de determinados procesos políticos debido a su popularidad. Los dictadores han sido muy gustosos de arrimarse a la música más popular en cada momento y tratar de identificarse con ella para lograr mayor conexión con la ciudadanía y, a la vez, influir en el gusto y en la evolución musical a su antojo.

Quizá uno de los ejemplos más paradigmáticos en este sentido, aunque no el único, ni mucho menos, sea el de la antigua Unión Soviética. El comunismo adoptó de inmediato las fórmulas más relevantes de la Rusia zarista y obligó a los artistas a seguir unos códigos determinados, orientando la creatividad con normas estrictas en las que el comunismo decidió cómo debía expresarse un arte pensado para el pueblo. La época de mayor virulencia contra los creadores fue el periodo estalinista, en el que la imposición y el terror se cebaron especialmente con muchos de ellos, sobre todo aquellos que mantenían una postura más tibia o posibilista hacia el régimen imperante.

En esta larga noche oscura indaga Xavier Güell (Barcelona, 1956) en Shostakóvich contra Stalin, la nueva entrega de su Cuarteto de la guerra, que anteriormente se centró en Béla Bartók y Richard Strauss y que ahora tiene como protagonista a Dmitri Shostakóvich y su brutal enfrentamiento contra un Stalin, juez y parte del gusto soviético, erigido en el más perverso censor, especialmente de las figuras cuya popularidad él considerase disparada y pudiese hacerle sombra.

Los años del terror estalinista reventaron una creatividad artística efervescente; muchos autores, presos de la autocensura y buscando agradar con obras supuestamente inteligibles para el pueblo, renunciaron a avances y a su propia personalidad creativa. Esto llevó a un empobrecimiento paulatino que muy pocos pudieron esquivar. Solo talentos descomunales como el propio Shostakóvich, aunque en apariencia se plegaron a los requerimientos oficiales, tuvieron la capacidad de mantener su personalidad y seguir su camino pese al pánico que les rodeaba. Güell escribe, con el epicentro situado en la representación de la ópera Lady Macbeth de Mtsensk, a la que acude Stalin, siempre oculto tras unas cortinas en un palco (qué curiosa afición tienen los genocidas a esconderse tras parapetos para idear entre las sombras las mayores tropelías).

Construye una novela especialmente atractiva en el recuento del discurso de una vida y una obra, en una narración contada en primera persona, estructurada casi como una ópera, con preludio, actos, intermedios, coda, en la que el propio Shostakóvich recuerda los pasajes clave de su vida mientras escribe su última obra, la Sonata para viola y piano, solo unos días antes de morir, aguardando en la noche a una misteriosa visita. La narración es vibrante y especialmente conmovedora en el proceso de avasallamiento por parte de Stalin hacia el compositor. Todo su entorno se desmorona desde el momento en que el diario Pravda publica el artículo «Caos en vez de música», en su tercera página, destrozando el camino emprendido por el compositor. No fue el único. Al poco volvió a salir otro también en su contra y tuvo que renunciar, bajo presión, al estreno de su siguiente sinfonía. Rodeado de deportaciones, de asaltos nocturnos a las viviendas, dormía vestido y con una maleta preparada por si él era el siguiente en ser detenido.

La sensación de pánico, el miedo, invadió su vida de forma abrumadora. Además, sintió con fuerza la cercanía del propio Stalin de manera directa con una atroz y sibilina tortura de la técnica del palo y la zanahoria, alternando periodos de ostracismo total con otros de gran ensalzamiento en el que le calificaba como «el Beethoven rojo».

La impresionante recepción de su música en todo el mundo ejerció un efecto protector sobre su figura y el régimen lo utilizó como elemento de exportación y propaganda de las bondades culturales soviéticas. Él dejó hacer, sorteando siempre los obstáculos con habilidad, camuflado en una personalidad tímida y retraída en cierta medida que se acentuó con depresiones y dolencias varias, fruto de somatizar la tensión tan intensa que soportó toda su vida, y que llegó a la crueldad de obligar a sus hijos a retractarse de su padre en la escuela.

Las dificultades frenaban su trabajo, pero siempre surgía algo que volvía a reconstruir al compositor y le permitía seguir adelante. La batalla contra Stalin estaba perdida en vida, si bien en el balance final, en el de la historia, Shostakóvich ganó con creces. Su música es indispensable en las salas de conciertos de todo el mundo y ahora tenemos la capacidad de valorarla plenamente, de analizar cómo fue capaz de sortear la mediocridad que la camarilla artística más próxima al estalinismo extendía como una mancha viscosa. Con su inteligencia consiguió esquivar el continuo peligro que le acechaba y, al final, nos legó un patrimonio musical inmenso y único que ha sido esencial en la historia de la música del siglo XX. Quizá la música no pueda salvar el mundo, pero sí contribuye a dotarnos de una capacidad especial para afrontar la propia vida. Esta novela biográfica es, en este sentido, un canto a la creación musical, capaz de romper muros y de conseguir la universalidad desde un lenguaje que no conoce de fronteras, ni de imposiciones. 

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