La nada, la puta nada infinita

Gómez Escribano narra con maestría la historia de Zip, un periodista frustrado que dejó hace años la profesión por problemas con las drogas y con la disciplina laboral

Después de la derrota

Después de la derrota / Levante-emv

Alfons Cervera

Alfons Cervera

Anduve muchas veces por los sitios en que transcurre esta historia. No por todos esos sitios. Por muchos. Nunca atraqué un banco. Pero conocí a gente que sí. Que sí que atracó bancos, quiero decir. Una vez el atracador disparó contra la policía y dos de esos policías cayeron muertos en medio de la calle. El que disparó escribía como dios. Lo comprobé unos años después.

Era un tipo grande, robusto. Parecía un boxeador del peso pesado. En los concursos de relatos que se organizaban en la cárcel siempre ganaban los suyos. Otra vez lo ganó una conocidísima presa de ETA. No sé si ella se enteró porque no nos dejaron saberlo. Nunca la vimos. Sólo leímos los dos excelentes textos que presentó al premio.

Durante muchos años participé en programas culturales en algunas prisiones. Una experiencia increíble. Editábamos revistas con textos de los «internos». Así se los nombraba. Cosas del lenguaje. Organizábamos concursos. Publicábamos en forma de libro los relatos que considerábamos más interesantes desde el punto de vista literario. Aún conservo algunos de esos libros. Ediciones precarias, claro. Casi parecían salidos de una vietnamita de las de los tiempos oscuros. Aún dura la amistad con quienes me abrieron las puertas de aquella experiencia irrepetible.

Uno de aquellos presos era un as de las fugas. Lo pillaron siempre. Era uno de mis fans más declarados. Leía mis libros y mis artículos de prensa. Luego se fugaba. Y lo volvían a pillar. Qué habrá sido de su vida. De las que me fui cruzando aquellos años dentro y fuera de la escritura carcelaria. Y ahora…

… ahora va y me encuentro con una novela que me ha llevado directamente a aquel tiempo, a cuando las puertas de hierro se abrían y cerraban con una precisión de relojería suiza, a los pasillos vacíos, a lo que tanta gente me contaba de su vida dentro y fuera de la cárcel. Sobre todo de cuando esa vida era la de fuera, la de antes de entrar en el trullo, la que lo más seguro es que ya nunca fuera la misma cuando quien me la contaba saliera en libertad y se pusiera a recorrer de nuevo y sin saber hasta cuándo las calles del barrio. Porque siempre hay un barrio en las vidas de según qué gente. Y unas calles sombrías. Y un bar en el que los dueños no se pirran precisamente por regar con lejía el suelo de terrazo.

A Paco Gómez Escribano le chifla contar historias como la que cuenta en Después de la derrota. Y lo hace sin la más mínima pizca de impostura. Porque hay escrituras que sí, que sólo son la ridícula puesta en escena de vidas en que las cicatrices son puro maquillaje, que no se saben las canciones de la desolación en versión original sino, como mucho, en el bochorno de un karaoke con los playback chirriando en medio de la madrugada.

Cuando el Nico y sus colegas pirados entran en el banco a punta de pistola sabes que aquello va en serio, que no es Atraco perfecto sino, entre el surrealismo, una miaja de humor y mucho oficio literario, la insolente y descabellada historia de un tiempo y de unos personajes que han salido de las sombras, de los barrios en que como la de Belinda todas las historias son tristes. Historias hechas «con jirones de mala suerte, tristeza y anhelos desahuciados…». Siempre ha de haber alguien que cuente lo que pasa en una novela. Aquí está Zip, aunque sea Cipriano el nombre de legal. Periodista en horas bajas. Nunca las tuvo altas. De profesión borracho. Y más cosas parecidas. Sabe contar historias Zip. Y las cuenta. Igual de bien que lo hace el autor de la novela en esta última y en otras anteriores que conozco bien.

La historia del Chule, yonqui como casi todos los habitantes de un mundo en que Marga es la reina de los túneles oscuros de la medianoche. Y la Cari, que se enamora o eso llegó a pensar Zip porque la vida también es creer en sueños imposibles. Personajes que deambulan como zombies por un tiempo que viene de lejos: «Ajustar cuentas con la vida era ajustar cuentas con los recuerdos», escribe Jean-Claude Izzo en Chourmo, la segunda ficción de su inmensa trilogía marsellesa completada por Total Kehops y Soleá. Qué gusto el nombre de Izzo en Después de la derrota. Qué gusto. Le habla a ratos directamente al Chule el periodista jugando con los puntos de vista y decide, con una maestría que no viene de ahora si hablamos de Paco Gómez Escribano, quiénes se sitúan, de qué manera y dónde en las calles húmedas y los tugurios que parecen sacados de Última salida para Brooklyn, ese prodigio novelesco de Hubert Selby o un poco menos de La Haine, la demasiado olvidada película de Mathieu Kassovitz en la Francia de 1995.

Toda escritura es la historia de una indagación. Y es ahí donde se sumergen Zip y los demás miembros de la tribu para demostrarnos que eso de que siempre hay salidas para todo es una tomadura de pelo. Y nada hay de estafa -ya lo dije al principio- en esta novela escrita sin trampa ni cartón, como un escupitajo a la cara misma del conflicto: para no escurrir el bulto, para dejar bien claro que hay historias que no admiten bromas a la hora de escribirlas. Echar la vista atrás, como hace Zip cuando delante sólo hay una caterva de ausencias, y preguntarse -y preguntarnos- qué nos queda cuando la vida fue y sigue siendo el túnel de la bruja. Y la respuesta, a las claras, sin titubeos de ninguna clase y menos todavía complacientes: «Después de la derrota están las ruinas de la derrota. Y después de eso, la nada, la puta nada infinita». Y the end.

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