Narrar el duelo
La desaparición de Javier Marías y la muerte de Paul Auster como melancolías literarias

Paul Auster / L-EMV
Hay un tiempo para la alegría y hay un tiempo para la tristeza. Duelo sin brújula (Reino de Redonda) es el libro que Carme López Mercader ha escrito en memoria de su marido, Javier Marías, fallecido hace un par de años. Baumgartner (Seix Barral) es el título de la novela que Paul Auster publicó, apenas unos meses antes de morir esta primavera. Una novela en la que el escritor seriamente enfermo, a través de un personaje de ficción, describe la melancolía y el duelo. Ambas obras forman parten de una tradición literaria que, bajo diversos géneros -ensayos, novelas, poemas, memorias-, profundiza en el desorden de sentimientos, en el torbellino de pasiones, que provoca la muerte de la persona amada.
Pasados unos meses de la desaparición de Javier Marías, desde el dolor feroz, Carme López Mercader se atreve a contar esa travesía del desierto «sin puntos de referencia» que nadie puede recorrer por el doliente. El doliente es una persona que lleva dentro dos muertos y que avanza hacia esa nada que va a ser su mundo sin él. Una persona que se rebela contra las famosas fases del duelo de la doctora Kübler-Ross, que citan todos los manuales de psicología, porque, aunque algún día aprenda a vivir con la ausencia, lo que nunca va a hacer es olvidar. Una persona que siente un poco de pena por sí misma, a pesar de «llevar toda la vida intentando no tener nada que ver con la autocompasión». Pues la autocompasión es el sentimiento que le ronda cuando imagina lo que pensaría quien tanto le cuidaba si ahora pudiera verle.
Con este libro, Carme López Mercader clausura Reino de redonda, la editorial que llevaba con Marías. Pero con ello no va a poder evitar que le hagan la pregunta más temida por el doliente y más repetida: «¿Cómo estás?». Pregunta inevitable y normal, a la que no quiere contestar con la verdad, «mal, estoy mal», pero tampoco, fingir que está bien, porque ni quiere ni sabe hacerlo. Hay otro asunto que también le subleva, cuando observa que, para los demás, «quien ha muerto es como si dejara de existir» y que cualquier mención al ausente «por parte de aquel a quien le falta» se interpreta como que se haya quedado estancado en su proceso de recuperación. Y es tal su voluntad de estar con el ausente, y no sólo intentando prolongar su presencia en los sueños, que no puede dejar de sentir que el escritor está con ella a todas horas, aceptando para lograrlo la presencia de un fantasma. Joan Didion, en su magnífico libro El año del pensamiento mágico (Literatura Random House) lo expresa de otra manera cuando se pregunta que es lo que no daría por hablar de cualquier cosa con su difunto marido, «por poderle decir alguna cosilla que le hiciera feliz».
Baumgartner, un profesor de filosofía de Princeton, también intenta hablar con su esposa muerta, Anna, una impulsiva y exultante poetisa. Han pasado diez años, pero la herida sigue abierta. Tan abierta como las heridas del propio escritor, devorado por un cáncer de pulmón y las desgracias familiares. Y sin embargo, en esta excelente novela, Auster construye una historia que, pese su melancolía, es capaz de hacer aflorar la sonrisa del lector a quien cautiva con la empatía que suscita su personaje. El profesor Baumgartner analiza su «no vida» sin Anna y llega a la conclusión de que padece lo que llama el síndrome de la persona fantasma, que es similar al síndrome del miembro amputado, «porque la pierna o el brazo perdidos estuvieron una vez unidos a un cuerpo vivo y la persona desaparecida estuvo una vez unida a una persona viva». Ese miembro amputado, esa parte fantasma de uno mismo, es una fuente de dolor que a veces puede aliviarse, pero para la que no hay cura definitiva.
El círculo se cerrará dentro de unos meses cuando la escritora y esposa de Auster, Siri Husvedt, finalice un ensayo que con el título de Historias de fantasmas, abordará la muerte, el duelo y la permanencia de Auster. Husvedt sabe que los libros no sustituyen a los muertos, pero seguro que también sabe aquello que decía el autor de Corazón tan blanco y que ahora evoca Carme López Mercader: «El matrimonio es una institución narrativa». Porque, más allá del amor, como escribe Didion, «el matrimonio es memoria y el matrimonio es tiempo».
Hay un tiempo para la alegría y hay un tiempo para la tristeza. Por eso, para el doliente, lo más terrible de todo es pensar en lo que el ausente se está perdiendo de vivir, sobre todo cuando, como en el caso de la Anna de Baumgartner, era una persona explosiva, siempre con ganas de nadar, de hacer, de cuidar, de aprender, de reír. De ahí su desconsuelo infinito, como la muerte.
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