Volver a callejear con ‘Sinatra’
La prosa de Raúl Núñez mantiene tensas todas sus virtudes

Raúl Núñez
Mi primera Barcelona no fue la ciudad de los prodigios, ni la de Colometa, ni siquiera la de Juan Marsé o Pepe Carvalho. Yo llegué a la ciudad condal de la mano de Francesc Betriu, deshaciendo la ruta canalla y marginal del gran Sinatra, proyectando en un mapa imaginario mis propias alucinaciones. Primero vi la película y después leí la novela, todas las novelas de Raúl Núñez. El impacto fue mayúsculo. A mediados de los años 90’, cuando el argentino ya vivía con permiso del enterrador, llegamos a compartir mesa y mantel a cuadros en Comidas Esma, en la calle Zurradores. Era una práctica habitual: te sentabas dónde podías. En la mesa de Núñez siempre había hueco. Creo que sólo yo sabía quién era. Pese a mis intentos por entablar conversación nunca me dio bola. Sólo una vez sonrió, la sonrisa velada de quien masculla entre dientes: «che pibe, andate a la mierda de una puta vez». Yo era inasequible al desaliento, lo reconozco. Algunas noches le seguí sin que él lo supiera. Aquella Valencia aún se prestaba al escondite entre ruinas. La Ciutat Vella era un laberinto masacrado que entre semana quedaba en manos de los yonquis, los camellos y la policía secreta. El juego empezaba al anochecer y era de una sordidez macabra. Primero veías pasar en procesión a los camellos, luego a los yonquis, al rato a los maderos. Era una cabalgata fúnebre. Todos perseguían sombras.
Raúl Núñez iba por libre. Buscaba algo que ya no podía encontrar y yo caminaba tras él siguiendo migas de pan que la humedad convertía en estiércol. Una noche pagué sus deudas en un antro llamado La Pequeña, en una calle que ya no existe. Si no conociste La Pequeña no sabes hasta que punto Valencia era una ciudad sumergida en su propio fango. Por supuesto, ni siquiera me dio las gracias, ¿Para qué? Por entonces, mi gran aspiración en la vida era que Raúl Núñez me convirtiera en protagonista de alguna de sus columnas en la Cartelera Turia. Todos los viernes me buscaba entre líneas. Si alguna vez me convirtió en vómito urbano nunca me reconocí. En sus últimas semanas, a Núñez se le caía la sopa de la cuchara, temblaba, babeaba, escribía mejor que nadie. A su muerte seguí desandando sus pasos por esa ciudad que ya empezaba a emitir señales de franquicia turistificada.
Han pasado más de 30 años y he vuelto a leer Sinatra en la excelente edición de Efe Eme. La Barcelona del narrador ha mutado en falla gigante y las redes sociales han sustituido a los clubs de solitarios que buscaban el amor por vía postal. La novela sigue viva como testimonio de la fragilidad y el desamparo. Sorprende que no haya perdido ni un ápice de frescura e ironía. La prosa de Núñez mantiene tensas todas sus virtudes: la ternura, la mala leche, el delirio, la capacidad de conmover y provocar sonrisas. A eso aspira un clásico. Los grandes temas nunca pasan de moda: la soledad no deseada, la necesidad de amar y ser amado, la violencia implícita del azar como generador de realidad, la vulnerabilidad del ser humano, su cómica desesperación tan carente de trascendencia. He disfrutado mucho releyendo Sinatra. En perspectiva, sólo han cambiado los bares y las ciudades. En apariencia ya no somos tan cutres, pero los avances no nos han mejorado tanto como intuimos. La miseria moral se ha reciclado de una manera mucho más perversa y sofisticada. Donde antes había supervivientes ahora sólo hay figurantes y marionetas.
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