Bucolismo Blandiana
La poeta, prosista y ensayista rumana es una de las voces femeninas más influyentes de las letras contemporáneas

El ojo del grillo
La noche del 4 de marzo de 1977 un movimiento sísmico sacudió Bucarest, dejando casi doce mil heridos y más de mil quinientos muertos. El marido de Ana Blandiana milagrosamente se salvó al caer del séptimo al cuarto piso del edificio en que se encontraba y ello se tradujo, en la reciente Premio Princesa de Asturias de Las Letras, en un intenso poema de acción de gracias, así como el traslado de la autora a Comana, una pequeña aldea en la llanura danubiana supuso para ella un profundo cambio interior, que queda reflejado en su escritura, abierta ahora a la percepción del espectáculo y misterio de la naturaleza, que hizo surgir en ella el sentimiento de no estar sola y, sobre todo, el «reconocimiento del milagro natural» que para ella es «la definición de Dios». Magníficamente traducido por Viorica Patea y Natalia Carbajosa y con un ensayo de introducción de la primera de ellas, El ojo del grillo, publicado en 1981, es fruto de esa experiencia interior: en él el sueño sigue siendo uno de sus constantes temas, al que se añaden ahora otros como la sensación de asombro ante los elementos del paisaje, la perspectiva visionaria, de cuño romántico, y la presencia de lo vegetal. Su «Himno» al árbol está muy próximo - y me lo ha recordado- a uno de los mejores poemas de César Simón: en él se recupera el sentido de los ciclos que rigen la naturaleza y también su imaginario en las primitivas culturas agrarias, actualizando así la idea platónica de que conocer es reconocer. Uno de los poemas más representativos del libro es «El huevo», en el que la crítica reconoce el posible influjo de un poema de Ion Barbu, titulado «El huevo dogmático», escrito en 1925 y en el que se lee: «No se había inventado el dolor aún, / la soledad era plena, / la palabra no había nacido». Y la palabras definidas aquí como «redondas superficies sonoras/ con bordes serrados de sentido» se convierten aquí en centro del que irradia una profunda reflexión metapoética tanto sobre el instante en que surge el poema («No sé cuándo llega, / ni sé cuándo se va, / ni dónde está el tiempo / que conmigo no está: mi destino es tan solo esperar / la buena voluntad de un momento fortuito») como sobre la escritura («nunca he corrido tras las palabras, / todo lo que he buscado / han sido sus sombras / largas y plateadas») porque para ella «de una palabra / nada es más valioso / que su sombra») y hasta sobre el proceso creador que culmina en la publicación («primero me envuelvo en el silencio, / luego en el vacío, / y avanzo así, despacio, un paso, / otro paso, y un paso más / hasta que sólo queda de mí / una voz/ colocada suntuosamente en el ataúd del libro»). El silencio, la sombra, el tiempo y la muerte son otros de los símbolos más tematizados aquí y no pocas veces en relación con la metapoesía: así, «El silencio te cubre de hojas blancas / sobre las que el cielo esparce su tinta»; «Quien corre / lo hace porque tiene miedo/ de ser alcanzado/ por sí mismo»; «porque el tiempo no es nunca el centro/ sino solo comienzo y fin»; «De la enfermedad que padezco/ no se muere, / se vive: / su sustancia es la eternidad misma, / una especie de cáncer del tiempo/ que se multiplica sin cesar».
El poema titulado «Semántica» tal vez sea el que contiene todas las claves del libro, pero hay otros en los que todo lector debe reparar: así, el epitafio dedicado a su padre, muerto poco después de salir de la cárcel y que contiene un alegato contra quienes le debieron proteger y no lo hicieron («Duerme aquí, / enterrado entre rimas / que ya no puedes / escuchar/, santo sin quererlo,/ íntegro/ entre obispos cobardes/ y ángeles crueles»), y que altera, parodiándolo, uno de los tópicos de la epigrafía latina funeraria: «que la palabra te sea leve». En «Estoy cansada» coincide con Quevedo y con Cernuda; en «Barca» hay voluntarios ecos de Robert Frost, como en los dos últimos versos de «Al alba» lo hay del «¿por quién doblan las campanas» de John Donne, que Hemingway usó como título de una de sus novelas. Pero el interés del libro se acrecienta con el magistral uso de la ecfrasis que hace en «Icono sobre cristal», su visión del cuerpo («Hubo un tiempo en que me sentía/ como en casa dentro de mi cuerpo») o su meditación sobre el nombre propio. Ana Blandiana no puede sentirse «expulsada / del paraíso / que al tratar de comprender/ estuvo a punto/ de profanar»: está en su centro mismo porque es una de las grandes escritoras de hoy.
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