Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Escritores en la ciudad

València, refugio literario

Antonio Muñoz Molina, Elvira Lindo, Ana Merino, Manuel Vilas, Inma Chacón, Antonio Lucas y Lara Siscar han escogido València (o su entorno costero) como refugio frente a las tormentas de Madrid. La ciudad se convierte en guarida estacional de firmas relevantes de las letras hispánicas sin que medie operación coordinada alguna. Tan solo el deseo de encontrar un espacio vital más protegido "frente a las tormentas de Madrid" y "disfrutón"

Antonio Muñoz Molina y Elvira Lindo en l'Albufera, en una imagen reciente.

Antonio Muñoz Molina y Elvira Lindo en l'Albufera, en una imagen reciente. / Levante-EMV

Alfons Garcia

Alfons Garcia

València

El único desierto al alcance de nuestras posibilidades. La frase es de Albert Camus. Hablaba de las ciudades. La urbe protagonista hoy no es la Nueva York de Doctorow, Joseph Mitchell o Gay Talese. Ni siquiera París, Madrid o Barcelona, habituadas a ser centro de atención y difusión cultural. La protagonista hoy es València.

Este reportaje parte del azar de que algunas firmas notables de la literatura en español han decidido en los últimos tiempos buscar casa en València. Dicho de otra forma, han elegido València (o su entorno costero) al pensar en un refugio estacional frente al ruido de la gran capital y sus vasallajes culturales.

Este reportaje no busca la autocomplacencia, pero tampoco quiere pecar en el complejo frecuente del autoodio. Quizá en el punto intermedio entre cómo nos vemos y nos ven con mirada escrutadora los que han llegado ahora después de haber visto mundo está una València quizá no más real, pero sí más justa.

"Es otro momento de la vida, buscábamos algo más sencillo. En València a la tercera te conocen en el horno"

Elvira Lindo y Antonio Muñoz Molina

Ademuz, oasis familiar

Elvira Lindo coge el teléfono en Ademuz («nuestro lugar en el mundo», dice, y ese nuestro incluye a Antonio Muñoz Molina). Mientras ella se toma un respiro y conversa con el periodista, él (premio Príncipe de Asturias de las Letras) continúa concentrado en los calabacines del huerto. Él acaba de publicar novela (El verano de Cervantes) y la ha presentado en Madrid, Ademuz y València. No es casual. Es una elección (y un mensaje) vital.

Ademuz es el oasis familiar de Elvira Lindo, el lugar de las magdalenas de infancia. València es desde hace año y medio el otro hogar de una pareja que siempre ha buscado un segundo hogar distinto a Madrid. Lo fue Nueva York muchos años, como han reflejado en algunos libros. Y lo fue luego Lisboa. Hasta la pandemia, cuando se hizo complicado viajar. Ahora lo es València. ¿Por qué? Porque ella, que conocía la ciudad de adolescente, influyó dada la cercanía con Ademuz y porque representaba algo distinto a las experiencias anteriores. No fue una decisión literaria, sino «vital».

La novelista se explica: «En Nueva York la gente va a la suya, cada uno en su burbuja. Aquí nos saludan y te dicen de forma muy natural ‘¿qué hacéis por aquí?’ Está el mar también, claro, pero sobre todo sentirte protegido en un sitio más pequeño».

«Es otro momento de la vida, buscábamos algo más sencillo», añade, «un lugar donde a la tercera en el horno te conocen». Perseguían también otros placeres que «están en la prosa de Manuel Vicent», algo que tiene que ver con la vida al aire libre y «un hedonismo muy grande que notas en la ciudad». «En Nueva York se vive para trabajar; aquí hay que disfrutar de la vida».

Elvira Lindo y Muñoz Molina escogieron su piso en el centro de València por un mosaico de Nolla («nos enamoramos»), porque intentan que ‘sus’ casas en ‘sus’ nuevas ciudades tengan algo del carisma local.

Y esa masificación turística que tanto vemos ya los de aquí, ellos la ven menos. «Esa presión está ahí, pero al venir de Nueva York o Lisboa nos parece menos».

El último comentario es un común denominador en todos los implicados en este reportaje.

Imagen de la playa canina del Puig

Imagen de la playa canina del Puig / Miguel Angel Montesinos

La playa del Puig

«Un escritor va a escribir mejor si le pones una playa delante y no una pared. Con una playa sale García Márquez; con una pared sale algo a lo Thomas Bernhardt». Manuel Vilas habla con entusiasmo de la vida que le viene por delante. Eso espera. El autor de Ordesa y su pareja, la también escritora Ana Merino, ganadora del Nadal en 2020 (El mapa de los afectos), han comprado apartamento en la playa, en El Puig, que esperan estrenar este noviembre.

El objetivo es pasar temporadas en Valencia: «Creo que acabaremos pasando muchos meses, como lugar de trabajo y donde estar más escondidos. En Madrid es como si estuvieras en disponibilidad para todo».

No tenían idea de que no eran los únicos escritores que han buscado cobijo en València. «Al final igual viene medio Madrid literario», bromea un risueño Vilas.

Su decisión, explican, viene de la «fascinación» por el Mediterráneo, la «obsesión típica de los que viven en el interior», dice el novelista (El mejor libro del mundo es la última que ha publicado: 2024).

En Ana Merino concurre una circunstancia laboral: está vinculada a la VIU (Universidad Internacional de Valencia). «Ella decide dejar EE UU (estaba en la Universidad de Iowa) y regresar a España. Compartíamos pasión por el Mediterráneo y lo mejor al volver era un sitio cerca de València. Un lugar donde nadar e inspirarse», explica.

«Manuel es muy disfrutón con el mar, en cualquier época del año se mete (‘soy aragonés, del Pirineo’, precisa él). Queríamos un lugar para compartir y escribir, un lugar mágico donde refugiarse», añade Merino.

"Va a ser un buen refugio, un espacio de distancia"

Manuel Vilas y Ana Merino

La horchata y los arroces

Y luego están la horchata y los arroces, claro, para completar el círculo de las esencias y los tópicos. «Hemos pedido la nacionalidad gastronómica valenciana», desliza Vilas con un tono que tiene poco que ver con el narrador de Ordesa y que desnuda aquella cita clásica del Pessoa de los heterónimos: «El poeta es un fingidor».

La red de contactos valencianos ayudó a encontrar el destino adecuado. «Hablamos con mucha gente, como Carlos Marzal, que es amigo», cuenta Merino. Y también Vicente Gallego, José Saborit, Lola Mascarell, Elisa Ferrer (estuvo con la escritora en EE UU). Y Álvaro Pons, el especialista en cómic, porque Merino es teórica en esta disciplina. «Un corazoncito latiendo de voces maravillosas», resume.

La idea de cobijo surge varias veces durante la conversación. Palabras que sugieren amparo, protección, respiro. Y si esa es la necesidad es porque hay algo hostil al otro lado. «Amamos Madrid, pero es una ciudad dura», dice Vilas. «Va a ser un buen refugio, un espacio de distancia», un lugar frente a las olas que esperan que sirva para pensar también y para producir. «El horizonte marino, las ruinas del siglo XX que son los Altos Hornos, El Puig con toda su historia, y la huerta. Manolo va a escribir algo sensacional», pronostica Merino.

Quizá la Comunitat Valenciana, que no ha sido un escenario literario especialmente destacado en el pasado (el Misent ficticio pero muy reconocible de Chirbes o la València vieja y nostálgica de Lahuerta contradicen el tópico), se convierta en lugar señalado de producción literaria. Un refugio de las letras. Quién sabe.

"Hay turistificación, pero las llaves de la ciudad son aún de los valencianos"

Antonio Lucas y Lara Siscar

El mercado de Russafa

Periodistas y escritores. Él, «ultramadrileño». Ella, de Gandia, formada en Barcelona y realizada profesionalmente en Madrid, en los telediarios de TVE. Desde hace dos años tienen un apartamento en un edificio antiguo en el barrio de Russafa. De nuevo, «conquistados» por la ciudad. «Lara empezó a enseñarme Valencia con más calma. Empezamos a descubrirla y nos enamoramos. Compramos para tenerlo como espacio posible de otra vida», explica el poeta, ganador del Loewe en 2014 (Los desengaños). No es un destino de vacaciones, sino que su idea es, con el tiempo, poder pasar temporadas y no estar de paso.

Valencia emerge de nuevo en el relato de los escritores acogidos como una «ciudad más manejable y humana, un territorio cobijo contra las tormentas de Madrid». La capital de España, explica Lucas, es una urbe «cada vez más efervescente pero también más ingrata». Y València resiste: «Mundana, cosmopolita y aún una ciudad bien hecha», agrega, donde es posible todavía la vida de barrio. Como ejemplo, el mercado de Russafa.

Terrazas en el barrio de Russafa

Terrazas en el barrio de Russafa / Germán Caballero

Lucas y Siscar admiten no estar «bien acondicionados» para la vida de pueblo y València supone un territorio urbano de una dimensión manejable. Significa librerías (todos los autores de este reportaje citan la Ramon Llull), filmoteca, teatro. «No echas en falta la actividad de Madrid, pero ralentizada», señala el periodista y escritor.

Lo del turismo y la masificación aparece, de nuevo, pero con sus matices a partir de la comparación. «Barcelona es el gran ejemplo donde se ha desatado una forma de ciudad contraproducente para los que viven en ella. Madrid es el segundo ejemplo», precisa, de «un turismo lesivo que ha hecho del centro una especie de escaparate de pins de nevera y bandadas de ocas».

València es otra cosa, observa Antonio Lucas: «Sufre esa presión, pero tiene los buenos modales de que el valenciano manda todavía en la ciudad. Las llaves todavía las tienen los valencianos».

"La armonía con el espacio hace más placentero escribir"

Inma Chacón

La llanura verde

‘¿Qué te pongo, perla?’ La frase se la dijo al poco de llegar la dependienta de una pastelería y resume su «enamoramiento» de la ciudad en la que reside desde hace un año. Siempre había soñado vivir junto al mar y, tras más de 50 años en Madrid, Inma Chacón decidió dar el paso. Tenía tres opciones: una hermana en Fuengirola, una amiga en Alicante y otra en València. Esta fue la primera en encontrarle vivienda de alquiler y aquí se vino.

El enamoramiento vino después. Su piso no está en primera línea de mar, pero está más cerca de las olas que Madrid y está junto a los 8 kilómetros de llanura verde del Jardín del Turia. Con el tiempo ha descubierto ancestros locales en forma de una tatarabuela valenciana. «Por algo me tiraba…» Sonríe.

La plaza en el jardín del Turia, junto al puente de Serranos

La plaza en el jardín del Turia, junto al puente de Serranos / JM López

Esa vida frenética de la que nos quejamos los lugareños no es la que ven los ‘nouvinguts’ (la traducción en español no dice tanto). Lo que la novelista observa es «una ciudad tranquila, armoniosa, en la que la gente anda y pasea; en Madrid corren». Una ciudad «de acogida» con gente «hospitalaria» que le ha ofrecido una vida «sencilla, de barrio, pero rica en emociones y sensaciones». «Un descubrimiento», resume.

Después están los tópicos para los de casa, pero que algo de verdad contendrán cuando los repiten los de fuera recién llegados. El primero, la luz, «extraordinaria», y lo que supone para el «gozo de despertar», dice la finalista del Planeta, que en su última novela (Los ojos de Bruna) lleva a uno de los personajes desde el sur a Valencia. Un pequeño homenaje, porque está convencida de que «la armonía con el espacio hace más placentero escribir».

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents