Música
En la periferia del underground: la resistencia es de las mujeres
Abrirse paso en la escena musical resulta complicado. Si hay principios y valores claros, todavía más. El Truenorayo es un festival en València basado en una filosofía: visibilizar el trabajo de mujeres y personas 'queer' en un sector donde hay roles invisibles como la producción o las funciones técnicas. Llega a su duodécima edición no sin esfuerzo, pero convertido en un ejemplo de resiliencia y disidencia a una forma establecida de hacer.

Jimena Amarillo durante el Truenorayo Fest de 2024. / TRF

En un país donde los macrofestivales baten récords de asistencia y facturación, aún hay propuestas que apuestan por lo pequeño y consciente. Contra la masificación, el detalle; frente a la contratación en pack, la selección cuidada de artistas. No es una estrategia de mercado: es una forma de vida. Una escena que se mueve lejos de lo mayoritario.
Incluso dentro de ese subsuelo musical hay una periferia: un lugar donde el ruido no busca hacerse mainstream, sino compartirse entre iguales. El Truenorayo Fest habita ese territorio. Aquí las mujeres, las personas queer y las disidencias asumen el control en todos los ámbitos —producción, técnica, dirección y programación artística— y la música funciona como puente hacia otras artes. No es un "festival de mujeres”, sino un festival hecho desde otra lógica y para todos los públicos.
Hablar en 2025 de “un festival de mujeres” suena repetitivo. La igualdad en los escenarios todavía está lejos de alcanzarse, pero lo que en la primera edición fue novedad, en la duodécima es convicción. Y esa coherencia es la verdadera revolución: mantenerse cada septiembre en la agenda cultural valenciana con los mismos principios de hace doce años. En una ciudad como València donde la programación alternativa es abundante, el Truenorayo se ha ganado un lugar propio por sobrevivir en la contracultura y estar liderado por mujeres en un circuito que ya de por sí se mueve en los márgenes.
Lo que en la primera edición fue novedad, en la duodécima es convicción. Y esa coherencia es la verdadera revolución
“València siempre ha sido un buen lugar para que sucedan cosas, siempre hay gente agitando la escena y experimentando en muchos ámbitos. No hace falta recordar que la Facultad de Bellas Artes y el Conservatorio de Música son referentes”, explica Ada Díez, cocreadora y directora artística del festival junto a Lourdes Sanz. Ese es el caldo de cultivo donde germinó una propuesta que, a tres semanas de celebrarse, ya había agotado todas las entradas: un público fiel que compra a ciegas, sin esperar a conocer el cartel.
Es lo de menos: en este festival, la música es la excusa y la parte fundamental, sí, pero también es un vehículo para conectar con la literatura, la ilustración, la creación audiovisual e incluso la estética. La relación entre esos mundos germina gracias a este encuentro, "que es un reflejo de las corrientes sociales".
Este año pasarán por el escenario Cariño, Aiko El Grupo, VVV [Trippin’you], Kokoshka, Repion, Las Petunias + Amor Líquido, Grandmas House, La 126 y Neura, además de una decena de DJ set. Nombres diversos, mayoría de mujeres sin excluir -en absoluto- a los hombres, pero con un mismo compromiso: entender la música no como producto, sino como forma de ver el mundo.

Repion, Cariño y Grandama's House, tres grupos compuestos por mujeres que tocarán en el TruenorayoFest. / TRF
Resiliencia y superación
Ese compromiso se refleja incluso en pequeños gestos: en el cartel oficial, todos los nombres aparecen escritos en el mismo tamaño, porque todos importan lo mismo. Esa filosofía, la de hacer las cosas de otra manera, cuesta "mucho esfuerzo". "Este festival es un ejemplo de resiliencia y de superación de obstáculos. Cuando sales del 'mainstream', acercas la música al público y con valores es una carrera de fondo y de resistencia".
Esa filosofía conecta con las bandas emergentes que participan. La 126 —formada por Lucía de Bunder, Elia Sempere y Laura Giner, tres jóvenes de Elx— encuentra en el Truenorayo una oportunidad para crecer en un espacio que las reconoce. “La escena underground no está sumergida respecto al mainstream, sino que tiene otras dinámicas, posicionamientos y objetivos. Aquí convergen cooperación, colectividad y un grado de compromiso que refleja verdadera pasión por la música”, señala De Bunder.

El grupo de Elche La126 que actuará en el Truenorayo Fest. / TRF
Su compañera Elia Sempere pone el acento en las dificultades: “Hay géneros construidos, expectativas y normas que se esperan de nosotras pero que no compartimos. Nos encantaría que las bandas no tuvieran que llevar la muletilla del género, de si son de mujeres o de hombres, y que de ese apellido no dependieran las oportunidades”.
Apoyo desde arriba
El grupo recuerda que un premio de la Diputación de Alicante marcó un antes y un después: “Fue la primera vez que pensamos que nuestro proyecto podía tener cabida fuera de nuestro cuarto. Que no solo lo escucharíamos nosotras”, confiesa Sempere. Una paradoja de la contracultura: incluso las propuestas más disidentes necesitan apoyos institucionales que las visibilicen y fortalezcan.
Díez lo resume así: “Las instituciones creen que por no ser un macrofestival para 40.000 personas no cuesta tanto dinero. Y sí que lo cuesta. La cultura no es solo algo que se ofrece a la sociedad, también es una industria con mucha gente detrás que no queremos que se precarice. El trabajo invisible es enorme hasta que un artista sube al escenario”.
En una tierra de músicos, todavía pesa el estereotipo de medirlo todo en términos de rentabilidad. El Truenorayo propone otra mirada: la música como plataforma (contra)cultural, donde las mujeres y disidencias ocupan un papel activo en todos los niveles, no solo como artistas, también como técnicas y productoras. Una utopía que, en los márgenes del circuito, empieza a convertirse en realidad.
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