Don Juan en Halloween
La otra noche, a la vuelta de Sevilla, cogí el metro. Soy más de bus, por circunstancias laborales: voy al trabajo cada día en el 93 o en el C2, para espantarme, por lo general, del servicio de la EMT. A primera hora de la mañana muchos autobuses, atestados, no paran, y cuando lo hacen, hay que viajar en ellos con menos comodidad que la supuesta incomodidad de las sardinas en lata.
Había ido a Sevilla para dar una lectura de poemas en la Feria del Libro (llamada ahora Felise, por un amigo de los acrónimos horteras.) He vuelto horrorizado de ver en qué han convertido el centro de la ciudad: un parque temático ocupado por franquicias ridículas, tomado por innumerables grupos de turistas que siguen con docilidad a sus guías abanderados. En la taberna de Las Teresas, en Santa Cruz, una marabunta extasiada escuchaba la explicación acerca de los jamones con chorreras que colgaban del techo. España empieza a no tener demasiada solución.
El caso es que la otra noche, volviendo de Sevilla, cogí el metro en el aeropuerto, para volver a casa. Muchos jóvenes rendían tributo a la noche de Halloween. Llevaban sus cuernecillos diabólicos, sus pegotes de sangre, sus telarañas y podredumbres, sus máscaras de zombis. A los de mi generación esta fiesta nos ha pillado mayores. Antes, cuando yo era niño, no existía, de manera que no consigo verla sino como una moda extranjerizante un poco ridi. Aunque entiendo que se haya convertido en una tradición, porque basta con repetir una estupidez durante algunos años, para que se convierta en patrimonio de la humanidad. A la gente, lo que de verdad le gusta es estar de fiesta, con cualquier pretexto, y estar de fiesta, en España, suele consistir en incomodar al que no lo está por el hecho de no estarlo.
Sevilla, la Noche de Ánimas (que es un nombre mucho más bonito para la fecha), Todos los Santos. Estaba obligado a pensar en Don Juan Tenorio, y pensé en él. En algunas ciudades, durante estos días, como en la televisión de mi infancia, se representa la obra de Zorrilla, aunque cada vez menos. Esa sí me parece una tradición espléndida. El Don Juan es una obra extraordinaria, llena de frescura, de escenas con versos memorables, de alta poesía en movimiento. Soy fan del Don Juan y de don Juan. En estos tiempos de obediencia ovina, los biempensantes aborrecen a don Juan, y lo despachan con la monserga de que es un machista tóxico. Sin embargo, el mito de su rebeldía, de su insumisión, de su vitalismo salvaje regresa siempre.
Para los mojigatos y meapilas, don Juan sigue recitando, un poco mefistofélico: Clamé al cielo y no me oyó. Y pues sus puertas me cierra, de mis pasos en la tierra responda el cielo, y no yo. Amén.
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