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Música

Liturgias pop para una generación que busca la fe

La espiritualidad no ha vuelto como dogma, sino como estética, consuelo y comunidad. Rosalía lo ha puesto sobre la mesa, pero no es un fenómeno reciente. Es el resultado de una crisis social por falta de expectativas, agravada por el ruido y la ansiedad

Rosalía corriendo por las calles de Madrid, en Callao, perseguida por los fans y vestida como una papisa: vestido blanco y zapatos rojos.

Rosalía corriendo por las calles de Madrid, en Callao, perseguida por los fans y vestida como una papisa: vestido blanco y zapatos rojos. / Juanjo Martí­n

Amparo Soria

Amparo Soria

València

"La espiritualidad puede ser de izquierdas, progresista. Tiene que ver no solo con la perpetuación de propuestas conservadoras. Hay una sed de sentido, una necesidad de trascendencia y de respuesta de lo espiritual bastante fuerte en nuestra era". Lo explicaba esta semana Lama Norbu, fundador de Casa Virupa y divulgador del budismo en el mundo contemporáneo. Lo decía, claro, a colación de la irrupción de Rosalía con su disco Lux, atravesado de arriba a abajo por referencias católicas, sin encajar necesariamente en el prototipo judeocristiano. Por su parte, hace unos días, en este diario, el político y pensador Andrés Ortega -nieto de José Ortega y Gasset- también explicaba que la crisis de futuro del siglo XXI empujaba a la sociedad a buscar cobijo religioso, "no tanto por creer como por pertenecer".

Dos voces que no pueden distar más profesionalmente entre ellas pero que llegan a la misma conclusión. El ruido, la polarización, la frustración y falta de expectativa, la ansiedad crónica, el colapso climático, la productividad excesiva y el capitalismo salvaje están asfixiando a una clase media que tiene difícil desconectar, que busca respuestas en lo que la ciencia no puede ofrecer desde lo empírico: qué me pasa y cómo lo soluciono. La espiritualidad, sin importar si hablamos del catolicismo, el budismo, la astrología, el tarot o cualquier disciplina arrinconada en el siglo XIX y XX, ha vuelto con fuerza para dar consuelo, que no respuesta, a una sensación de incomodidad que nadie está sabiendo canalizar, pero que desde luego ha cristalizado en la música. Rosalía ha terminado por darle forma a este fenómeno: "A mi Dios escucharé, mis Jimmy Choo, tiraré" (Sauvignon Blanc).

Se diría que la música ha vuelto a buscar el alma, pero todo indica que es más bien al revés. En tiempos de incertidumbre y algoritmos, artistas y audiencia se refugian en la nueva fe: la vibración, la energía y todo lo relacionado con lo espiritual. El sociólogo francés Émile Durkheim abordó el concepto "religión de lo emocional", una teoría que defendía que la religión no era más que una necesidad colectiva de seguridad emocional, que unificaba a personas en torno a unas creencias, no necesariamente dioses, pero que fortalecían los clanes y las comunidades y cohesionaban el grupo.

Las imágenes de Rosalía corriendo por Madrid tras dos semanas de estrategias marketinianas para mantener la intriga, generando expectativas y mezclándose con sus fieles, bien podrían ser una representación divina de esta teoría. Sus alusiones a Dios, al católico, son constantes, pero no subyace una creencia férrea y de convicciones católicas, sino que es una fe reinterpretada por ella misma y amoldada a sus necesidades, sin culpa ni obligaciones.

No solo es una cuestión social; es también estética. Las raíces son profundas -empezaron en los 90 con Madonna- y la planta no deja de crecer. Siempre ha habido referencias al imaginario católico, pero desde la provocación y lo subversivo. La imagen del disco de Rosalía no lo es - ha reiterado su respeto y convicción respecto a la fe-, y aunque en otros grupos, como Shego, sí juegan más con lo ambiguo, no deja de correr como la pólvora el imaginario católico, desde los rosarios hasta los sagrados corazones. Se podría decir que por pura estética se cuelan valores que se daban por superados en las sociedades contemporáneas, pero ahí las raíces se cortan: se lleva el Barroco, pero sin fe.

El grupo 'Shego' en la portada de su último disco.

El grupo 'Shego' en la portada de su último disco. / L-EMV

Ahí queda La mesías, la producción televisiva de Los Javis, una crítica que revistió el catolicismo en un fenómeno pop que hasta se llevó a los escenarios por una de sus protagonistas, Amaia, cuando cantó, nada más y nada menos, junto a las Stella Maris en el Primavera Sound de Barcelona en 2024. En la misma línea de continente, que no de contenido, abordó Rigoberta Bandini su último disco, Jesucrista Superstar, donde no apelaba directamente a Dios en sus canciones -pese a que le llama "cabrón" en Si muriera mañana-, pero sí aborda esa incomodidad en la que se ha instalado una sociedad que atraviesa una crisis existencial.

Fue precisamente Bandini quien en su álbum anterior se hizo llamar La emperatriz. Ahí aunó, como en un cajón de sastre, canciones sobre drogas, sobre su hijo, sobre sí misma y el caos interno, un viaje hacia su autodescubrimiento, con vivencias personales y llanas y contradicciones constantes, con una estética basada en el tarot y la carta homónima, que simboliza la abundancia, la creatividad y la feminidad. Representó un periodo de expansión de la artista catalana que estuvo guiado por esta pseudociencia evolutiva donde muchos se vieron reflejados.

Rosalía, que ya había jugado con las referencias místicas en El mal querer, ha sumado ahora ritmos sacros, con coros y sinfonías más propios de las liturgias católicas que del cancionero pop. Con Lux, Rosalía une esos dos caminos: el de la espiritualidad entendida como búsqueda interior -esa necesidad de reconexión que atraviesa una generación que ya no sabe a qué aferrarse- y el de la estética pop que convierte la fe en espectáculo, la misa en performance y la emoción colectiva en mercancía.

En estos últimos atributos, alejándose de religiones establecidas pero abordando la espiritualidad desde la trascendencia y la liberación, como Sevdaliza, que envuelve todas sus producciones de una estética mística, mitológica y casi de redención, mientras que Billie Eilish usa una espiritualidad más oscura e íntima, propia de la generación Z. En ambas, lo que se ha espiritualizado es el sonido, con reverberaciones, sintetizadores envolventes o loops casi meditativos que esta misma semana ha reinterpretado Lily Allen.

Es una nueva espiritualidad que no busca el más allá, sino un presente que sea más soportable. El misticismo se ha convertido en un apoyo en esta modernidad líquida, como diría Bauman, donde hay pocas certezas y todas las angustias existenciales de una sociedad que cambia ante nuestros ojos. La música cambia con ella, y es un espejo emocional de nuestro tiempo, convertido también en un refugio y en los nuevos templos de oración: las iglesias se cambian por salas de conciertos y las oraciones, son canciones.

No nos llevemos a engaño porque no es un fenómeno nuevo. Buscar el sentido a través del arte, ya sea en el tarot, Dios, las cartas astrales o los templos de la electrónica como el Burning Man es una conducta social por la que ya se ha pasado antes. Como la teoría de Durkheim, solo es el deseo de sentirnos parte de algo más grande, en una espiritualidad pop sin dogma ni catecismo.

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