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Después de la derrota

Si la escritura no te muerde las tripas…

Una escritura sin conflicto no es escritura, es otra cosa bien distinta. Pero algunas veces esas guerras no las ganan los dueños del dinero. Al menos no en esta novela de Paco Gómez Escribano

El escritor Paco Gómez Escribano, autor de novela negra, fotografiado en Madrid

El escritor Paco Gómez Escribano, autor de novela negra, fotografiado en Madrid / ALBA VIGARAY

Alfons Cervera

Alfons Cervera

València

«Siempre hay un barrio en las vidas de según qué gente». Eso escribía yo aquí mismo hace casi año y medio. Era por la última novela, entonces, de Paco Gómez Escribano. Aquella historia tenía un título de los que anuncian -y luego confirman- la buena literatura: Después de la derrota. Ahora llega con una nueva novela: Fondo buitre. Título más directo, imposible. No hay que estudiar un máster -ni falso ni legal- para saber de qué van esas dos palabrejas. Van de la mierda, de qué van a ir. Los sitios de toda la vida y sus habitantes de toda la vida se van a tomar pol saco porque como dice el Zip, que es la reducción sustantiva entre colegas de Cipriano y ya había protagonizado otras historias del autor: «Ahora la vida va así, solo cuenta el dinero. Si lo tienes, eres el puto amo. Si no, eres un esclavo». Es el narrador principal de estas páginas, unas páginas que huelen a esa verdad que, cuando se habla de los callejones llenos de ratas y cadáveres ruinosos, veíamos en Dashiell Hammett. Como el mismo Zip dice en plan autorretrato: «amigo de los yonquis, borracho irredento, excocainómano y plumilla frustrado».

Digo que es la suya -la del Zip- la voz principal de esta novela que nos ofrece genialidades literarias a destajo. Digo lo de la voz principal porque hay otras que la sustituyen en algunas ocasiones, que se suman a ese coro de la derrota que vive en Canillejas como si la vida fuera una emboscada, que poco a poco van aumentando el volumen del griterío que se levanta en las calles contra los asaltos a la dignidad protagonizados por gentuza como el potentado Borja María Aguado, dueño del imperio Feldix, «un fondo de inversión de los más importantes de España». Están comprando edificios en barrios madrileños para vaciarles el alma y llenarlos de turistas o gente que acumula pasta como si acumular pasta fuera el deporte base de una sociedad con la decencia abandonada en los vertederos del asco. El antro del Julito está en uno de esos edificios. Y no lo tendrán fácil los de los desahucios para convertir el garito en un Starbucks y los pisos en faraónicas residencias de tipos con trajes azulones, corbatas chillonas y bugas descapotables para fardar en los veranos de la gente guapa. Y en la otra orilla, otros personajes sin buga ni secretarios canallas, ni desokupas ni pijerío engominado. La resistencia de un vecindario al que no mueve la nostalgia de ser la herencia de los viejos pobladores sino, aunque a lo mejor no lo sepan, el orgullo de clase: el Pirri, el Tijeras, el Bande, el Botas, el Roberto, la Pili y las dos Lolas…

Soy de quienes piensan que una escritura sin conflicto no es escritura, que es otra cosa bien distinta, algo así como el espacio en blanco que se te queda en la cabeza cuando la memoria se convierte en olvido. Para qué escribimos si no es para desatascar los desagües de un alcantarillado que huele al tarquín espeso de la corrupción, de los intereses que mantienen en pie de guerra a los poderosos, esos dueños del dinero de los que hablaba el Zip cuando contaba cosas de la vida y que montan las guerras para seguir ganándolas. Pero algunas veces esas guerras no las ganan los dueños del dinero. No todo son derrotas en el inventario de la resistencia frente a los desmanes de quienes piensan -y casi siempre con razón- que todo les pertenece. Esta novela, que no deja nada fuera de esa resistencia, es un admirable ejemplo de lo que escribo sobre ella. Y lo hago con la misma emoción que me llega de sus personajes, de las situaciones que surgen a cada página, de la pasión insobornable que ha puesto el mismo Paco Gómez Escribano en su escritura.

Demasiadas veces leo que nunca hay que desvelar el final de las historias que se cuentan en las novelas, en las películas, donde sea. No sé por qué esa afirmación. A mí siempre me dio igual conocer o no de antemano ese final. Incluso en aquellas que sólo plantean descubrir en el último párrafo quién es el asesino. Y a mí qué. Lo que me importa es cómo me cuentan una historia, qué hay en ella de verdad o de impostura, qué es ese griterío que te muerde las tripas mientras dura la lectura. Por eso les digo que en esta magnífica novela no ganan la guerra el Borjamari y sus secuaces. Hasta ahí podíamos llegar. ¿Estoy hablando de un final feliz? No soy un pardillo -tampoco Paco Gómez Escribano lo es-, y sé que quienes lo tienen todo no dejarán ni un minuto de sus vidas de seguir queriendo tenerlo todo, a costa, claro, de masacrar lo que se les ponga por delante. Pero nada -tampoco las derrotas- son para siempre. Por eso no gana el fondo buitre en esta novela que emociona, conmueve y te llena de rabia al mismo tiempo. Como dice el Zip: «En el barrio siempre ha habido mucho talento, pero unos nacen con estrella y otros nacen estrellaos, tronco». En esta ocasión, el barrio nace sin estrella, como todos los barrios abandonados a su suerte. Pero no acaba estrellao. Brindemos por ello con el Botas y el Pirri, con las Lolas y la Pili, con el Julito y el Bande en el garito que forma parte imprescindible de sus vidas… Brindemos por esa gente, ¿vale? A su salud, pues, levanto la copa de la victoria. ¡A su salud!

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