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Rosalía, Brian y el peligro de acercarse con violines a Dios

Antes de la artista catalana, varios solistas y bandas de los 60 ya quisieron renovar el pop fijándose en la música de otras décadas y siglos. Quien más se arriesgó fue el líder de los Beach Boys: acabó muy quemado.

Brian Wilson en el estudio de grabación en 1967.

Brian Wilson en el estudio de grabación en 1967. / L-EMV

Voro Contreras

Voro Contreras

València

Quizá hayan escuchado últimamente algo sobre cierto disco creado con la ambición de revolucionar la música popular a base de canciones revestidas de arreglos orquestales y un mensaje de aspiración divina. El disco del que todo el mundo ya hablaba antes incluso de su publicación. Nos referimos, claro, a “Smile”, aquel álbum maldito que Brian Wilson concibió como una colección de “sinfonías adolescentes para Dios”. Le salió regular.

El genio creativo y cerebro atormentado de los Beach Boys creía que cuando alguien ríe es capaz de perder el control de sí mismo en una especie de “experiencia espiritual”. Y sí, con “Smile” Brian perdió el control de sí mismo, pero no para bien. Su experiencia espiritual fue un sueño inacabado que dejó entreabierta una puerta que ni siquiera su autor se atrevió a cruzar.

Antes de “Smile”, Brian Wilson ya había intentado con su música -y con unas cuantas dosis de LSD- acercarse de alguna manera a Dios. Y bueno, uno no puede evitar pensar que llegó a lograrlo con “God only knows”, una canción preciosa y llena de riesgos artísticos que tiene su origen en una carta que el autor le escribió a su esposa Marilyn: “Tuyo hasta que Dios quiera que nos separemos”, le decía en la despedida.

“God only knows” se incluyó en “Pet Sounds”, el legendario álbum de los Beach Boys de 1966 que, este sí, cambió la historia de la música de tal forma que el propio Paul McCartney declaró que era el mejor disco que jamás se habría grabado. Dios solo sabe cómo hubiera sido el “Sgt. Pepper” de los Beatles si los Beach Boys no hubieran hecho el “Pet Sounds”.

También sólo Dios seguramente sabe cómo hubiera sido la vida de Brian si no se hubiera puesto el listón tan alto con “Pet Sounds” y más alto aún con “Good vibrations”, la legendaria “sinfonía adolescente” de tres minutos y medio que los Beach Boys tardaron seis meses en grabar y que llegó al número 1 en las listas de medio mundo. “Smile”, proclamaba la banda, iba a ser cinco veces mejor que cualquier cosa que hubieran hecho antes. “Estoy escribiendo una sinfonía adolescente a Dios”, le insistía Brian a sus amigos.

La concepción de “Smile” no podía ser normal, claro. Brian y Van Dyke Parks, su letrista, componían metidos en un corral de arena de playa instalado en mitad del salón de la casa del músico, una mansión situada en Berverly Hills decorada con luces psicodélicas, muñecas de plástico y un retrato colgado en el baño de Jesucristo con ojos que se movían. Allí, Brian organizaba cenas donde hacía tocar platos y cucharas a sus invitados para grabar “nuevos sonidos”.

La locura artística de la mansión se trasladó a los estudios Gold Star de Hollywood. Brian contrató a una orquesta sinfónica para grabar una suite en la que se integraba una pieza titulada “Mrs. O’Leary’s Fire”. El compositor hizo que músicos y técnicos se pusieran cascos rojos de bombero para “sentir el fuego” durante una pavorosa cacofonía atonal de sirenas, timbales, violonchelos ardientes y llamas imaginarias.

Algo ocurrió en ese momento que precipitó definitivamente a Brian hacia el pozo de la locura. Cuando unos días después varios incendios reales sacudieron Los Ángeles, el líder de los Beach Boys destruyó las cintas con la grabación porque estaba convencido de que su música había provocado aquel desastre. Creía que podía controlar el mundo a través del sonido, pero ni siquiera pudo controlar su propia obra maestra: sus compañeros de grupo decidieron regrabar en diez días las mismas canciones en las que Brian había estado trabajando durante un año y las publicaron bajo el título de “Smiley Smile”. Los Beach Boys perdieron el pie en la escena musical y Brian Wilson el de la cordura, siempre a la búsqueda -y a veces, atisbándolo- de ese sonido perfecto que solo sonaba en su cabeza.

Ustedes ya estarán preguntándose a estas alturas qué tiene que ver todo esto con “Lux”, el nuevo disco de Rosalía (¿Qué? ¿Quién ha dicho nada de Rosalía?). Pues poco más que la ambición musical y la aspiración divina, supongo. La verdad es que en las decenas -cientos, quizá- de análisis y críticas que se han hecho del fantástico trabajo de la artista catalana, no he leído ninguna referencia o comparación con el proyecto inacabado de los Beach Boysni con las ambiciones que, como ellos o como ahora la propia Rosalía, mostraron tantas bandas de la década de los 60 que se fijaron en la música barroca, clásica,romántica e incluso en la vanguardia del siglo XX para renovar el rock -por entonces, todavía un recién nacido- a base de cuerdas en cuarteto o en orquesta, oboes, cornos y clavecines.

Hablamos de los Zombies, de los Left Banke, de los Rolling Stones de “Lady Jane” o los Kinks de “Two Sisters”. Los Beatles parecían haber fusionado a Purcell con Truffaut en “Eleanor Rigby” y Serge Gainsbourg usó acordes de la “Sinfonía del Nuevo Mundo” de Dvorak para cantarle a Brigitte Bardot en “Initials B.B.”. Más que renovar el pop, Velvet Undergroud lo rompieron con la viola eléctrica de John Cale sin dejar de parir cosas tan delicadas como “Sunday morning”.

Ese hilo musical que recorre varios siglos de historia de la música hasta llegar al “Lux” de Rosalía nunca se ha roto. Hemos oído orquestas grandilocuentes en discos de la E.L.O., de Queen, de Procol Harum o de los Moody Blues, mientras que Kate Bush, Divine Comedy, Tori Amos o Rufus Wainwright han tirado sin complejos de teatralidad romántica, sensibilidad barroca e incluso de arrebatos operísticos cuando les ha convenido. No está todo inventado y, ni siquiera, reinventado. Pero hay que proclamarlo con orgullo: Rosalía, nunca has estado sola.

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