Las bambalinas de la viñeta
Rigol consigue en su debut en la novela gráfica una obra sorprendente, que aprovecha la seducción de la imagen para suscitar interrogantes sobre lo humano y lo divino

Brunilda en la Plata. Genis Rigol / Levante-EMV
Álvaro Pons y Noelia Ibarra
Se suele decir que el cómic representa un arte hermano del cine, quizás por la coincidencia de tiempos en que ambas expresiones artísticas comenzaron a adquirir la forma de medio de masas. Sin embargo, más allá del lenguaje técnico usado, las similitudes se detienen en ese punto, pese a que la comprensión de la viñeta como escenario inaugure un abanico de posibilidades y ubique al lector y espectador en ese proscenio imaginario formado ante el papel. El italiano Gianni De Luca, a partir de las ideas de Guido Buzzelli, profundizó en las opciones narrativas del cómic desde las obras teatrales de Shakespeare y verificó la íntima interrelación entre ambas artes, basada en la necesidad de contar historias del ser humano, desde la tradición oral del teatro a la dibujada del cómic.
Cinco décadas después de aquellas obras, Genis Rigol lleva el cómic al teatro con la sorprendente Brunilda en la Plata (Apa Apa Cómics), entrando en las bambalinas de una extraña representación que parece detenida en el tiempo ante la falta de inspiración de su creador para concebir un final. Norman, el protagonista, ha quedado con la bella y encantadora Brunilda en el mítico La Plata y su única opción para llegar a su cita puntualmente pasa por atravesar un escenario sobre el que parece imposible que caiga el telón. A la espera de su particular Godot demiúrgico, los personajes en escena dudan de todo ante un público exigente e impaciente, mientras todos los miembros de la compañía emprenden la búsqueda desesperada del autor, como los personajes de Pirandello.
Con un estilo gráfico de elegante trazo, propio de la animación de los años 30 y una paleta de colores ocres evocadora de una pátina vintage, Rigol inaugura un juego de espejos y ficciones en el que la viñeta se transforma en una ventana a los mecanismos de la ficción. Esta aproximación a los entresijos ficcionales desemboca en la búsqueda de Norman de un autor enfrentado a la parálisis del miedo al fracaso, de esa página final en blanco que debe distinguir entre el éxito y el olvido. Y frente al creador, los personajes evocan la Niebla unamuniana, a través de un diálogo que traduce el enfrentamiento del autor a su público y crítica, en una confrontación con unos personajes que interpelan al autor en búsqueda de su propio destino. Rigol bebe de ese delirio de la imagen para que la metaficción desborde los límites cuadriculados de la página y encuentre en la fascinación visual un escape próximo al mundo del sueño, convirtiendo a Norman en un pequeño Nemo que reescribe la realidad a modo de nonsense donde todo es posible y, al tiempo, en reflexión sobre nuestra propia vivencia como actores de nuestra propia obra teatral, de esa a la que llamamos vida y en la que improvisamos entradas y salidas de escena, desconocedores de la duración del acto que protagonizamos. Y nos plantea la duda de quién es esa Brunilda que nos espera a nosotros en La Plata, en ese espacio utópico donde pensamos que debe desembocar nuestra existencia tras esta obra de teatro sin nombre en la que estamos atrapados.
Rigol consigue en su debut en la novela gráfica una obra sorprendente, rebosante de propuestas en torno a nuevos senderos por los que transitar, que aprovecha la seducción de la imagen para suscitar interrogantes sobre lo humano y lo divino mientras el telón todavía no ha caído y todavía tenemos tiempo de imaginar y exigir escribir el final de nuestra representación.
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