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Jazz fílmico

‘Köln 75’, película a partir de la grabación del célebre disco de Keith Jarrett en la Ópera de Colonia, es el último eslabón de la larga relación entre el jazz y el cine. El piano de Sedajazz de la dana daría para un filme

Traslado de un piano de Sedajazz afectado por la riada del 29 de octubre de 2024.

Traslado de un piano de Sedajazz afectado por la riada del 29 de octubre de 2024. / EFE

Enrique Monfort

València

En la Berlinale de este año se presentó Köln 75, el largometraje más serio hasta ahora del joven cineasta alemán de origen israelí Ido Fluk. No ha tenido una distribución especialmente generosa en España y acaba de llegar a plataformas, todavía en modalidad de pago por visión. Es una película ágil, divertida, bien contada y sin mayores pretensiones que viene a conmemorar el 50 aniversario de la grabación del celebérrimo disco en directo de Keith Jarrett en la Ópera de Colonia. Del concierto en sí se dice bien poco. Es decir, del momento en que Jarrett posa su mano en aquel piano medio roto —que en la película describen como un «colín» desvencijado— hasta los aplausos, hay una elipsis.

El filme se centra con algunos acentos en la biografía de Vera Brandes, la promotora que, con apenas 17 años, se metió en el fregado de organizar —a taquilla y, por tanto, asumiendo todo el riesgo— aquel concierto. Debo decir que los detalles en torno a la organización del evento están sorprendentemente bien documentados y que la huida hacia adelante que supone un concierto que se tuerce no resulta nada ajena a este comentarista ni, imagino, a cualquiera que haya estado implicado en este menester. Yo mismo he visto usar un serrucho antes de una prueba de sonido. Mejor no pregunten.

Aquel concierto de Colonia contaba con un pianista lesionado y agotado, un piano escacharrado, un horario infame, una escasa promoción, una nula colaboración del teatro y, como resultado, dio un disco que no debería haber sido ni grabado, pero que a día de hoy, con mayor o menor merecimiento, es uno de los grandes clásicos del jazz en solitario. Un clásico del que Jarrett reniega, pero cuyas ventas hablan por sí solas. Keith Jarrett, por cierto, es uno de los pocos mitos vivientes del jazz que aún no ha visitado València.

En todo caso, esta película es el último eslabón de una relación que ha unido el jazz y el cine desde el mismo momento en que el sonido entró en las salas con El cantor de jazz en 1927. Desde entonces ha habido películas sobre jazz con desigual fortuna. Por citar sólo unas pocas, tenemos los biopics de Charlie Parker, Chet Baker o Miles Davis. Bird, la película de 1988 de Clint Eastwood sobre Parker, es el más destacable de todos ellos y supone un retrato complejo, con una narración como de muñecas rusas donde un recuerdo lleva a otro para saltar en el tiempo y el espacio intentando asir una vida tan brillante como compleja y efímera: la de un genio que murió tan joven como Mozart. En cierta manera, la película es tan ambiciosa como el Amadeus de Miloš Forman y, como en aquella, las interpretaciones —especialmente las de Forest Whitaker y Diana Venora— son lo mejor de un filme un poco lastrado por un relato larguísimo que, pese a todo, no termina de explicar por qué Charlie Parker fue, para el jazz, un genio a la altura de Mozart. Y eso que en el guion de Eastwood no faltaron los Salieri.

Hay otras películas que son biopics encubiertos, como la deliciosa ’Round Midnight de Bertrand Tavernier (¿hay alguna mala película de Tavernier?), con la participación de Dexter Gordon, o Acordes y desacuerdos, de Woody Allen, donde Sean Penn interpreta un remedo de Charlie Christian desesperado con su papel de «segundo mejor guitarrista del mundo», siempre a la sombra de Django Reinhardt. También ha habido filmes que han usado la mítica del jazz como marco estético. Whiplash, de Damien Chazelle, habla de jazz en la misma medida que Rivales, de Luca Guadagnino, habla de tenis.

Más allá de la pantalla grande, en la televisión tenemos la obra más titánica sobre jazz jamás filmada: el documental para la PBS de Ken Burns, llamado —de manera muy documental— Jazz. Doce horas de auténtico submarinismo musical. Incluso tenemos un anime, Blue Giant, que no es ninguna tontería: la banda sonora la compuso la pianista japonesa Hiromi Uehara. Poca broma.

Pero, ya que hablamos de televisión, detengámonos un segundo en Tremé, de HBO. Tremé es una disección como sólo David Simon (The Wire) es capaz de hacer sobre la tragedia del Katrina en Nueva Orleans y uno de sus barrios más característicos y musicales: Tremé. La historia, como todas las de Simon, es polifónica y descarnada, y sólo la realidad puede mostrar aquella mezcla de incompetencia, corrupción y ganas de resurgir. Una historia que nos sonará a todos cercana. Como la de aquel vídeo de El País que hablaba del piano embarrado y medio roto de Sedajazz que apareció, con un cartel de «tócame», bajo el Puente de la Solidaridad. Aún más roto que el de Keith Jarrett, pero quizá más lleno aún de música e historias.

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