Olvidos y obstinaciones
Hay que aprender a relacionarse cada vez con las ausencias nuevas. La de Xisco Mensua es una forma nueva de presencia, ya más nuestra. La de Tomás March implica una deuda de la ciudad con él. Las obstinaciones son Sorolla y Valdés. La cosa es si esas inversiones abren la puerta al pensamiento y la emancipación.

Interior del edificio de Correos en València / F. Bustamante
Nacho París
Queridísima Nuria:
No, no pude ir a la inauguración de la exposición de Xisco Mensua Estudios, diarios y colecciones en Patio Herreriano, iré en otro momento, menos público, por si el corazón se me saliera por los ojos. Quizá podríamos hacer ese viaje juntos. En su anterior exposición, tan triste y verdadera, Nadie puede saber como es la noche, ya nos advertía Xisco de esto, de su ausencia, quiero decir. Al final hablaba mucho metafóricamente de la noche, y me proponía proyectos a cerca de la diversidad de miradas sobre esta sin que entendiera yo, ciego de esperanza, a qué se refería. Siempre la ausencia anduvo ahí, puesta en juego en su hacer y decir. Yo creo que la ausencia es una forma nueva de presencia, ya más nuestra. Inevitablemente inventada, reconstruida con los recuerdos y en este caso con la relectura inagotable de su trabajo. En Estudios, diarios y colecciones, trabajando hasta el mismísimo final, aun pudo dejarlo todo definido hasta el detalle, tú sabes como era (so meticulous, diría Anna Boghiguian). A partir de ahora sus exposiciones ya no serán exactamente suyas, serán inevitablemente la mirada de otro. Y todo su trabajo, que no debe perderse, se irá interponiendo en el recuerdo. Hablaba Roland Barthes de la fotografía como contrarrecuerdo, aquí hay algo de eso. La certeza (o incerteza) de sus imágenes irá sustituyendo a la emoción de la memoria. Tenemos cachivaches y tecnologías, artes, imágenes y palabras contra la desdicha y el tiempo, y las arrojamos en cierto modo para evitar su cumplimiento. Y ahora, quizá más, cuando con nuestro paroxismo tecnológico, el registro exhaustivo de cada momento lo usamos como un aplazamiento desesperado de la experiencia y del tiempo epistemológico (perdón por el palabro).
Hay que aprender a relacionarse cada vez con las ausencias nuevas. Pienso también en Tomás March. Se ha inaugurado el curso del arte, la temporada de galerías con un silencio de olvido sobre su memoria. Y esta ciudad —creo— le debe, pero no sé si lo sabe, más, mucho más que un comunicado al uso. Que él nos regaló ‘El Malva’ y Temple y la galería que llevaba su nombre y su actividad editorial y lúcidas conversaciones y generosas cenas. Hubo otros silencio y otros olvidos mas terribles, más aciagos, como la tragedia en Gaza. Nada debiera hacerse hoy, nada empezarse, como si allí nada pasara.
Hace tiempo Xisco Mensua tuvo algunos heterónimos, para cuando hacía algo en compañía de otros; Jacques Morand, Amparo Civil… Tenía Amparo Civil la noble inclinación de la sátira y como arma un tirachinas y el correo electrónico, corría entonces el año 2010, luego su rastro se perdió en el tiempo de los memes. Quizá habría que invocarla, saldría ella de su silencio porque aquí, desde donde te escribo, siente uno que vive como en un déjà vu permanente, o en un sainete amargo que repite chistes y anuncia un final triste y conocido. Y si hay algunos que no debieran ser olvidados, hay otros que se nos imponen con obstinación. Ha empezado un juego de trileros y se mueven rápido los dados, se multiplican los viajes de las autoridades a Nueva York y se viene ya un baile de millones, y entonces los mecenazgos se nos vuelven del revés; y los euros públicos se van curiosamente a bolsillos privados. Anda la Generalitat como al rescate de la Hispanic Society, porque Sorolla es nuestro y todo lo vale, y traerá cientos de miles de visitantes más (como si no tuviéramos suficientes). Hace ya casi cien años que Max Aub se preguntaba si era posible hablar de pintura en Valencia sin hablar de Sorolla y en esas aún estamos (aunque no estoy seguro de que en este caso estemos hablando de arte). Aquí con la identidad nacional y el sorollismo parece que no corre turno. Intentaron otros que fueran emblemáticos, Sempere o Alfaro, para tener como nuestro Chillida o nuestro Oteiza o nuestro Tàpies —modernización y país todo en uno— pero creo yo que su internacional abstractismo analítico daba mal para lo vernacular. Luego estaba Renau, comunista ortodoxo. Así que nos quedamos con la hipérbole colorista de Sorolla y su pleinarismo y su joie de vivre, que ni en su tiempo fue moderno (aunque eso tampoco importa). Y si no Manolo Valdés que es más de un ahora intrascendente, de fórmulas repetidas para un atrezzo monumental. Y ya se anuncia el Espai Valdés con su monolito y todo y tendrá también su danza de millones, supongo. Y yo creo que estas coronas de cartón para nuestra ciudad nos van a costar una pasta. No es cosa de no gastar en arte y cultura, es que el dinero abra las puerta al pensamiento y la emancipación. Pero, Sorolla y Valdés, no hi ha per a més, dice un amigo común.
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