Una autobiografía de (y contra) Franco
La suculenta obra de Vázquez Montalbán ha vuelto a pasar bastante desapercibida en su reedición

Imagen del acto en el cementerio de Mingorrubio, donde se encuentran los restos del dictador Franco / José Luis Roca

Los aniversarios dan para mucho y, claro, proliferan estos días en los medios las listas y recomendaciones de libros sobre Francisco Franco. Sin embargo, ha vuelto a pasar prácticamente desapercibida la Autobiografía del general Franco, de Manuel Vázquez Montalbán, en la que el autor reconstruye literariamente la sangrienta vida del Caudillo. Y digo ha vuelto, porque cuando se publicó por primera vez en 1992, a diferencia de otras obras suyas, no fue un gran éxito. En ese año de 1992 se cumplía el centenario del nacimiento de Franco, algo sobre lo que ironiza el narrador y supuesto autor de esa autobiografía en una conversación con el no menos supuesto editor. Pero en ese año de apogeo del ‘juancarfelipismo’, el país, abducido por los fastos del quinto centenario del descubrimiento de América, de la exposición universal de Sevilla y de los Juegos Olímpicos de Barcelona, no estaba para que le aguaran la fiesta resucitando la memoria del dictador. Y ahora, a pesar de su reedición hace apenas tres años por la editorial Navona, ha vuelto a pasar sin pena ni gloria. Algo absolutamente injusto, porque si hubiera que definir con una sóla palabra a Manuel Vázquez Montalbán, esa palabra sería talento.
Vázquez Montalbán lo tenía a raudales. Escribía tanto que necesitaba varios seudónimos y heterónimos: Sixto Cámara, Manolo V el Empecinado, Luis Dávila, la baronesa D’Orczy, o Jack el Decorador. Algunos de los alter ego de un tímido proverbial que no sólo escribió sobremanera de política, sino que también lo hizo de gastronomía, teoría de la comunicación, fútbol, decoración, música popular, teoría literaria, o antropología cultural y fue capaz de publicar trece libros de poemas y más de treinta novelas, entre las que destaca Galíndez, una obra inmensa, espléndida y profunda. Y es que hay que tener mucho talento para atreverse a escribir esta «autobiografía», en la que el narrador, Marcial Pombo, un escritor rojo, hijo de perdedores de la guerra, recibe el encargo de escribir una autobiografía del Generalísimo Francisco Franco. A partir de una documentación exhaustiva a lo largo de veinte años y de un ímprobo trabajo que, según ha contado su hijo, Daniel Vázquez Sallés, dejó a su padre «agotado mental y físicamente».
No es para menos porque el texto está estructurado en un doble relato, en el que prima la voz del dictador, que de vez en cuando es interrumpida con el contrapunto de la intervención del narrador, Marcial Pombo. Así el narrador matiza, corrige, o desmiente el auto panegírico de quien fue Caudillo de España por la gracia de Dios, según se hizo llamar desde el final de la Guerra Civil y podía leerse en las monedas de curso legal. Ese desdoblamiento debió de suponer para el autor una agotadora esquizofrenia vital y laboral. Una esquizofrenia en la que no se ahorró tampoco las diatribas del más íntimo de sus yos que, en la voz de Marcial Pombo, no solo se debate contra el franquismo y sus apologetas sino que también muestra sus afinidades y distancias con algunos de los dirigentes del Partido Comunista y de los miembros del Frente de Liberación Popular (FLP, conocido como Felipe), de los que formó parte el propio Vázquez Montalbán. Algunos destacados miembros del FLP, como Enrique Múgica, Javier Pradera y Fernando Sánchez Dragó, aparecen en varios pasajes espléndidos. Junto a ellos asoma también el editor que le hace el encargo a Marcial Pombo. Es un tal Julio Amescua, en el que es difícil no ver la figura de Julio Cerón, de quien el periodista Miguel Ángel Aguilar recordaba estos días que, en la primera conferencia que pronunció a su vuelta del exilo, aseguró que «cuando murió Franco, el desconcierto fue grande: no había costumbre».
El autor comparte con el narrador, la edad, las posiciones políticas y el hecho de ser hijos de vencidos que hasta los cinco años no conocieron a sus padres, encarcelados hasta entonces. Sin embargo, Vázquez Montalbán juega con la travesura de que el escritor por encargo de esta autobiografía sea madrileño, lo que le permite hacer algún comentario socarrón sobre los catalanes como él. Una ironía que se suma al distanciamiento autocrítico respecto a algunos planteamientos de la lucha antifranquista que destilan algunas de las páginas.
Magníficamente retratada queda la proverbial desconfianza de Franco. Y destacan también algunos de los ajustes de cuentas con los prebostes de la Dictadura, entre ellos y de manera especial la diatriba de Franco contra José María de Areilza, conde de Motrico. Tampoco falta el humor en algunas de las páginas, como cuando Franco, consciente de que ya empieza a vivir de propina, asegura que no le temblaba el pulso ante el futuro y el narrador le apostilla que cómo no le iba temblar, si ya tenía un párkinson declarado.
También hay distanciamiento crítico en la relación entre el autor y el editor, especialmente en el epílogo, un capítulo que deberían estudiar todos los estudiantes de periodismo y comunicación audiovisual. Y aunque la prosa de Vázquez Montalbán es diáfana y siempre dé contexto sobre los personajes, probablemente, para los lectores que afortunadamente no conocieron la dictadura y que posiblemente sean los más interesados en este texto, sería conveniente de cara a futuras ediciones unas notas que evitaran a los más jóvenes tener que ir a la Wikipedia para saber quiénes fueron muchos de los que aquí aparecen. Por lo demás, a las generaciones jóvenes, a quienes algunos desalmados intentan engañar diciéndoles que con Franco vivíamos mejor, conviene recordarles una frase lapidaria que Vázquez Montalbán acuñó en plena Transición: «Contra Franco vivíamos mejor».
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