Dios no juega a los dados
Al salvarse, uno queda en deuda. Héctor Abad se salvó de la muerte en Kramatorsk por estar sordo del oído derecho. Su sitio en la mesa lo ocupó una joven poeta.

Yuliya y a Anna compartiendo un dibujo hecho a mano para conmemorar el 60 aniversario de la construcción de su escuela

Han pasado más de dos años desde entonces. Ocurrió una tarde de finales de junio. Azul todo alrededor. El curso escolar recién terminado. Las crías le han pedido a su padre ir precisamente a ese restaurante, como premio por sus buenas calificaciones. Al Ria Pizza, (y no a ningún otro). A los adolescentes les encantan las pizzerías y ésta además es famosa por sus helados. Tienen catorce años. Se llaman Juliya y Anna. Son gemelas, ya lo ven. Clavadas como dos gotas de agua, aunque hacen todo lo posible por diferenciarse, como todos los gemelos. No quieren que las confundan. Se enfadan cuando alguien les cambia el nombre. Resoplan y esas cosas. No es fácil lidiar con una semejanza tan íntima. Necesitan marcar su singularidad.
Una lleva el pelo recogido en una coleta alta, la otra lo lleva suelto, completamente liso, con la raya al medio. Visten sudaderas de colores diferentes. Pero tienen los mismos ojos, la mirada clara, aún sin contaminar. La sonrisa llena de expectativas. Ya saben de qué sabor quieren el helado que se van a pedir de postre. Son las 19:28. Estamos en Kramatorsk. En la Ucrania libre, a escasos veinte kilómetros del frente. Hace más de un año que los rusos han ocupado la parte suroriental del territorio y el país está en guerra.
Al principio todo eran precauciones, sirenas, medidas de seguridad. Pero no se puede vivir encerrado en un sótano todo el tiempo. Ocurría lo mismo en Madrid durante la guerra civil. La gente necesitaba ir al cine, a los teatros de la Gran Vía… aunque luego, de vuelta a casa, tuvieran que tirarse al suelo por si las balas atravesaban las ventanillas. Pasa lo mismo en todas las ciudades asediadas. Se toman precauciones, pero la vida continua. De modo que el restaurante estaba lleno de civiles, de familias, como casi todas las noches.
En ese mismo restaurante, pero no en el interior, sino en la terraza, se encuentra también el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince, autor de El olvido que seremos. Va acompañado por cuatro amigos: Sergio Jaramillo, ex alto comisionado para la Paz, la corresponsal de guerra, Catalina Gómez Ángel, que estaba desde hacía meses cubriendo el conflicto, y sus amigos ucranianos conocedores del terreno que les habían ayudado en su labor de documentación, Dima Kovalchuk y la poeta Victoria Amélina. Habían viajado desde Kyiv el día anterior para su cena de despedida porque ya regresaban.
Al escritor le toca una silla de respaldo alto a la izquierda de Sergio Jaramillo que ocupa la cabecera de la mesa. Justo el lado de su oído malo. ¡Vaya! Y encima Sergio habla a veces tan deprisa que no hay dios que lo entienda. Así que Héctor Abad hace lo que hemos hecho muchos de nosotros tantas veces. Cambiarse al otro lado de la mesa y sentarse a la derecha de su amigo para poder oírlo mejor. Todos se mueven un puesto y la joven poeta Victoria Amélina ocupa su lugar en la silla de respaldo alto.
Como es sabido en las zonas de guerra rige la ley seca. Pero ellos tenían algo que celebrar. Jaramillo lleva escondida en la mochila una botella de Whisky Macallan de doce años. Héctor llena los vasos con cautela, mirando hacia los lados por si los descubren. La poeta Victoria Amélina le sonríe con picardía.
-No te preocupes- le dice en inglés- parece zumo de manzana.
Levantan los vasos para brindar. ¡Salud! ¡Chin-chin!
En ese preciso instante un misil Iskander ruso de alta precisión, con seiscientos kilos de explosivos, estalla sobre sus cabezas.
El infierno siempre es difícil de describir, de concebir. Más de sesenta heridos graves (algunos mutilados de por vida) y doce fallecidos instantáneamente. Entre ellos las dos chicas gemelas de catorce años, Juliya y Anna Aksenchenko.
Todos los muertos, menos uno, se producen en el interior del restaurante. En la terraza hay varios heridos leves y una sola persona fallecida. Precisamente la que ocupaba la silla de respaldo alto en la que al principio se había sentado el escritor colombiano y que finalmente le tocó a la joven poeta.
La primera noticia que llegó al periódico El País fue que Héctor Abad Faciolince había muerto en un bombardeo en Ucrania. Es curiosa la forma en la que las necrológicas se extienden como la pólvora. Pero no. El escritor colombiano salió ileso. Su oído malo lo salvó de morir en Kramatosk.
«Si no estuviera sordo del oído derecho…» «Si no me hubiera cambiado de sitio…» Lo pensó. Por supuesto que lo pensó, como lo hemos pensado todos alguna vez. « Si no hubiera perdido ese vuelo…» El azar a la vuelta de la esquina.
El físico Abert Einstein pronunció la famosa frase «Dios no juega a los dados». No es una frase con significado religioso, sino una metáfora científica que expresa la diferencia irreconciliable entre dos maneras de entender el Universo. La de la Física clásica -determinista, que considera que el cosmos funciona por estrictas leyes de causa y efecto- y la de la Mecánica cuántica, probabilista, que introduce el factor aleatorio con elementos impredecibles.
¿Cuál de las dos teorías está en lo cierto?
Que un escritor colombiano algo sordo se salvara por escasos centímetros puede considerarse desde luego fruto del azar. Lo que no es un azar es dar la orden de lanzar un misil supersónico contra una pizzería poco antes de las siete y media de la noche, a la hora en que más civiles y familias con niños se reúnen en él. Ahí hay una clara voluntad determinista y criminal de querer asesinar al mayor número posible de inocentes.
Cuesta entender que todavía haya gente de izquierdas que crea de verdad que la invasión rusa contra Ucrania es una cruzada contra los nazis. Ya, ya sé que es de locos, pero todavía quedan algunas personas así, capaces de comulgar con esa rueda de molino. Gente de cerebro muy básico, muy primario, supongo, susceptible al fanatismo.
A Anna y Juliya las enterraron en dos ataúdes iguales, una al lado de la otra, ataviadas de la misma manera, con vestidos blancos de novia idénticos, como es costumbre en el campo en Ucrania cuando muere una adolescente. A ellas seguramente les hubiera gustado que los vestidos no fueran tan semejantes, que alguien las diferenciara, a pesar de parecerse tanto y de haber nacido a la vez. Y de morir juntas a la misma hora exacta. Las 19:28.
Dice el escritor Héctor Abad que al salvarse, uno se queda en deuda, siente que se le ha concedido una segunda oportunidad. La que no tuvo la poeta Victoria Amélina cuyas últimas palabras fueron: «Don´t worry. It looks like apple juice».
Por ese motivo decidió convertir su experiencia en un libro estremecedor. Por eso escribió Ahora y en la hora.
Léanlo si les parece.
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