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Otro genio. Otro monstruo

Tras el nombre de Kaczynski está ‘Unabomber’, un terrorista que exhibe en las páginas lucidez analítica y ceguera moral

'Bosque lejano', Theodore Kaczynski

'Bosque lejano', Theodore Kaczynski

Alfons Cervera

Alfons Cervera

València

Hay libros que te ponen entre la espada y la pared cuando te asalta la intención de escribir algo sobre ellos. Y a veces, sobre todo, de quienes los han escrito. Al final piensas que adelante con los faroles, que lo intentarás al menos, que si un libro no te aboca al abismo es que no vale la pena dedicarle un sólo minuto de tu vida.

Escribo esto el día en que el Tribunal Supremo ha fallado en contra del Fiscal General del Estado después de una instrucción y un juicio que han sido una vergüenza histórica (una más) en estos tiempos de democracia dicen algunas voces que plena y modélica hasta las cachas. Que se lo hagan mirar esas voces, ¿no? Porque algunos días, visto lo visto y vivido lo que venimos viviendo, te entran ganas de echarte al monte. Pero no para cuidar de las cabritas y de intentar que los árboles no dejen ver el bosque, sino para que el mundo deje de ser -con nuestra más que imprescindible colaboración para el derrumbe- un apestoso estercolero. Y es ahí donde te descubres enfrentado a un dilema difícil de aclarar: qué hacer entre mirar de una manera tranquila -aunque a ratos moderadamente crítica- un paisaje que desprecias o emprender una acción radicalmente enemiga para que esa mirada a lo monje tibetano explote en plan nuevo e inquietante apocalipsis de Coppola. Pues eso es lo que pasa -al menos a mí me ha pasado- cuando lees Desde un bosque lejano, un título que se completa con un añadido: Tecnología, Colapso y revolución. Y si encima añades el nombre del autor, ya es la bomba atómica: Theodore Kaczynski. O sea: Unabomber.

Era Kaczynski un estudiante fuera de serie. Con poco más de veinte años ya daba clases en Berkeley. Y al ver cómo era por dentro el mundo universitario, su mente matemática le dictó que mejor abandonarlo todo porque, si no, sería ese mundo -con toda su según él bastarda servidumbre- el que te dejaría para el arrastre. La tecnología iba a acabar con quienes la inventaban. Y eso que no existían entonces la IA ni las redes de Musk y Abascal. Se fue a vivir en una cabaña donde apenas cabían él y los útiles necesarios para fabricar bombas. Estamos en los años setenta del pasado siglo. Lucha armada en muchísimos sitios: Italia, España, EE UU, Alemania... Las primeras líneas: «La Revolución Industrial y sus consecuencias han sido un desastre para la humanidad… El continuo progreso tecnológico no hará sino empeorar esta situación, sometiendo a los seres humanos a peores ignominias e infligiendo daños colosales a la naturaleza». Tenía claro lo del cambio climático. El sistema acaba con el individuo. El cacho de libertad que disfrutamos es el que el sistema nos concede con una tramposa ecuanimidad: «Hoy la gente vive más en virtud de lo que el sistema hace por ellos o para ellos que en virtud de lo que ellos hacen por sí mismos… y en la medida en que el sistema les dé una oportunidad, los tiene atados». Para él -para su cerebro siempre en ebullición- los postulados izquierdistas se distanciaban poco o nada de los que pudieran defender los ricos de la tierra. La solución estaba clara: una ruptura con lo establecido violentamente revolucionaria.

Poco a poco va construyendo un exhaustivo corpus filosófico que a derecha e izquierda no deja títere con cabeza. Nadie le hace caso. Entre 1978 y 1996 empieza a mandar bombas que matan a tres personas y deja heridas a más de veinte. La CIA y el FBI no saben por dónde pegar. En septiembre de 1995 envía a The Washington Post y The New York Times una nota con la amenaza de que si no publican su ensayo La sociedad industrial y su futuro pondrá en marcha un nuevo atentado. Finalmente lo publican y ese manifiesto -con apéndices más que atractivos- conforma Desde un bosque lejano, uno de los libros más interesantes -por lo que dice y por cómo lo dice- de los que he leído en los últimos tiempos. Por el desasosiego que provoca su lectura y las dudas que te estrechan entre la espada y la pared y no sabes si aplaudir lo que dice Kaczynski y echarte al monte o poner en cuarentena bastantes de sus argumentos. Lo dice él mismo («sí, de acuerdo, nada es tan sencillo») para dejar claro que lo que dice es más complejo que la manera que tiene de decirlo. Precisamente, ya hacia el final del ensayo y con referencia a la necesaria brevedad de sus explicaciones, escribe: «Soy consciente de que a lo largo de este texto he hecho afirmaciones imprecisas y otras que deberían haber ido acompañadas de todo tipo de reservas, algunas de las cuales podrían incluso ser rotundamente falsas… Con este texto no pretendo, por tanto, más que haber expresado una burda aproximación a la verdad».

En abril de 1996 es detenido, juzgado y condenado a cadena perpetua. El 10 de junio de 2023 se suicida en una cárcel de máxima seguridad de Colorado. Tenía 81 años y dejaba atrás una vida llena de aspiraciones revolucionarias y de un más que notable y necesariamente debatible argumentario que no deberíamos despachar como si de un loco de remate se tratara. En un magnífico prólogo nos ofrece el editor una clarísima constatación: «La historia del arte, la literatura y el pensamiento está poblada de monstruos. Monstruos en muchos sentidos despreciables cuyas obras, sin embargo, admiramos». Apunten, entre otros, los nombres de Caravaggio, Althusser, Heidegger, Céline, Ezra Pound, Burroughs, Heidegger… y Theodore Kaczynki: «Otro genio. Otro monstruo».

Y acabo con otras palabras del mismo prólogo que aportan claridad a las preocupaciones del autor y explican perfectamente lo que pienso después de la lectura de Desde un bosque lejano: «Estoy convencido de que merecen ser leídas con atención. ¿Significa eso que debemos abrazar sus respuestas? Por supuesto que no. Pero es cierto que Kaczynski nos confronta con una de las paradojas más inquietantes de la mente humana: la coexistencia de la extrema lucidez analítica y la clara ceguera moral». En todo caso, nunca me resultó fácil dividir en dos mitades un uniforme nazi y lo que sale del cerebro privilegiado de quien lo viste con la gallardía de los cruelísimos verdugos. Lo digo por poner un ejemplo de esa paradoja, claro. Sólo por eso.

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