En la literatura, la intención no basta
Lionel Shriver (Gastonia, Carolina del Norte, 1957) es conocida sobre todo por su novela Tenemos que hablar de Kevin, llevada al cine por Lynne Ramsay en 2011 y en la que ya planteaba cuestiones políticamente incorrectas.

Lionel Shriver / Levante-EMV

Para cualquier espíritu creativo lo políticamente correcto acaba convirtiéndose en algo terriblemente odioso. Casi tanto como la censura pura y dura (disculpen la cacofonía). Porque la censura es un reto y a veces el hecho de burlarla es un estímulo para la imaginación. En cambio, lo políticamente correcto, que no deja de ser una forma atenuada y farisaica de censura, simplemente es un permanente fastidio, un asco, una monserga, una pesadez. Vulgo, una mosca cojonera, un coñazo insufrible (¿o debería autocensurarme y escribir peñazo?). Lionel Shriver ha tenido la magnífica idea de concebir una novela contra la moda woke y además se ha tomado el trabajo de escribirla.
Lionel Shriver (Gastonia, Carolina del Norte, 1957) es conocida sobre todo por su novela Tenemos que hablar de Kevin, llevada al cine por Lynne Ramsay en 2011 y en la que ya planteaba cuestiones políticamente incorrectas. Ahora publica Manía (Anagrama), que se abre con una cita de Alexis de Tocqueville a favor de la meritocracia y otra, de Carl Jung, contra las epidemias psíquicas, «infinitamente más devastadoras que las peores catástrofes naturales».
La novela es una ucronía distópica que transcurre entre 2011 y 2027, unos años en los que se suceden profundos cambios sociales en Estados Unidos. La protagonista, Pearson Converse, es una profesora auxiliar de la universidad de Voltaire, en Pensilvania. Nacida en el seno de una intransigente familia de testigos de Jehová de la que salió rebotada y repudiada, fue acogida por la familia de Emory, su mejor amiga del instituto. Ahora, en 2011, está en un momento dulce de su vida. Tiene tres hijos. Los dos primeros –Darwin, un niño de 11 años y Zanzíbar una niña de 9– los concibió por inseminación artificial, a partir de un donante de rasgos japoneses con un alto cociente intelectual. La tercera, Lucy, es fruto de su unión con Wade, su actual pareja, un jardinero que la lleva en bandeja. Pero, un pequeño incidente de Darwin con uno de sus compañeros de escuela, a pesar de que aparentemente carezca de importancia, se convertirá en el factor desencadenante que, al cabo de unos meses, transformará la existencia de esta familia feliz.
Los protagonistas viven unos tiempos en los que se ha impuesto la neutralidad cognitiva, también llamada Paridad Mental, así con mayúsculas. Son tiempos en los que no se puede decir cualquier cosa. Palabras como tonto, imbécil, idiota o burro están absolutamente proscritas. La lucha contra la llamada discriminación cognitiva llega al punto de que ya no se evalúa a los alumnos, ya no hay requisitos para entrar en la universidad, ni exámenes. Los que los defienden están considerados unos supremacistas intelectuales y son apartados de sus trabajos. En todos los ámbitos se está propagando por Estados Unidos un antiintelectualismo agresivo, al punto de que saber algo se considera reivindicar una superioridad en relación con alguien que no lo sabía. En ese clima, Pearson no puede soportar que Lucy no aprenda nada en la escuela y decide enseñarle a leer durante los fines de semana, algo que fastidia a la niña, quien acaba contándolo en la escuela. A partir de ahí entran en acción los servicios sociales que, como primera providencia imponen a la madre la asistencia a un curso de Aceptación Intelectual y Sensibilidad Semántica, so pena de quitarle la patria potestad sobre la niña y entregarla a una familia de acogida. Además está el antecedente de Darwin y el sacrilegio de Pearson de atreverse a proponer a sus alumnos universitarios la lectura de El idiota de Dostoievski.
No sigo para no destripar un argumento que combina la sátira y la ironía, pero que sin embargo peca de excesivas reiteraciones. Situaciones similares se repiten a lo largo de sus 384 páginas, un número desmedido en relación con los acontecimientos y situaciones narradas. A mitad de la novela da la impresión de que el argumento se empantana. De manera que cuesta llegar a las últimas páginas en las que afortunadamente algunos giros avivan la historia. Aunque el último de ellos, en el que la sátira toma un sentido histórico inverso, parece un intento de la autora por tomar una posición «centrista» y evitar ser tachada de reaccionaria. En mi opinión, un problema secundario en literatura, pues todos conocemos a magníficos escritores reaccionarios. Sirva como ejemplo Michel Houellebecq y su estupenda novela Sumisión, también una sátira política distópica.
La idea de la novela de Shriver es estupenda y algunos de sus pasajes también. Otra cosa es el conjunto. En literatura, la intención no basta. Así que si el Defensor de la Paridad Mental no nos lo impide, le daremos un aprobado sin más.
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